web analytics

¿Y el control de daños?

0
19

Alberto Aguirre M. 

Los protocolos que debieron aplicarse, tras de la evasión de Joaquín Guzmán Loera de El Altiplano, quedaron rebasado inmediatamente. Aunque una coincidencia –más que una filtración interesada– explicaría que en su página de Facebook, el diario México Puntual lanzaran una alerta noticiosa apenas media hora después de concretada la segunda fuga de El Chapo, aquella noche aciaga del sábado 11 de julio.

Los editores de esa publicación mexiquense supieron de este hecho histórico minutos antes que el comisionado nacional de Seguridad, Monte Alejandro Rubido, fuera informado por el mando superior de la División de Inteligencia de la PF. En la era de la información en tiempo real –quedó claro– el gobierno peñista quedó rebasado. Tanto el aparato de seguridad, como el equipo de comunicación.

De esa primera versión del México Puntual al momento en que los directivos de Azteca Noticias abrieron canal pasaron apenas 90 minutos. La noticia impactaría en las primeras planas de las ediciones dominicales –salvo dos vergonzosas excepciones– de la prensa capitalina. La bola de nieve engrosó poco después, cuando la versión oficial de la fuga fuera descartada, más que por inverosímil, por imprecisa. A esa primera conferencia de prensa, ofrecida por el comisionado Rubido, concurrieron voceros de la Marina y la SEDENA, pero ¿hubo altos mandos castrenses en el comité de crisis instalado en las horas posteriores a la fuga de El Chapo o solo intervienen las autoridades civiles?

En esas horas críticas fue la procurador Arely Gómez González quien quedó al frente del “comité de crisis”, aunque siempre tuvo a su lado al subsecretario Luis Miranda y al director del CISEN, Eugenio Imaz. Ambos gozan de la absoluta confianza de sus respectivos jefes, pero adolecen de lo necesario en el manejo de esta situación: ser especialistas en estos temas. Lo mismo pasó en el área donde más daños colaterales hubo, pues no cuentan con estratega en comunicación capaces de enfrentar esta situación.

Sin una voz experta que advirtiera de los efectos que tendría el Chapotour y comunicadores que sepan manejarse correctamente en estas coyunturas, la gestión de crisis inicialmente fue caótica, desproporcionada.

La transparencia –en este caso– ha sido un búmeran, pues la confesión de responsabilidades de Rubido en plena celda del Chapo, o el reconocimiento de fallas sin la respectiva petición pública de perdón ha alimentado el sospechosismo, acompañado de percepciones de incompetencia, que restan fiabilidad en el aparato peñista.

(Los titulares de las áreas de comunicación social de la PGR y la Comisión Nacional de Seguridad Pública apenas tienen unas semanas en esas posiciones). La peor parte ha impactado a la procuradora Gómez González, cuya imagen ha sido poco cuidada por su equipo de comunicación. La comunicación no verbal de la ex funcionaria –la fotografía que la muestra en cuclillas frente a la boca del túnel por el que habría escapado El Chapo o su participación en las dos conferencia de prensa en las que ha acompañado al secretario de Gobernación– van en contra de las normas de acción contenidas en los manuales de manejo de crisis. Esos mismos que subrayan que “las exclusivas son letales” en estas coyunturas. El desapego a las normas atrajo –originalmente, más problemas que soluciones–: la procuradora prometió acceso al túnel por el que habría huido el líder del Cártel de Sinaloa, pero la exclusiva recayó en un reportero sensacionalista de la cadena Univisión, lo que indignó a la prensa nacional, lo mismo que la entrevista del comisionado Rubido con Adela Micha.

¿De qué forma y en qué momento fue informado el Ejecutivo federal de la fuga de El Chapo? La imprecisión de la versión oficial en esta materia es el inicio de una extendida cadena de suspicacias que han alimentado los funcionarios escogidos como voceros en la primera semana de esta crisis.

En cualquier caso, las versiones que llegaron a Gander –ya fuera por telefonía satelital o por mensajes de texto– fueron minimizadas en el segundo círculo peñista. Dentro de la cabina presidencial, por el contrario, hubo tanto enojo y frustración como se ha documentado. De eso a que haya habido reclamos entre los hombres del Presidente, estaba el Océano Atlántico.

¿Los voceros del Presidente alimentaron la versión de una crisis matrimonial? Hace siete meses, la comunicación social de Los Pinos fue impactada por un evento–la divulgación de la investigación periodística sobre la Casa Blanca de las Lomas– cuya dimensión y profundidad fue mal calculada. Como aquella vez, el equipo de comunicación mostró una nula capacidad de reacción e inconexos de los funcionarios que se quedaron de guardia, mientras las cabezas del sector viajaban –unos en la comitiva presidencial, la mayoría en vuelos comerciales con escalas previas en importantes ciudades de la Unión Americana– para acudir a partidos de las Ligas Mayores del beisbol profesional, la Copa Oro o el concierto de U2.

En un “encuentro de comunicadores gubernamentales”, hace tres meses, el maestro José Carreño Carlon –ex vocero presidencial en el sexenio salinista y actual director del FCE– recomendó elaborar una “auditoría de riesgo”, para identificar las vulnerabilidades internas y prefigurar las herramientas para un manejo efectivo de crisis.

La fuga de El Chapo Guzmán expuso las debilidades de los nuevos responsables de la comunicación peñista, quienes con la expulsión de la periodista Carmen Aristegui y su equipo de MVS se habían diferenciado de los anteriores. Ni unos ni otros habrían podido manejar un evento de estas dimensiones.

Hace tres meses, en el Tec de Monterrey, Carreño Carlón exhortó a los voceros gubernamentales a elaborar un manual para el manejo de crisis. “Debe ser conciso, claro, funcional”, definió, “y, especialmente atender puntualmente a los asuntos más críticos de una organización”. Entre lo que El Chapo se llevó está la credibilidad de la administración peñista. Urge recuperarla.