Surge nuevo escritor mexicano (J.I. Varela) I

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Ah-Muán Iruegas

Entre tantas malas noticias en el país, es una verdadera fortuna para las letras mexicanas el surgimiento de un autor tan extraordinario como poco conocido: Juan Ignacio Varela.

Un autor surge lentamente, como un vegetal; absorbe sus nutrientes de otros textos. Ha brotado así el autor de tres obras, hasta el momento: “De voces”, “Historillas-De la Vida a Raíz” y “Ay Jalisco, no me cuentes”. Varela ha publicado poesía, cuento y un cierto tipo de historias –Historillas, dice él con injustificado desdén-, narraciones de género indefinido. Acaso sea por eso que el escritor –quien radica en Guadalajara- ha sido publicado ya por el Gobierno de Jalisco, habiendo sido prologado en dos ocasiones nada menos que por Don Fernando del Paso.

Hay cierta coincidencia entre ambos autores en cuanto a su interés por temas de la historia nacional. Pero Varela ha logrado una voz propia, que a nuestro entender se distingue por lo siguiente.

Las narraciones de Varela, al menos las de temas históricos, pueden ser vistas inclusive como un nuevo género literario, cuyas características trataremos de describir a través del análisis de uno de esos textos: El Collar de Flores.

La creación de un nuevo género es un logro estético en sí mismo.  Y aunque serán los especialistas quienes den su veredicto final sobre si es realmente nuevo el género literario de las “Historillas” de Varela, aquí anotaremos algunos argumentos en tal sentido. Pero aún si no fuese un nuevo subgénero el de ese tipo de narraciones, califica su prosa dentro de la especie de las “ficciones”. Es decir el tipo de escritos, calificados luego como cuentos posmodernos, que cultivó Jorge Luis Borges –entre otros.

NEZAHUALCÓYOTL, JUNIOR

El Collar de Flores cuenta – casi resume- la vida del príncipe Tetzauhpiltzintli,  hijo del Rey Poeta Nezahualcóyotl, incluyendo sus aventuras amorosas y bélicas, así como su tragedia. Se utiliza el llamado “estilo periódico”, con largas oraciones que bien aprovechan su sonoridad.

A primera vista, parece tratarse de un cuento clásico, realista, como los hay muchos y muy buenos. Como en todo cuento donde impere el realismo, la narración tiene secuencialidad, con una historia que es más importante que la experimentación con el lenguaje. Hay también en el relato analizado, como en el cuento clásico, respeto por la lógica racional -en oposición al “subversivo” cuento fantástico.

Además, aplica en este relato la típica coincidencia de los cuentos clásicos entre el denominado “discurso”, es decir la secuencia en que se narran los hechos, con la llamada “historia”, es decir la secuencia cronológica de los acontecimientos de una narración.

No obstante, El Collar de Flores tiene también una dimensión experimental, pues en el fondo participa de la denominada hibridación de géneros. La breve narración puede leerse como parte o “Fractal” de una narración más larga. Pero puede ser también una unidad en sí misma, que funciona como un cuento típico -con su respectivo “final sorpresa”.

Al inicio del escrito, se utilizan “intrigas de predestinación”. Es decir, se anuncia desde las primeras palabras del cuento, algo sobre su desenlace. Aquí recibimos una pequeña dosis del arte de Varela.

De tono a ratos majestuoso, la narración muestra una clara correspondencia entre el tema y la forma. El elaborado lenguaje de príncipes y reyes –del Rey poeta y su hijo-, se corresponde con la atmósfera de la corte texcocana.

Pero el cuento acusa tintes trágicos. Crea el autor un magistral triángulo amoroso, un romance imposible entre el hijo del Rey Nezahualcóyotl y una joven de la nobleza indígena, entre los que se interpone nada menos que… el propio Rey.

El mismísimo “Rey Neza” y su hijo están metidos en un enredo amoroso que el lector descubrirá, con la bella Citlalli entre ambos (así se llama la “aspirante a reina”) lográndose casi una catarsis -o lo más cercano a ello, en un cuento.

A pinceladas, Varela traza escenas de la época precolombina, e incluso premoniciones de Tetzauhpiltzintli sobre la conquista española, pues entre pesadillas y dibujos se describen por ejemplo a ciertos “hombres de metal a los que les salía una bestia entre las piernas”.

La narración describe así el punto en que el príncipe Tetzauhpiltzintli, sufre la mencionada decepción amorosa: “Para el príncipe fue toda una tragedia saber que Citlalli había llegado en su ausencia a palacio como concubina de su padre”.

Esto, que no es lo más sorprendente en la historia –va de sorpresa en sorpresa-, tiene ciertas semejanzas con los triángulos amorosos de las letras clásicas. En lugar de la tragedia de Edipo y el triángulo del que éste es uno de los vértices, tenemos al príncipe indígena en pleno trance, al darse cuenta de que se ha formado un triángulo con su propio padre “en la otra esquina”. Y en el tercer vértice, la bella Citlalli, amada por el príncipe, pero concubina del Rey.

Como se observa arriba, Varela menciona, como al vuelo, la palabra “tragedia”. ¿Es El collar de Flores una tragedia en sí misma? En principio no lo es, por la sencilla razón de que no es una obra dramática, sino una narración en prosa, y el género trágico inaugura el teatro de Occidente.

Sin embargo, se perciben rasgos trágicos en el cuento de Varela. Sí se cumple la exigencia aristotélica a los textos trágicos de que debían provocar un sufrimiento profundo en el espectador, próximo al terror y que termine en catarsis.

En El Collar de Flores, el hijo del Rey poeta es víctima de un dolor profundo, que lo lleva a un desahogo al escribir en un papel de “amatl” un poema donde describe su sentir. La narración provoca un estremecimiento (de hecho, varios) en el lector, así como la tragedia griega lo hace con el espectador. Incluso el príncipe, descrito inicialmente como un ser un tanto irritable y caprichoso, se ennoblece con las descripciones de su propio sufrimiento.

El hermético Federico Hegel, en relación con las tragedias de Esquilo y de Sófocles, afirma que en las tragedias uno no se enfrenta a un simple héroe trágico, sino a un “antagonismo trágico” en el cual no se enfrentan el bien y el mal, sino diversos tipos de bien.

En la narración de Varela se genera a mi entender un antagonismo trágico, entre por un lado el hijo del Rey poeta, que ama a Citlalli, y el propio Rey, que es un obstáculo totalmente inocente para que ese amor se consume. Pues al principio el Rey ni siquiera está al tanto de los amores de su hijo. Pero esto conducirá a que el hijo odie al padre de manera prácticamente inevitable, como en “una buena tragedia”.

Como en las tragedias, existen ciertas preocupaciones políticas en la narración de Varela. Hasta la trilogía de Prometeo ha sido considerada una reflexión sobre el poder. Algo similar ocurre con El Collar de Flores, pero todo en miniatura o “condensado”, pues aunque se trata de un triángulo amoroso en principio, dicho enredo conlleva una terrible cuestión al final de la historia –que no revelaremos aquí-, la cual alude a graves facetas del mantenimiento del poder político. Donde, por cierto, participan varios miembros de la nobleza indígena de la época.

En la “Ifigenia” de Eurípides, la tragedia es necesaria para continuar el sitio a Troya: Ifigenia es sacrificada a la diosa Artemisa para que ésta permita que la flota aquea de Agamenón, su padre, pueda continuar hacia Troya. En El Collar de Flores, la tragedia es necesaria, aunque en este caso lo es para conservar la estabilidad del reino, pues el príncipe planea un golpe de Estado.

Mañana continúa segunda y última parte.