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Raúl Castro y México: el pacto secreto

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Ah-Muán Iruegas
 
El líder cubano Raúl Castro, visitó México el viernes pasado, en visita de Estado. Se hicieron las cenas y homenajes acostumbrados y se firmaron cinco acuerdos entre Cuba y México en los temas de migración, turismo, educación básica, alimentos y formación diplomática. Todos los acuerdos firmados son de segunda importancia -el migratorio es ligeramente más relevante- y resultan similares a los que se firman cada vez que viene algún mandatario. 
 
Pero el pacto principal que ha habido entre ambos países después de la revolución cubana, nunca se ha informado oficialmente a la población.
 
Durante las últimas tres décadas del siglo XX, existió un pacto entre México y Cuba, mediante el cual Cuba no entrenó guerrilleros mexicanos para desestabilizar a nuestro país. A cambio de lo cual, México mantuvo una política exterior “cálida” hacia Cuba: nunca rompió relaciones diplomáticas con la isla durante la guerra fría y le brindó cierto apoyo en foros internacionales. Ese sí fue un pacto de primera importancia para nuestro país, pues apuntalaba la seguridad nacional y la estabilidad política en México.
 
A las guerrillas mexicanas de Genaro Vázquez, Lucio Cabañas, la Liga Comunista 23 de septiembre, el Ejército Zapatista de Liberación Nacional y similares, los cubanos los dejaron “morir solos”, como solemos decir en México. Nunca los apoyó Cuba, pudiendo haberlo hecho. El régimen castrista no les dio entrenamiento ni ayuda a las guerrillas mexicanas, como sí lo hizo con otras guerrillas de nuestro continente.
 
Los pactos internacionales a veces se hacen por escrito y hay un tratado o documento legal que los consigna. Pero no siempre es así. En el caso del pacto “Cuba-PRI”, dicho acuerdo se realizó de manera tácita o implícita y se concretó de la siguiente forma.
 
En la segunda mitad de los años sesentas, el gobierno cubano invitó al agregado militar de la Embajada de México en Cuba a visitar un campamento donde se realizaba adiestramiento de guerrilleros latinoamericanos en la isla. Durante el recorrido, el militar mexicano peguntó si en ese lugar había ciudadanos mexicanos siendo entrenados en la lucha guerrillera. A esa pregunta, el cubano a cargo de la visita respondió que no los había y que se le podía informar al presidente de México que no los iba a haber.
 
¿Quién era el cubano que pronunció esas palabras, gestionando así el acuerdo entre México y Cuba? Era Raúl Castro. El mismo que viste, calza y visitó nuestro país la semana pasada.
 
Aquí vemos un ejemplo de pactos entre países, en asuntos clave, iniciados de manera oral y concertados de modo implícito, sin firmas ni escritos de por medio. El pacto era demasiado maquiavélico y comprometedor como para quedar en un documento. 
 
El acuerdo cubano-mexicano referido, derivó en una forma de entendimiento que a ambos gobiernos les resutaba aceptable y conveniente. Si el militar mexicano lo consignó en algún informe a sus superiores (asumo que sí lo hizo, dada la enorme relevancia del asunto), el reporte debe constar en los archivos de la Secretaría de la Defensa o la cancillería mexicanas.
 
Lo anterior lo hicieron así los cubanos, porque la pobreza o la desigualdad en México nunca ha sido su prioridad. Actuaron como cualquier Estado, defendiendo de modo egoísta sus intereses nacionales particulares, y dejando para otra ocasión los supuestos principios de “internacionalismo” que pregonaba la retórica de la revolución cubana.
 
Nuestro país es relevante para los cubanos, entre otras cosas, por su cercanía geográfica con la isla. Y México tiene cierta importancia geopolítica global, al menos por ser vecino de los Estados Unidos. De costas mexicanas zarpó la expedición revolucionaria hacia Cuba de Fidel Castro y sus hombres, de modo que México y desde luego Miami, son lugares desde donde se puede invadir la isla -ya se ha hecho. Razón suficiente para buscar buenas relaciones con los mexicanos, sobre todo si los cubanos estaban aislados y si era inviable en aquellos momentos contemporizar con los Estados Unidos, como lo está haciendo ahora el gobierno cubano.
 
La preocupación cubana era entonces mantener la amistad de los priístas, que comenzó desde que el policía político mexicano Fernando Gutiérrez Barrios, gestionó la liberación en México de Fidel Castro, el Ché Guevara y amigos (que estaban en un centro de detención del rumbo de San Rafael, en la capital mexicana) lo que permitió que luego zarparan de Veracruz en el buque “Granma”. 
 
Como dato curioso, puede mencionarse que el nombre de ese barco, que es hoy nombre del periódico del Partido Comunista de Cuba, deriva de la contracción en inglés de la palabra “grandmother” (abuela).
 
Gutiérrez Barrios fue un matón y político priísta, a cargo de la tenebrosa Dirección Federal de Seguridad (que asesinó al periodista mexicano Manuel Buendía del diario “Excélsior”, entre otros detallazos para con la prensa y el pueblo de México) e incluso quien esto escribe llegó a escuchar de miembros de la élite de nuestro país, que fue “Don Fernando” -así se le decía entre priístas, con un lenguaje digno de Mario Puzo- quien repartía las rutas a los narcotraficantes durante el priato. Pero los líderes cubanos le llamaban a Gutiérrez el “policía caballero”.
 
Los priístas ayudaron a la revolución cubana, como lo hicieron también con la guerrilla nicaraguense y salvadoreña en los años setentas y ochentas del siglo pasado. Tenían cierta afinidad con la revolución cubana, según ellos, por los orígenes revolucionarios del priísmo. Aunque desde luego los priístas traicionaron a la propia revolución mexicana durante los sexenios de: Miguel de la Madrid, Carlos Salinas, Ernesto Zedillo y ahora, Enrique Peña.
 
Pero sobre todo, los priístas siempre vieron a Cuba como una “palanca” para enfrentar al poderío estadounidense. Esta diplomacia “triangular” tiene apoyos en el priísmo, hasta el día de hoy. El principal impulsor de esta postura actualmente, dentro del peñismo, es el hoy Secretario de Gobernación, Miguel Osorio Chong.
 
Poco le importan hoy a los priístas los derechos humanos en la isla, al igual que poco importó a los castristas la suerte de los mexicanos, su pobreza, su indefensión y los abusos que el PRI siempre cometió contra el pueblo de México. Poco le interesó al régimen cubano la democracia mexicana y el fraude en las elecciones presidenciales cometido en favor de Carlos Salinas de Gortari en 1988. Todo indica que dichas elecciones las ganó en realidad Cuauhtémoc Cárdenas y que él debió ser presidente de México. Pero Fidel Castro vino a México a la toma de posesión de Salinas, legitimándolo con su presencia.
 
Sin embargo, el referido pacto Cuba-PRI, omnipresente pero nunca firmado, ya no es vigente el día de hoy. No tiene vigencia porque los cubanos ya no entrenan guerrilleros de ningún país, desde 1992. Y no lo hacen porque la lucha armada para tomar el poder, es obsoleta y prácticamente inviable desde la caída del comunismo. Incluso las revoluciones encabezadas por un simple grupo guerrillero -sin un partido ni movimiento de masas- son consideradas impracticables, desde que el propio Ernesto Guevara murió en el intento, en Bolivia.
 
Hoy Raúl Castro puede estar concertando un nuevo pacto con el gobierno priísta, como lo hizo hace casi cincuenta años. Ese pacto, como es la costumbre castrista, no quedará por escrito. ¿Cual sería el contenido del nuevo pacto Cuba-PRI? 
 
Cuba está regresando a la economía de mercado, o al menos al capitalismo de Estado. Pero lo está haciendo a partir de la vía marcada por China: de manera autoritaria, sin democracia y sin libertades cívicas. Impide por ejemplo que gobiernos extranjeros se vinculen o hablen siquiera con la disidencia interna, porque eso irrita al régimen castrista. A mi juicio, eso lo que muestra es debilidad por parte del castrismo.
 
La relación de México con Cuba presenta algunas características especiales, distintas de nuestra relación con otros países. No es una relación vital, como la relación de México con Estados Unidos, en la que la economía mexicana no puede sobrevivir sin apoyo o acuerdos con ese país -empezando por el NAFTA. México puede sobrevivir sin relaciones con Cuba, como vivieron muchos países del continente durante años, pues la importancia real de la isla es muy menor -excepto su situación geopolítica y cierto liderazgo entre izquierdistas.
 
Sin embargo, la relación de México con Cuba llama la atención porque el vínculo entre sus pueblos es más duradero y estable que el que ha habido entre sus gobiernos, cosa que en general no ocurre. Otro caso parecido es el de la relación México-España, donde los vínculos se mantuvieron a pesar de los roces de México con el franquismo. 
 
Por nuestra vecindad, cercanía y considerando que la relación mexicano-cubana tiene importancia relativa mayor que con muchos otros países, creo que sí es recomendable que los vínculos entre ambos se vean fortalecidos. Aunque no a cualquier costo.
 
El priísmo de Enrique Peña coincide con el régimen cubano en sus constantes violaciones a los derechos humanos. Ambos países han sido denunciados en su momento en foros internacionales -de manera separada.
 
Ese es otro aspecto común a ambos gobiernos: violan los derechos humanos de sus respectivas poblaciones. Por ello, el mejoramiento de las relaciones entre ambos tiene esa vergonzosa base, mientras sigan en el poder los peñistas. Además desde luego de los intereses generales del Estado mexicano, ya señalados.
 
México no denunciará violaciones a derechos humanos en Cuba, como sí lo hicieron los panistas; se van a hacer los disimulados mientras Peña siga en el poder. Por su parte, Cuba servirá como aliado de los priístas y no dirá una palabra sobre los asesinatos, torturas, desapariciones forzadas y otras lindezas del gobierno mexicano. Ese puede considerarse un nuevo pacto mexicano-cubano, igual de implícito que el pacto ya analizado de los años sesentas.
 
Adicionalmente, a México le conviene en teoría incidir en el proceso de transición cubano, pero no puede competir en eso con los Estados Unidos, pues ellos son los dueños del “pandero”, es decir de las inversiones y de poder global del que México carece.
 
También puede servirle Cuba a México un poco como puerta de entrada a los regímenes izquierdistas de Sudamérica, pero ninguno de esos países es de importancia vital para México.
 
La violación a derechos humanos es consustancial al régimen cubano. Ha sido denunciado en incontables ocasiones, incluso en la ONU, así como por el gobierno mexicano de la era de Vicente Fox, por la Unión Europea y otros, incluyendo a Canadá, que no obstante sus críticas al régimen cubano, fue invitado a mediar en la “reconciliación” entre Cuba y Estados Unidos. A diferencia de México, que fue ignorado olímpicamente mientras crecía ese idilio.
 
Por su parte, la violación a derechos humanos en México es consustancial al gobierno de Enrique Peña, a su ejército, sus marinos, policías, etc. Pero eso no está en el interés del pueblo mexicano, sino sólo de su corrupto gobierno actual.
 
Es por todo ello que el acercamiento México-Cuba no necesariamente será duradero. Si vuelve al poder el PAN el próximo sexenio, por ejemplo, probablemente habrá otro pleito de nuestro país con los cubanos. Del mismo modo que, si vuelven los republicanos a la presidencia de los Estados Unidos, el acercamiento de Estados Unidos con Cuba está en riesgo relativo -al menos dicho acercamiento será más lento y tortuoso.
 

Todo lo anterior, muestra la fragilidad de la actual situación entre México y Cuba (el idilio de los cubanos es con los “gringos” y no con nosotros) y nos revela que a pesar de las fiestas, los brindis y las hermosas palabras pronunciadas el viernes pasado por Peña y Raúl Castro, la nueva amistad mexicano-cubana no es seguro que vaya a perdurar más allá de tres años, cuando los delincuentes priistas -esperemos- se vayan para siempre de la historia de México.