Maduro en busca de su “martirio revolucionario”

Profesor UAM-Xochimilco y UPN-Ajusco

No fue la muerte de Hugo Chávez (05 de marzo de 2013) la que marcó el inicio del fin del chavismo, sino la estrepitosa caída de los precios del petróleo en el 2008. Recordemos que en junio de 2008 el precio del petróleo alcanzó los 139 dólares por barril, para después descender, dramáticamente, en diciembre del mismo año, hasta llegar a los 45 dólares por barril. Y, tras una inestable recuperación entre 2010 y 2014, cayó todavía más, hasta los 28 dólares por barril en enero de 2016.

Esto, por supuesto que representó una gran crisis para un país como Venezuela, cuyas finanzas siguen sostenidas, en gran medida, en una economía sumamente petrolizada. Las exportaciones del “oro negro” venezolano representan el 96% del total de las ventas al exterior. Y el principal destino del mismo sigue siendo, paradójicamente, EEUU.

Para dimensionar el descalabro, hay que recordar que entre 1999 y 2014, Venezuela recibió 960,589 millones de dólares por su petróleo, lo que representa un promedio anual del orden de los 56,505 millones de dólares durante 17 años. Una barbaridad de dinero si se considera que durante la gestión de Rafael Caldera (1993-1998), el antecesor de Hugo Chávez, el ingreso promedio de Venezuela por exportación petrolera fue de apenas 15,217 millones de dólares al año, en promedio.

El “Socialismo del Siglo XXI” se sostuvo en la bonanza petrolera. Si Chávez puso gastar y gastar dinero a lo bruto para sus “obras sociales”, fue gracias a los formidables ingresos petroleros. Esto le permitió llevar a cabo un reparto inusitado y efectista de la riqueza, dando la impresión de que la “Revolución Bolivariana” había llegado para elevar la calidad de vida de los venezolanos.

Quienes por generaciones habían tenido poco, ahora tenían algo más que “poco”, y su adhesión fanática al líder logró que éste pudiera mantenerse en el poder de forma ininterrumpida, y por vía electoral, de 1998 a 2013. El reparto de la riqueza rindió claros frutos electorales y la gente estaba contenta con ese paraíso de corto plazo.

Pero dos fueron las preguntas que jamás se hicieron los beneficiarios de los despilfarros chavistas. La primera: ¿de dónde sale tanto dinero? Y la segunda: ¿es sostenible este ritmo de gasto a futuro?

Sabido es que las masas acríticas no piensan en los plazos mediano y largo. Gozan del dinero aquí y ahora, sin jamás preguntarse qué impactos tendrá el gasto presente en la economía del mañana. Esta falta de buen juicio ha marcado muchas veces la historia de América Latina.

Y pues llegó el momento en el que estalló la burbuja: la orgía del gasto social y de la obra pública dejó de ser sostenible dado el descenso de los ingresos petroleros. Y, para entonces, Venezuela también cayó en la cuenta de que gran parte de las entradas por la exportación petrolera no fueron bien aprovechadas, ya que no lograron impactar de forma eficiente el aparato productivo venezolano. Por ejemplo, se invirtió poco en bienes de capital, especialmente en maquinaria pesada y en tecnología de punta.

Además, ahogado en su propia retórica populista y demagógica, el gobierno de Chávez cometió dos errores gravísimos: a) se puso a expropiar a tontas y a locas, y b) se peleó a muerte con empresas líderes en su ramo.

Durante su mandato, Chávez expropió o intervino alrededor de 1,200 empresas, especialmente de los sectores de la construcción, la alimentación, el petróleo, la agroindustria y el comercio de bienes básicos. Como responsables de dichas empresas, puso a funcionarios leales pero incompetentes. El resultado era muy previsible: la quiebra, el despilfarro, la ineficiencia y las malas cuentas. Y las empresas privadas que sobrevivieron, supieron defender sus intereses mediante el boicot, el obstruccionismo y el mercado negro.

El chavismo ha fracasado en lo mismo que han fracasado todos los socialismos anteriores a él: tras criticar una y mil veces al capitalismo, el chavismo ha sido incapaz de sustituirlo exitosamente por un nuevo y más eficiente sistema de producción, distribución y consumo de bienes y servicios.

Los socialistas se llenan la boca de críticas al capitalismo, pero siempre han sido incapaces de establecer un modelo distinto y más eficaz en materia económica. Los socialismos dedican mucho tiempo a reprobar al capitalismo y poco tiempo a construir opciones viables al mismo.

El deterioro constante del chavismo ha sido más que evidente. Por ello, en las elecciones presidenciales de abril del 2013, Nicolás Maduro apenas alcanzó el 50.6% de los votos, frente a Henrique Capriles, quien obtuvo el 49.1%.

En el colmo de su estupidez y su soberbia, Nicolás Maduro, durante una reunión del Consejo de Ministros, en octubre de 2014, afirmó sin ambages que: “Un gobierno revolucionario con poder económico como el que yo presido tiene planes para pasar cualquier situación así tiren los precios de petróleo a donde los tiren”. Sin comentarios.

Más recientemente, la oposición logró hacerse de la mayoría en la Asamblea Nacional: en las elecciones de diciembre de 2015, para el período 2016-2021, la Mesa de la Unidad Democrática alcanzó 112 escaños, superando por mucho al oficialista Gran Polo Patriótico Simón Bolívar, que sólo alcanzó 55 escaños.

En un intento de revertir la caída del chavismo, y ante la promoción de un referéndum revocatorio en su contra, el pasado viernes 13 de mayo Nicolás Maduro decretó el estado de excepción y emergencia económica, apelando a la teoría conspirativa y redencionista: el mundo contra él y él como “salvador de la revolución socialista”. En respuesta, las calles se han llenado de gente inconforme y la oposición ha llamado a desconocer dicho decreto, por inconstitucional.

La tensión política y social, de suyo presente desde hace unos años, se ha incrementado. No se prevé un final pacífico ni pactado. La tozudez del gobierno chavista hace sonar los tambores de guerra, porque Maduro sabe que, hasta ahora, el Ejército de Venezuela lo sigue apoyando. Insisto en esto: hasta ahora.

Al igual que el chileno Salvador Allende, Maduro está preparando su camino como “mártir revolucionario”. Al igual que Allende, Maduro sabe que una muerte dramática como “defensor de la revolución socialista” puede tapar años de mala gestión, años de errores, años de pendejadas.

Al igual que Allende, Maduro quiere corregir sus errores con nuevos errores. Y, lo más probable, es que, al igual que Allende, Maduro termine siendo abatido por militares cercanos a él.

En el caso de Allende, quien encabezó a los militares golpistas se llamó Augusto Pinochet, no obstante haber sido nombrado por el mismísimo Allende. ¿Cómo se llamará el militar que encabece a los militares golpistas en Venezuela?

Me da la impresión de que Maduro, al igual que Allende, cree que los militares le serán permanentemente leales, hasta la muerte, incluso. Creo que Maduro está equivocado. Creo que en los cuarteles del Ejército de Venezuela se está tramando algo. Sólo el tiempo lo dirá.