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Una inútil marcha “feminista” contra la violencia “machista”

Profesor UAM-Xochimilco y UPN-Ajusco

Para todo el ruido que se dejó sentir en las redes sociales, la Marcha “Vivas Nos Queremos” resultó ser un estrepitoso fracaso. Asistió muy poca gente para la magnitud de la convocatoria y para el supuesto tamaño del problema. Las autoridades capitalinas contaron 6 mil 500 personas. Las organizaciones convocantes hasta 10 mil.

El trayecto de Ecatepec a la Columna de la Independencia se vistió de morado al grito de consignas de sobra conocidas. Se trató de un discurso feminista muy gastado, repetido hasta la saciedad y sin ningún efecto de veras transformador de la realidad.

Ya saben ustedes: colectivos reducidos de mujeres, que no pocas veces compiten “violentamente” entre sí por los recursos económicos y por la notoriedad mediática, salieron indignados para “visibilizar” la violencia hacia las mujeres, en todas sus formas, y para exigir el fin de la misma. Una violencia que está siempre tan a la vista de todas las personas que es imposible no verla. “Visibilizan”, pues, lo evidente y lo obvio.

Al grito de “Vivas nos queremos”, miles de mujeres le demandaron al gobierno acabar con los feminicidios, el acoso sexual, la violencia de pareja, el hostigamiento sexual, la revictimización de las mujeres por parte de las autoridades de justicia y de la sociedad misma, los estereotipos estéticos que cosifican a las mujeres (sobre todo en los medios masivos de comunicación) y la “normalización” de la violencia hacia las mujeres, al tiempo que propusieron la puesta en marcha de mecanismos pedagógicos para enseñar a los varones a no violentar, etc.

Lo de siempre, pues. Nada nuevo en el mundo de lo efímero.

Y, como siempre, salió a relucir el carácter mitológico del feminismo, especialmente en cuanto a sus análisis deficientes e incompletos sobre el problema de la violencia, y en cuanto a sus propuestas fantásticas para resolver dicho problema.

Se trata del mismo feminismo que ha “cabildeado”, en los congresos, ocurrencias legales que sólo han venido a contaminar nuestro marco jurídico. El mismo que ha promovido vaciladas como la inútil “alerta de género”, el mediático “moñito naranja” y la risible He for She. El mismo feminismo que se ha encargado de meter en nuestras leyes conceptos de veras anti-jurídicos como las “miradas lascivas” (¿cómo le hará un juez para adivinar la intención de una mirada?), y el “acceso de las mujeres a una vida libre de violencia” (¿de veras un Estado puede garantizar eso?), entre otras monadas.

Siempre lo hemos sabido: el feminismo es una ideología retrógrada con respecto a todo lo que ya se había avanzado en términos de filosofía política, derechos humanos y teoría del Estado, sobre todo a partir de la obra de Thomas Hobbes (1588-1679) y de los grandes clásicos del liberalismo (ss. XVII-XIX).

Para empezar, y como bien lo dijo magistralmente Hobbes, la violencia en sociedad no posee ninguna exclusividad ni preferencia, de ningún tipo: es de todos contra todos. Bellum omnium contra omnes, o sea, “la guerra de todos contra todos”. Las redes de la violencia cotidiana son múltiples, complejas, mudables y multilaterales. Todo depende del sitio en donde uno esté parado en un momento dado. Y de un segundo a otro podemos pasar de ser agresores a ser agredidos.

Es estúpido pensar que existe un sistema (“el patriarcado”) en donde las mujeres siempre son las que “pierden”. Y no sólo es estúpido sino también malintencionado, porque de esta forma las mujeres, de forma mañosa, “invisibilizan” su propia violencia; ésa en donde ellas son las agresoras, no las agredidas.

Todas nuestras características en tanto individuos pueden ser motivo de conflicto, dominación y violencia. No viene al caso, pues, enfatizar con fines políticos la “guerra” que se deriva de las diferencias sexuales, porque teóricamente el principio general absorbe los casos particulares.

El Estado surge como un pacto, mediante el cual todos cedemos parte de nuestra violencia a favor de un cuerpo especializado de seguridad y justicia, a cargo del erario público. Este cuerpo existe para reducir, contener y sancionar la violencia ilegítima en la vida cotidiana. Ningún gobierno puede prometer una “vida libre de violencia”, es un absurdo: es prometer lo imposible. Sí puede, en cambio, sancionar a quien ilegítimamente ejerza violencia contra otros.

Y ese mismo pacto reconoce que, independientemente del cuerpo que se especializa en labores de seguridad y justicia, cada miembro de la sociedad tiene el derecho personal, imprescriptible e inalienable a defenderse, incluso empleando medios violentos, si alguien atenta contra su vida, su libertad y/o su propiedad, o las de sus seres queridos.

Este derecho a la auto-protección y a la legítima defensa es uno de los principios esenciales del liberalismo, y así ha pasado a todas las constituciones y leyes de los países que, para su fundación, se han inspirado en el liberalismo, como EEUU, Francia y México.

El artículo 10 de nuestra Constitución no deja lugar a dudas, si bien podría ser más claro y enfático.

Pues bien, la mitología feminista, en aras de elaborar malos análisis y de proponer falsas soluciones, ha soslayado los certeros argumentos y los principios consolidados del liberalismo con respecto a la violencia ilegítima y a la violencia legítima o defensiva.

La universalidad analítica y propositiva obtenida por el liberalismo ha sido menoscabada por el reduccionismo retrógrado del feminismo.

Todas las personas (principio universal), y no sólo las mujeres, tienen el derecho a defenderse ante toda agresión (principio universal), aun empleando la violencia. Y este derecho supone el uso legítimo de medios idóneos, como son las armas de fuego.

¿Conocen ustedes algunas feministas, o algunos “colectivos de mujeres empoderadas con perspectiva de género”, que se organicen en clubes de defensa personal o de prácticas de tiro al blanco para poder ejercer, si llegado fuera el momento, su derecho a la auto-protección y a la legítima defensa? En México, nada hay de esto.

Las feministas salen a las calles esperando mucho de un gobierno que se mueve entre la insuficiencia de recursos y la ineficiencia operativa. ¿Por esto los altos niveles de inseguridad e impunidad, no?

¿Por qué no, mejor, las mujeres se organizan con miras a prepararse cabalmente para ejercer su derecho a la auto-protección y a la legítima defensa, como de hecho debemos hacerlo todos los seres humanos?

Es claro: nos hace falta más liberalismo y menos feminismo.