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Surge Nuevo Escritor Mexicano (J.I. Varela) II

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Ah-Muán Iruegas

Segunda y última parte.

EL HIJO POETA DEL REY POETA

En medio de su prosa, el autor desliza un poema, lo cual refuerza nuestro argumento sobre la hibridación de géneros. Pero el poema puede verse también como una unidad en sí mismo: un producto del genio del “príncipe-poeta”. Endecasílabos con una amarga musicalidad acompañan el sufrimiento del hijo del Rey Nezahualcóyotl, que en un arrebato lírico escribe unos versos.

Aparece el poema dentro de la narración y, aunque su presencia está totalmente justificada, es también una obra autónoma y puede analizarse como tal. Se justifica el poema a mitad de lo narrado, pues el personaje de la historia, el príncipe, es también el autor del poema, y lo compone en el momento en que descubre la amarga verdad de que la joven Citlalli es concubina de “ya saben quién” –su papá.

El poema, a mitad de lo narrado, funciona como una digresión que suspende la acción y pone nada más y nada menos que al hijo del Rey Poeta a describir su pena. La compara con la lluvia y se percibe en el príncipe cierto individualismo y fragilidad. Varela juega con el tiempo y el espacio, que con sus descripciones se agigantan o empequeñecen. Símiles e imágenes de la naturaleza, forman parte del poema.

Varela es consciente de la métrica, pues estamos ante una composición a base de endecasílabos. Se asemeja al denominado “verso blanco”, también llamados “versos sueltos”. Éstos constan de series de endecasílabos sin rima y fueron utilizados en el Renacimiento con el propósito de imitar la poesía grecolatina (que no empleaba la rima). Se acostumbran posteriormente en poesía elevada como la de Unamuno (El Cristo de Velázquez, por ejemplo) y se considera que otorga al poema nobleza y severidad. Que son precisamente lo característico de nobles y cortes “de las Indias”, como las que se pintan en nuestra historia.

Gerardo Diego, por su parte, refiere el verso blanco en su obra “Soria”, de 1948 y destaca su poderoso ritmo, aunque en forma rimada en esta ocasión (“Rítmicos siempre, pero nunca iguales/ el viento va extendiendo con su pluma/ los versos blancos de rizada espuma/ que avanzan paralelos y triunfales”).

Pero el poema de Varela puede ser visto también como una nueva hibridación, hasta cierto punto. El poema de Varela no tiene rima en su inicio, pero tiene ritmo, y éste se logra mediante los acentos.

Tiene el poema un ritmo acentual, pues las sílabas fuertes tienen fijos sus puestos en los versos. El ritmo es semejante al denominado “de gaita gallega”, que son endecasílabos con acentos en las sílabas 4, 7 y 10. Sólo que el endecasílabo de gaita gallega es rimado. Mientras que el de Varela es una serie de endecasílabos con la métrica del verso blanco y el ritmo “de gaita gallega”; progresivamente aparecen algunas rimas asonantadas.

Puede aventurarse que una de las posibles influencias de Varela, en cuanto a su poesía, sea Rubén Darío, que en uno de sus poemas “de gaita gallega” dice:

Y con la gente morena y huraña

Que a los caprichos del aire se entrega

Hace su entrada triunfal en España

Fresca y riente la música griega.

Este es exactamente el ritmo del poema incluido en El Collar de Flores. Reproduzco ahora un par de versos del hijo del Rey poeta, donde puede apreciarse lo que digo.

Flor que marchita su aroma en la nada

Fuego que extingue su brasa en la noche

Mi llanto a solas repite su nombre

Mi llanto en calma es riachuelo que vaga

No pretendo ni remotamente igualar a Varela con Rubén Darío, entre otras cosas porque en lo que destaca Varela, me parece, es más en la narrativa que en la poesía. Pero el ritmo es el mismo.

Todo lo anterior, en cuanto a la forma. Ahora bien, en cuanto al contenido, el poema estudia el dolor que siente el personaje. Son símiles y descripciones del “llanto de odio” o el dolor, que lo compara con las olas, con animales o vegetales y con “un reclamo sin tregua a los dioses”. Es llamativa la relación dolor-odio en el poema.

El poema no es malo, pero tampoco grandioso. Se supone que sea el primer poema del hijo del Rey poeta y por tanto dentro de la narración, resulta pertinente. Pero no genera la impresión de que el príncipe sea un genio de la poesía –ni tiene por qué hacerlo.

Acaso la principal crítica que pudiera uno hacer al poema referido -medianamente válida, pero que es una simple cuestión de gusto- es la siguiente. Los endecasílabos no son parte importante de la poesía del mundo azteca. Por el contrario, el endecasílabo es el metro más importante de los versos del llamado “arte mayor” en lengua española (es decir, de nueve o más sílabas). De manera que suena un poco forzado que el hijo del Rey poeta cante sus poemas “como un Garcilaso”.

ENGAÑOSO CLÁSICO

Pero la narrativa de Varela tiene la magnificencia de la gran literatura, y las letras mexicanas deben a mi parecer reconocerle. El Collar de Flores provoca y describe emociones y sentimientos fortísimos, inusitados, como la configuración del triángulo amoroso descrito o el odio del hijo contra su padre. El lenguaje es muy elaborado y con toda clase de giros cortesanos.  

Aunque el texto es relativamente breve y por tanto insuficiente para estudiar el carácter de los personajes, El Collar de Flores esboza de modo convincente el talante caprichoso, violento y a la  vez valiente del hijo del Rey poeta.

Varela confirma que la tragedia no ha desaparecido del horizonte literario mexicano. Nunca desapareció del todo de la literatura universal; baste recordar a Racine y Corneille en el siglo XVII, y antes a Séneca –aunque se dice que sus dramas no son muy buenos.

Pero la literatura mexicana no es ajena en absoluto a la vena trágica. Alfonso Reyes en su “Ifigenia cruel” quizá sea el ejemplo más conocido; pero también lo es “Casandra”, de Hugo Hiriart. Obviamente, el relato de Varela no es exactamente una tragedia, pues no se trata de un drama, pero quizá resulte válido llamarlo “cuento trágico”.

La catarsis, elemento imprescindible en la tragedia clásica, no está ausente en el final de El Collar de Flores, pues acaso por ser sorprendente reúne las dos cualidades aristotélicas de la tragedia: presentar ante el espectador el terror y la piedad de modo simultáneo.

La destreza literaria de Varela reside además en la permanencia que logra su lenguaje, a través de giros de los antiguos reyes. La atmósfera de las cortes indígenas es algo pocas veces recreado, y casi nunca logrado como en El Collar de Flores. Lo cual además denota un laborioso trabajo previo de investigación histórica.

La organización del relato, la forma en que se ordenan los hechos, es otra de las cualidades del texto, pues se logra un efecto admirable cuando la narración pasa de una sorpresa a otra. El lenguaje de Varela tiene gran claridad, aunque en otro de sus textos (que trata de un personaje que intenta elaborar una obra plástica que represente “La Nada”) acude a la ambigüedad deliberada o “equívoco”.

Tiene también su lenguaje la virtud de la propiedad, pues el uso del lenguaje majestuoso es el que más conviene a un ambiente cortesano o regio. Es notorio en sus expresiones el vigor expresivo, pues con sus giros uno se siente en la propia corte de nuestros antepasados indígenas. Sus descripciones, tanto de la naturaleza como de los combates y aventuras del héroe, nos transportan directamente a los tiempos del Rey poeta.

No hay crudeza descriptiva. Por el contrario, reina el decoro en las descripciones. Esto es notable cuando se describe una parranda de “bohemios de la era precolombina” en una casa del barrio de los artistas, donde los y las jóvenes van vestidos sin recato y realizan actos propios de un “ambiente de disipación”. El príncipe sale asqueado de la reunión, pero limpio como el ave que voló sobre el pantano sin manchar sus alas.

El mismo decoro y propiedad se percibe en una descripción del encuentro amoroso entre el príncipe y su amada. Nada contrario al pudor o dignidad de un heredero al trono, se encuentra en el relato de Varela. Incluso se narra ese amor como si fuesen fuerzas externas las que lo impulsan. Pero a diferencia de muchos escritores, Varela no rehúye describir escenas de amor, a pesar de que es sobradamente conocida la dificultad de hacerlo.

La escena amorosa comienza cuando ella “sintió una mano que buscaba la suya”, para luego usar incluso giros de lenguaje de corte casi militar (“de un modo que venció toda resistencia en la joven”) y terminar la escena “hasta que sus pechos reposaron exhaustos”.

Pero Varela solo describe un episodio sexual entre los enamorados, y el resto de los numerosos encuentros entre ambos, con elegancia se infieren o refieren cuando se dice que “la joven pareja de amancebados aprovechó cuanta oportunidad tuvo de acrecentar sus vínculos.”

No hay monotonía en el relato de Varela, lo cual puede atribuirse a lo sorpresivo de la trama, así como a la riqueza de su lenguaje y la abundancia de giros cortesanos.

Por su parte, la descripción del combate entre el príncipe y el jefe de los chichimecas, a quienes los texcocanos se enfrentaron, es como una danza… en cámara lenta. Aquí Varela se muestra como un escritor muy dotado.

Analizado como cuento, El Collar de Flores responde a las características del cuento clásico. Su tiempo es secuencial; su espacio, verosímil; su narrador, omnisciente, el que todo lo sabe; la corriente a la que pertenece, es la realista; su referencia a otros textos es, si acaso, implícita; su final es epifánico y se aclara el sentido de la historia casi en el último párrafo. Aunque un elemento difiere en el relato de Varela del cuento clásico: su lenguaje no es literal, sino estilizado. Lo cual correspondería más bien al cuento moderno -según don Lauro Zavala.

Se narran varias pequeñas historias dentro de El Collar de Flores (las campañas bélicas del padre y del hijo, la educación del príncipe, el triángulo amoroso), creándose así una tensión narrativa. Esto, permite organizar el tiempo de manera condensada. Hay también una historia subterránea que permite al final entender el título del cuento, lo que genera la aclaración de todo, también llamada epifanía. El título y final están ligados por estrategias de sorpresa.

Todo esto nos remite en principio a las características del cuento clásico, que se distingue así del cuento moderno con su final abierto, género antirrealista, narrador frecuentemente irónico y referencias explicitas a otros textos. El cuento posmoderno tiene cualidades distintas tanto del cuento clásico como del moderno (hay quien dice que mezcla características de ambos), y el cuento de Varela sólo tiene una característica posmoderna, en mi opinión: la mencionada hibridación de géneros.

De manera que resulta difícil ubicar a Varela en una corriente específica. Combina poesía con prosa, sin ser un poema en prosa, lo que le da una gran originalidad al relato. Además de que el texto es parte de una novela corta -que no analizamos aquí. Pero como mezcla formas literarias de diversas épocas, El Collar de Flores sí puede ser entendido como una suerte de cuento posmoderno, aunque ese calificativo (la taxonomía o clasificación de una obra como posmoderna) lo uso siempre con ciertas reservas.

El posmodernismo de Varela deriva en todo caso de la combinación de géneros diversos, cuestión que –me parece- aquí se ha logrado probar.

Todo lo cual da como resultado un estilo propio, si no es que un nuevo género narrativo. ¿Dónde nace ese nuevo género? ¿Sobre qué descansa el incuestionable poder de seducción de la prosa de Varela?  Ambas cuestiones tienen qué ver con lo mismo: con que su prosa es un concentrado de cada género que aborda. Una especie de jugo vitamínico -de índole literaria.

Concedo que la mezcla o hibridación de géneros, ya la han experimentado no sólo Borges –por ejemplo en “El Hacedor”, en el que se alternan prosa y verso-, sino también aparece a su modo en “Perséfone” de Homero Aridjis, donde se borra la línea entre cuento, novela y lírica; en el cono Sur lo ha intentado asimismo Basilia Papastamatíu -a quien sólo conozco por referencias. Pero la forma en que lo hace Varela es diferente, es “clara y distinta” –para dar un giro cartesiano a este asunto. Es decir, el mérito del autor es haber producido una forma novedosa de hibridar o combinar los géneros literarios.

Muestran las ficciones de Varela, como dije, a un autor con voz propia. Voz que el lector podrá descubrir de manera gratuita, una vez que se atienda “nuestra” atenta solicitud al autor –por esta vía- para que haga públicas algunas de sus obras, en un blog de internet, con el fin de que el público pueda acercarse a ellas. Mientras tanto, el lector puede acceder a los textos de Juan Ignacio Varela en la siguiente dirección electrónica:

https://www.kichink.com/stores/librosnacho?byp455=true#.VwFTl4-cGP_

Y hasta aquí estos comentarios críticos, antes de que resulten más largos que el texto analizado.