Legislando para la movilidad

 

movilidad urbanRoberto Velasco Álvarez

 “Il lavoro cessa al tramonto. Scende la notte sul cantiere. È una notte stellata. – Ecco il progetto, – dicono”. [El trabajo cesa al atardecer. La noche desciende sobre el sitio de construcción. Es una noche estrellada. – Ahí está el proyecto –dicen.] Calvino, “Le città invisibili”, 1972.

 

Uno de los asuntos más sensibles para todos los que vivimos en la Ciudad de México es el de los desplazamientos que tenemos que realizar cotidianamente. Ya sea atrapados en el tráfico, víctimas de las pésimas condiciones en que se encuentra gran parte del transporte público disponible o arriesgando la vida en una bicicleta, la demanda por mejores servicios e infraestructura es una constante en toda la sociedad.

 

Naturalmente, el problema no surgió de la noche a la mañana. Durante las últimas décadas las apuestas en la materia han sido fantasiosas, erráticas y contradictorias. En las políticas de cada una de las últimas administraciones podemos encontrar un sinnúmero de ejemplos. Por citar unos cuantos podemos traer a colación la construcción de líneas de Metro y Metrobús de manera paralela a la construcción de nuevas vialidades; la construcción de una innecesaria vía ciclista en buena parte del Periférico como medida de mitigación por la construcción de un conjunto de vías elevadas para el automóvil particular; o uno más reciente: la escalada del precio del Metro frente a un subsidio a la tenencia de vehículos particulares.

 

El Distrito Federal no ha tenido una visión de movilidad congruente que permita construir infraestructura y articular servicios en torno a una idea clara de qué es lo que funciona y cómo debe de funcionar. Afortunadamente, los años (y los rotundos fracasos) han ido demostrando poco a poco que apostarle al automóvil es un contrasentido y que termina siempre por provocar más del mismo mal que se pretendía erradicar. Sin embargo, ese despertar paulatino aún no se concreta en una constante de actuación frente a un problema tan delicado.

 

La creación de una Ley de Movilidad, que sustituyera a la actual Ley de Transporte y Vialidad del Distrito Federal, es uno de los puntos finos de una agenda que posiblemente permitiera transitar hacia un nuevo enfoque y paradigma de política pública. Su creación ha sido un tema que ha ocupado a distintas legislaturas de la Asamblea Legislativa del Distrito Federal y pareciera que por primera vez –y no sin contratiempos– el tema avanza firmemente.

 

En diciembre pasado el Jefe de Gobierno del Distrito Federal sumó su propuesta de Ley a aquellas del PRD, PAN y PRI. Además, existen proyectos anteriores y muchos otros que tocan temas secundarios que deberán de tomarse en cuenta para la redacción del proyecto final. El proceso de dictamen, a cargo de la Comisión de Movilidad, Transporte y Vialidad de la ALDF, será sin dudas una ardua negociación que requerirá de gran capacidad conciliadora y de capacidad técnica para la preparación de un texto incluyente y con una técnica legislativa a la altura de las circunstancias.

 

La iniciativa del Jefe de Gobierno, que sin dudas será el eje de la discusión, contempla importantes avances. Quizás el más importante de ellos está en el establecimiento de un sistema integral de transporte, que permita articular los distintos servicios que proporciona el GDF, incluso mediante la implementación de un sistema de cobro centralizado, lo cual naturalmente implica la desaparición del ya tropicalísimo y pernicioso modelo del hombre-camión. Otras cuestiones de gran trascendencia son la creación de un fondo de movilidad con capacidad para financiar proyectos sustentables y el establecimiento de una nueva jerarquía de movilidad que pone al peatón y a los ciclistas como prioridad en la ley.

 

No obstante los avances que se vislumbran, queda pendiente lo que es probablemente el tema más importante cuando hablamos de movilidad: la construcción de una visión de ciudad coherente, que se traduzca en una forma de orientar los esfuerzos gubernamentales y no exista únicamente en el terreno de los discursos –aún cuando estos queden plasmados en un cuerpo legal–, es decir, que sea la guía fundamental para una Ciudad, que como la Tecla de Ítalo Calvino, está en permanente edificación.