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¿Hasta dónde puede ser legítima la homofobia?

  Profesor UAM-Xochimilco y UPN-Ajusco

 A partir de que, el pasado 17 de mayo, el Presidente de la República firmó y presentó la iniciativa para reformar el artículo 4º de nuestra Constitución Política, a objeto de elevar a rango constitucional el matrimonio entre personas del mismo sexo, mucha tinta se ha vertido en torno al tema. Personas que están de acuerdo frente a quienes manifiestan su desaprobación. Estamos aprendiendo a vivir en democracia, finalmente.

El más reciente y polémico eslabón del debate ideológico al respecto lo protagonizó el cantante Emmanuel, quien, durante su concierto del 26 de mayo de 2016, en el Coliseo Yucatán, manifestó públicamente su defensa del matrimonio y de la familia tal como se entienden dentro de la cultura judeocristiana: pareja heterosexual y su descendencia. Asimismo, se expresó en contra de la educación inherente a la llamada “ideología de género”. Aquí el video:

https://www.youtube.com/watch?v=YBvUuiTIdaI

De forma exagerada, muchas personas han tildado a Emmanuel de “homofóbico”, sólo por haber expuesto, de forma directa o indirecta, su postura de rechazo al matrimonio igualitario, cuando nuestra Constitución postula y garantiza el derecho a la libre manifestación y difusión de las ideas (artículos 6º y 7º constitucionales).

Podemos estar de acuerdo, o no, con las ideas de Emmanuel, pero todos debemos estar de acuerdo en que el cantante tiene el derecho de manifestar y de defender públicamente sus ideas, como todas las personas de este país; de un país que se esfuerza en ser democrático.

E, incluso, podemos ir más lejos a partir del caso de Emmanuel y, en atención a la esencia misma de la democracia moderna, pasar a responder la siguiente pregunta, que resultará incómoda para muchos: ¿hasta dónde, en una democracia moderna, puede ser legítima la homofobia?

Para responder a esta pregunta, debemos partir de una idea esencial del Derecho moderno, a saber: que el Derecho no está destinado a regular pensamientos ni sentimientos, sino sólo conductas. Este principio ha sido pasado por alto a lo largo de los últimos lustros del quehacer legislativo, de tal suerte que inclusive el lobby gay se ha aventado la ocurrencia de hablar de “crímenes de odio” cuando se aborda el problema de los homicidios cometidos en contra de alguna persona homosexual. Craso error, porque el odio difícilmente puede ser demostrado, no así la “saña” y la “crueldad”, categorías de veras jurídicas que han pasado a segundo plano frente a los porosos conceptos introducidos por el lobby gay.

El Derecho puede ser un buen auxiliar en la generación de mejores patrones culturales, de estándares civilizatorios más avanzados. Pero, de suyo, su labor no es ésa, sino la de regular las conductas, sólo las conductas, con total independencia de lo que la gente piense o sienta.

Que quede clarísimo: en términos estrictamente jurídicos, a mí no me importa si mi vecino me ama o me odia. Sólo me importa que mi vecino no me joda, es decir, que no menoscabe mis derechos. Sus pensamientos y sentimientos con respecto a mí, me interesan un cacahuate. Sólo me interesa que no me robe, no me asesine, no me defraude, no me fastidie, etc.

Insistamos en ello: la finalidad del Derecho es regular conductas, no los pensamientos ni los sentimientos. Si entendemos esto, somos capaces de comprender lo que significa ser “personas civilizadas”.

Yendo más allá de la postura de Emmanuel, que estrictamente NO es homofóbica, pongamos el caso de una persona que sí sienta aversión u odio hacia los homosexuales. Si una persona así me preguntara qué pienso sobre su postura, le diría sin miramientos que el Derecho no puede obligarla a aceptar lo que a ella le parezca inaceptable. El Derecho solamente puede prohibirle que despliegue conductas concretas que resulten violatorias de los derechos de las personas homosexuales.

La diferencia es muy fina, pero existe y es fundamental para la vida dentro de una sociedad democrática y moderna.

Esto significa, en concreto, que el Derecho no puede obligar a la gente homofóbica a que deje de sentir aversión u odio hacia las personas homosexuales, pero sí puede castigar penalmente a quien, a través de actos y hechos concretos, niegue o viole los derechos de los homosexuales. ¿Difícil de entender? Sólo para mentalidades obtusas.

Recientemente, un amigo mío, de derecha política, del tipo católico y conservador, me decía: “Aborrezco a los homosexuales y no estoy de acuerdo con la iniciativa de Peña Nieto”. Y yo le dije: “El Derecho no te obliga a estar de acuerdo con la homosexualidad, ni te puede obligar a aceptar la iniciativa presidencial. El Derecho sólo te obliga a no violar los derechos de los homosexuales, como a ellos los obliga a tolerar tus preferencias religiosas”.

Para que le quedara más clara la idea a mi amigo conservador, me puse yo mismo como ejemplo: “Mira, tú sabes que yo soy anticlerical y detesto todo lo que huele a religión. Y el Derecho no me puede obligar a pensar ni a sentir lo contrario. Incluso sería estúpido que lo intentara. El Derecho sólo me obliga a que, con total independencia de mis pensamientos y de mis sentimientos, yo no viole el derecho de las otras personas a creer en lo que quieran y en comportarse según sus creencias religiosas, mientras a mí no me fastidien. Es lo mismo que el Derecho te pide a ti con respecto a los homosexuales: no aceptes sus preferencias, pero toléralos como personas distintas a ti, porque esta distinción a ti no te afecta. Ésa es la esencia de la tolerancia dentro de la democracia”.

Si algo nos caracteriza como seres civilizados y demócratas es que, aun no estando de acuerdo con los demás, estamos dispuestos a soportarlos con tal de hacer vivible la vida en sociedad. Hay que vivir y dejar vivir, nada más.

Entonces, ¿es legítima la homofobia? Respuesta precisa y concisa: por supuesto que sí, mientras la homofobia se quede sólo en nuestros pensamientos y sentimientos. Deja de ser legítima (y es ilegal) cuando trasciende a la conducta, a los actos, a los hechos, y es entonces cuando el Derecho está obligado a intervenir, para sancionar penalmente las conductas humanas que priven a las personas homosexuales de sus derechos constitucionales.

Yo soy agnóstico y anticlerical, pero nunca violaría el derecho de las otras personas a creer en lo que quieran y a conducir sus vidas con base en sus creencias religiosas, y, en reciprocidad, estas personas no deberán pretender imponer sus ideas religiosas al resto de la gente ni en el ámbito público. Mi anticlericalismo, pues, no afecta en nada los derechos de las personas religiosas. Y, de hecho, tengo muchos amigos creyentes, incluidos ministros de culto.

Así que si alguno de ustedes siente rechazo por la homosexualidad, déjeme decirle que éste no es el problema: no acepte lo que no quiera aceptar, porque está en su derecho. El punto importante es que usted, más allá de sus pensamientos y sus sentimientos en torno a la homosexualidad, DEBE reconocer a cabalidad los derechos de las personas homosexuales, con civilidad democrática, aunque estas personas le revienten el hígado, porque a usted mucha gente lo soporta de la misma manera.

Ésta es la esencia de ese valor democrático y republicano llamado TOLERANCIA: no se trata de aceptar lo que no nos agrada, sino de soportar cívicamente las diferencias legítimas dentro de la sociedad, para hacer la vida más llevadera.

Si, por ejemplo, usted tiene un restaurante y llega una pareja gay a solicitar su servicio, no deje de sentir homofobia, pero muérdase lo que tenga que morderse para poder atender a esa pareja gay como si fuera una pareja heterosexual. Eso le dará a usted calidad cívica.

Hay que recordar esto: el Derecho moderno se creó para regular nuestras conductas, no nuestros pensamientos, ni nuestros sentimientos. Y tiene mucho mérito cívico sentir desagrado por una persona sin dejar de tratarla como persona. Esto es lo que significa “ser civilizado”.

Concluyo diciendo que Emmanuel tiene todo el derecho a expresar sus puntos de vista en torno al matrimonio igualitario, pero no tiene el derecho de hacerlo en un concierto, porque la gente fue a escucharlo cantar, no a predicar. ¡Qué bueno que se exprese, pero qué malo que lo haga en un lugar inadecuado!