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Reelección, ¿paradigma desterrado?

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sufragio efectivoAlejandro Zapata Perogordo

 

Si existe algún tema profundamente arraigado dentro del pueblo mexicano, es el concerniente al antirreeleccionismo, particularmente la referida al Presidente de la República y de Gobernadores, que ha pasado de generación en generación, generando luchas y permanentes disputas.

 

Este tema fue central en la campaña presidencial de Porfirio Díaz, a raíz de 14 años que se mantuvo en el poder don Benito Juárez, bajo una presidencia itinerante, sin convocar a elecciones, por considerar que no existían las condiciones adecuadas para ello, a la falta de este, Díaz enarbola la bandera del antirreleccionismo, discurso que tuvo un importante eco entre los electores, arribando de esa forma a ocupar el cargo. Paradójicamente se convirtió en el mayor reeleccionista que hemos tenido.

 

Ese fue también el lema maderista, que impulso a través del “Plan de San Luis”, en 1910 a la sazón de: “Sufragio Efectivo, No Reelección”, que culminaría con el movimiento revolucionario y, se incorporaría a texto constitucional en 1917, únicamente para lo concerniente al Presidente de la República y los Gobernadores de los Estados.

 

Poco duró el gusto, pues el Presidente Álvaro Obregón en los años veinte, reformó la Constitución y se reeligió, siendo asesinado cuando ostentaba el cargo de Presidente reelecto, sin haber entrado aún en funciones. Este episodio dio pauta para establecer reglas del incipiente sistema político.

 

No fue sino hasta el año de 1933, derivado de un acuerdo político en la convención de Aguascalientes del Partido Nacional Revolucionario, hoy Partido Revolucionario Institucional, que se optó por retirar la facultad de reelegirse a los legisladores y Ayuntamientos, algunos analistas han señalado que las causas derivadas para tomar la decisión se debían principalmente a la intención de fortalecer al poder ejecutivo, evitando el contrapeso del legislativo, además de existir una larga fila de compromisos por cumplir con muchos personajes y, la reelección les congestionaba los espacios disponibles.

 

No obstante lo anterior, en 1963 la Cámara de Diputados conformada por ilustres legisladores, como Enrique Ramírez y Ramírez, Vicente Lombardo Toledano y Miguel Estrada Iturbide, entre muchos otros destacados, que dieron luz y lustre al Congreso mexicano y, con impecable argumentación votaron a favor de la reelección legislativa, reforma que fue congelada en la Cámara de Senadores y hasta ahí quedo el intento. Existieron casos similares con posterioridad, el último en la reforma política del 2011, nuevamente sin éxito.

 

Ahora se ha incluido nuevamente, en la reciente reforma política y electoral el tema, aprobado en amplio consenso por ambas cámaras y pareciera un asunto superado. Aunque en amplios sectores de la sociedad, la reelección, la sola palabra,  encierra una centenaria tradición en contra, se encuentra permeada en nuestra cultura política, como un asunto lleno de resabios, de resentimientos y tentaciones, en consecuencia se califica como reprochable.

 

Estoy convencido de las bondades de la reelección legislativa, donde se localizan a su favor argumentos sólidos, tanto para el desarrollo y fortalecimiento de nuestra democracia, como para mejorar los equilibrios, contrapesos y coordinación entre los poderes, sin embargo, también debemos estar conscientes de la carencia de información y la existencia de mitos políticos. Es menester como en el caso, tener audacia y romper paradigmas que durante años nos han atado, aunque para ello, también es necesario, realizar vigorosos esfuerzos de comunicación, a efecto de que la sociedad al igual que la clase política se encuentre en posibilidad de asimilar adecuadamente la medida, que no rompe los ideales revolucionarios ni tampoco produce alteración nociva en nuestro sistema democrático, por el contrario que tenga la oportunidad de decidir conservar a quien crea merecedor de ello y desterra