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Un mes en Los Pinos

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Alberto Aguirre M.

Las imágenes en televisión de Enrique Peña Nieto apapachado por las mujeres de Ecatepec, en la ceremonia conmemorativa del aniversario luctuoso de José María Morelos y Pavón, y de los apuros pasados por los guardias presidenciales en la gira por Tlaxcala, no son mera anécdota.

Enérgico y vital, el Ejecutivo federal transmite cercanía y confianza en su primer mes de actividades… al menos, en la selección de los videos, realizada por el personal de la dirección de Comunicación Social de la Presidencia de la República, a cargo de David E. López Gutiérrez, y después distribuida por el Centro de Producción de Programas Informativos y Especiales de la Secretaría de Gobernación, donde aun despacha Francisco Trejo.

En sus primeras giras, Peña Nieto ha visitado a los más necesitados; lo mismo en Yucatán que en Chihuahua, Guerrero y Tlaxcala. En la Ciudad de México, para las ceremonias oficiales, la coordinación de logística ha preferido lugares solemnes, como el Alcázar del Castillo de Chapultepec y el Museo de Antropología. Pero buena parte las actividades cotidianas de Peña Nieto ha tenido lugar en la Plaza de la Constitución, en el corazón del Centro Histórico de la Ciudad de México.

Y mientras reviven los antiguos salones de protocolo y la oficina presidencial del Palacio Nacional, decrece la actividad en Los Pinos. Salvo algunas reuniones que tuvieron lugar en el vetusto salón Adolfo López Mateos, en la residencia oficial tuvo lugar una mudanza silenciosa, impoluta, que la convertirá en el domicilio legal de la familia Peña Rivera. Ni más ni menos.

Y como antaño, en la planta alta de la nueva casa presidencial están las habitaciones de la familia. En la planta baja, los salones oficiales para recibir y atender audiencias. Solo el sótano mantiene el instrumental –principalmente de telecomunicaciones– dejado por los anteriores ocupantes de la casa Miguel Alemán

Con el regreso de los priistas al poder presidencial, Los Pinos dejó de ser “la casa de todos los mexicanos” que alguna vez Vicente Fox prometió abrir de par en par a los ciudadanos, pero que cerró intempestivamente después del “toallagate” para ser otra vez la residencia oficial de la familia presidencial.

La llegada de la familia Peña Rivera coincidió con el 60 aniversario de la apertura de la casa Miguel Alemán, la mansión de estilo francés que habitaron siete presidentes de la República, entre 1952 y el año 2000. Ese complejo, de tres niveles, sustituyó a la “casa grande” del Rancho La Hormiga, a la que llegó Lázaro Cárdenas en 1940, luego de resistirse a ocupar el Castillo de Chapultepec.

En parte para exorcizar a los fantasmas del cardenismo y también porque consideró que había un “exceso de lujo y espacio” en los 5,700 metros cuadrados del complejo, Fox Quesada ordenó que se convirtieran en oficinas y habilitó las “casitas” de la finca, construidas en 1976, como área habitacional.

La conversión de las “caballerizas” en las oficinas de los asesores presidenciales corrió a cargo de Grupo Geo, mientras que la remodelación de lo que más adelante se conocería como “las cabañitas” fue encomendada al arquitecto Humberto Artigas.

Hasta octubre, los calderonistas ocuparon la casa “Miguel Alemán”. A un lado del despacho presidencial estaba la oficina que ocuparon César Nava, Roberto Gil Zuarth y Tarcisio Rodríguez. En las paredes de ese cubículo, por cierto, estuvo un retrato del generalísimo José María Morelos y Pavón que originalmente debía estar en el Museo Nacional de Historia, en el Castillo de Chapultepec.

En el primer piso estaban los dominios del Jefe de la Oficina de la Presidencia, cuyo despacho estaba conectado con el de la coordinadora de Opinión Pública. En la casa anexa, a menos de 100 metros de distancia, trabajaba el equipo de comunicación social. En el primer piso, la coordinadora, Alejandra Sota Mirafuentes, tenía su escritorio y una sala de juntas rodeada por una docena de pantallas de plasma, con la señal de las principales televisivas “en tiempo real”.

En los últimos dos meses del anterior sexenio, todo eso fue desmontado. Incluso, el “situation room” donde Calderón Hinojosa daba seguimiento a la agenda de coyuntura, junto con su staff y los secretarios de Estado. Como mera reminiscencia de la estancia de los panistas en la Casa Miguel Alemán, solo queda el “salón blanco”, donde el Ejecutivo federal desahoga algunas audiencias privadas y el comedor, con capacidad para 30 comensales.

Las oficinas de la “asesoría técnica”, como se llamó alguna vez al staff del presidente, en la época de Carlos Salinas de Gortari, de nueva cuenta se ubican en la torre marcada con el número 161 de Avenida Constituyentes. Sólo David López, el vocero peñista, Aurelio Nuño, el jefe de la Oficina del Presidente y Erwin Lino, su secretario particular, están en Los Pinos.

A diferencia de las administraciones panistas, la remodelación de la casa Miguel Alemán apenas ha despertado interés entre los afectos a demandar información pública a las dependencias oficiales. En el foxismo y en el calderonismo, ese fue un tema recurrente en las solicitudes de información.