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Mi padre, el maestro

Uno de los muchos recuerdos gratos de mi niñez tiene que ver con la apasionada defensa que reiteradamente hacía mi padre de la labor –apostólica, siempre decía- de los maestros.

Tengo en mi memoria la imagen imborrable del libro que siempre refería mi papá cuando hablaba del romanticismo de la enseñanza: “Diario de un Maestro; un año en Pietralata”, de Albino Bernardini. Una y otra vez recordaba episodios de aquel héroe anónimo que hizo hasta lo impensable para sacar adelante a un grupo de muchachos problemáticos, por decir lo menos.

Autodidacta, profesor en su muy amada UNAM, mi padre siempre mencionaba en casa nombres como Jaime Torres Bodet, José Vasconcelos, Justo Sierra, Narciso Bassols, Mario de la Cueva, Salvador Novo, Jorge Carpizo.  Y lo hacía sin pensar en filias y fobias políticas o en seres humanos con defectos y virtudes, sino en función de su labor frente a un salón de clases o en un escritorio donde se decidía la política de la educación pública.

Eran los íconos de la labor humana más sagrada que había para él: la de enseñar.

Don Raúl Rodríguez Ruiz pudo ver el deterioro educativo en México a partir de que floreció el modelo de la educación gratuita, laica y masiva.  Si bien defendió vehementemente el prestigio de nuestra máxima casa de estudios, por ejemplo, no dejaba de comentar de pronto, preocupado, las obvias deficiencias con que llegaban los alumnos de primer ingreso a las aulas de Ciudad Universitaria.

Y también deslizaba de pronto, como queriendo darse una dosis de realismo frente a su siempre romántica actitud y postura ante el gremio magisterial, su rechazo al exceso de pretextos de algunos “maestros” para no concentrarse en el salón de clases.

Pero siempre apeló al heroísmo de los muchos docentes que como él han sido y son verdaderos guerreros que combaten la abulia, la falta de atención, el desinterés, el desgano por la lectura, la búsqueda de los caminos fáciles, el acoso escolar, la drogadicción, la violencia, el alcoholismo.

Esos educadores a los que se les rinde homenaje el 15 de mayo: los que prefieren trabajar frente a un grupo que buscar una comisión sindical; los que destinan su tiempo extra-escolar a preparar sus clases y no a nutrir mítines y marchas; los que sueñan con incentivos salariales correctos basados en competencias y no en privilegios obtenidos por presiones políticas o tráfico de influencias.

Mi papá era un idealista. De esos que hacen falta ante la implacable y necia realidad de los problemas cotidianos, esos que sin negarlos podemos enfrentar con optimismo, con nuevas actitudes, con la vehemencia necesaria para despertar otro tipo de inquietudes en niños y jóvenes estudiantes.

Ya no le tocó el Twitter.  Pero estoy seguro que, de haberlo convencido para utilizarlo, su TL hubiera estado lleno de citas textuales de los grandes educadores mexicanos. O de algún episodio del texto de Bernardini.

O seguramente tuitearía que no hay que descubrir el agua tibia para definir que el espíritu de la Reforma Educativa actualmente en marcha es el mismo del ideal de Torres Bodet: preparar mejor a nuestros jóvenes para un futuro complejo y competitivo. Y me hubiera encantado discutir con él las diferencias coyunturales del México de hoy y de los actores políticos presentes en esta cruzada (así la llamaría él también).

En fin, hubiéramos celebrado juntos que todavía existen profesores con esa vocación fundamental que ni las nuevas tecnologías de la información ni las redes sociales pueden sustituir: la figura querible, admirable, del tutor académico, del guía que da consejo y hasta consuelo, del implacable corrector de modales, de cuidado personal, de ortografía.  Del supervisor, primero, de la cimentación básica de vida y, después, de los colados y las cimbras de cada edificio personal de sus alumnos.

A él, mi amado padre y maestro, y a los que piensan y actúan como él, aún ahora: ¡Feliz 15 de febrero!

@AlexRdgz