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“Pero hay un Dios señores”

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Eran las siete de la tarde en la Plaza de las Ventas en Madrid, se abría la puerta de cuadrillas y David Mora volvía a pisar el ruedo venteño después de dos años cuando sufrió un grave percance que lo alejó de lo que más amaba que era torear, la lesión era tan grave que los médicos lo deshauciaron como para volver a ejercer.
Y él, con el espíritu indomable y ese no se qué con el que se cargan los toreros para sobreponerse a las adversidades más dolorosas se propuso que volvería a vestirse de luces y a reaparecer en esa su plaza, Las Ventas y en la feria de San Isidro.
Los más de 22 mil espectadores que llenaban la plaza le dieron una calurosa bienvenida y al torero se le escaparon algunas lágrimas cuando agradecía las muestras de cariño del público madrileño.
David Mora se le veía sereno, quizá tantos meses en dique seco le templaron el alma, ahora se le presentaba la gran revancha y el iba a por todas.
Y saltó a la arena “Malagueño”, de la ganadería de Alcurrucén, un toro serio, hondo y de largo cuello, muy en tipo Nuñez que empezó embistiendo flojo hasta el segundo puyazo donde le salió lo bravo y empezó a meter la cabeza con gran calidad.
David Mora después de pedir permiso a la autoridad se dirigió hacia donde estaba el Dr. Máximo García Padrós para brindarle el toro de su vuelta a los ruedos y a la vida, de ahí a los medios para iniciar su faena con un pase cambiado por la espalda.
Pero hacía mucho viento, el toro no obedeció al toque de la muleta y lanzó por los aires al diestro quien cayó feamente de cabeza quedando por un momento inmóvil, en ese instante volvió a pasar la película y todos pensamos lo peor, pero David Mora se levantó y pidió los trastos para comenzar a torear a “Malagueño”.
Desde los primeros muletazos el toro se rebozaba en la embestida, planeaba y repetía con bravura y codicia y ahí comenzaba la epopeya, Mora embarcaba las embestidas, “Malagueño” iba a más y la plaza rugía con los muletazos del diestro que se regodeaba  a cada embestida y fue relajándose hasta abandonarse.
Luego vino el toreo con la mano izquierda y la locura general, el toro tenía muchísima clase y David Mora toreaba con una entrega total, ahí estaba el toro que todos esperan en Madrid, ahí estaba la faena muchas noches soñada, ahí estaba la entrega del público madrileño aclamando de pie la labor del torero.
Todo esto se debía culminar con una gran estocada y así fue, David Mora se fue tras el acero decidido y entregado logró una estocada hasta las cintas.
La plaza blanqueaba de pañuelos pidiendo los premios para toro y torero y el juez ante la locura general concede dos orejas al matador y vuelta al ruedo al nobilísimo ejemplar de Alcurrucén.
David Mora recoge los premios y no puede evitar el llanto cuando levanta los brazos y mira al cielo para agradecer todo eso que estaba sucediendo, atrás quedaron los dolores, atrás quedaron las frustraciones, atrás quedaron las amarguras de ver a los compañeros torear y estar imposibilitado.
Todo ese esfuerzo realizado día con día levantándose cada mañana sobreponiéndose a todo con la mentalidad de volver a torear hoy se veía compensado con creces.
A David Mora se lo llevaron en volandas al finalizar el festejo en una salida a hombros tumultuaria como hace tiempo no se veía y si usted se pregunta de donde ha sacado este hombre fuerza para haber salido del infierno y llegar a tocar un pedazo de cielo,  el torero seguramente les contestará  “hay un dios señores”.
“El Ñor”.