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Pemex: ahora o nunca

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La entrada de las empresas petroleras extranjeras a México, parece inevitable. El regreso a territorio mexicano de varias de las empresas que  expropió y con ello expulsó Lázaro Cárdenas de suelo mexicano en 1938, constituye un daño irreparable al patrimonio y la independencia de nuestro país. ¿Tiene remedio esa tragedia?
 
Sí lo tiene. Pero sólo durante unos meses o tal vez unas semanas, como se expone a continuación.
 
Es risible la argumentación de Enrique Peña de que la reforma energética es necesaria y -según él- todo un éxito. Por un lado, la baja en los precios del petróleo hará inviables muchas de las supuestas grandes inversiones que iban a venir a nuestro territorio. Por otro, aunque las inversiones llegaran a entrar a México, el presunto beneficio económico no borra los perjuicios que su sola presencia nos causará a los mexicanos.
 
Me refiero en particular al factor geopolítico. El riesgo que implica tener a esas empresas saqueando las riquezas nacionales, deriva entre otras cosas de que eso convierte a nuestro país en un punto estratégico para los gobiernos de origen de tales empresas. Es decir, Estados Unidos y la Gran Bretaña, entre otras potencias, tendrán entre sus preocupaciones el mantenimiento a como dé lugar de sus empresas en México.
 
En 1938, las empresas expropiadas incluso presionaron al gobierno estadounidense para que declarara la guerra a México, por haberlas expropiado. Pero los yankees desecharon esa opción, pues temían que nuestro país se aliara con Adolfo Hitler (!) o Benito Mussolini.
 
Hoy, el petróleo sigue siendo un elemento estratégico a nivel mundial. Varios países cifran en él su futuro, como Venezuela o Arabia Saudita. Guerras recientes han iniciado por su causa, como la invasión estadounidense a Irak, con George Bush a la cabeza.
 
El daño para México de permitir la entrada de las petroleras extranjeras, es inmenso. Para volver a sacar a esas empresas de territorio mexicano, se va a requerir a “un nuevo General Cárdenas” y eso no va a repetirse. Los militares mexicanos ahora parecen más ocupados en ejecutar delincuentes (caso Tlatlaya) o en “hacerse los muertos” mientras la delincuencia asesina a los enemigos del gobierno -como los normalistas de Ayotzinapa- que en defender las riquezas de su país. Jamás los militares mexicanos harán nada que le quite el sueño al presidente y por tanto nunca van a defender nuestro petróleo, porque ahora el presidente mexicano lo quiere regalar o “rematar” -será una ganga para los extranjeros.
 
El ejército mexicano no es confiable para nosotros, los mexicanos, pues es el soporte último de un gobierno de traidores. Por tanto, la salida de esas empresas la debemos buscar los civiles y no los militares, con o sin la aprobación ni la ayuda del Ejército mexicano (si no estorba el Ejército, mucho nos ayudará).
 
Si las empresas extranjeras se logran instalar aquí, jamás podremos echarlas fuera de México otra vez, como lo hizo Lázaro Cárdenas. Eso no volverá a ocurrir, pues la expropiación petrolera se realizó en 1938, cuando era inminente el inicio de la Segunda Guerra Mundial (que empezó en 1939) y por ello los Estados Unidos toleraron a regañadientes la expropiación, con tal de seguir teniendo como aliado en la guerra al gobierno mexicano.
 
Una coyuntura como aquella fue algo único -y ahí se mostraron las capacidades de Cárdenas como político y estadista. Ahora sólo tenemos a Enrique Peña, un inepto, un ladrón y un traidor a su país, como todos los miembros de su Partido Revolucionario Institucional (PRI).
 
Sin embargo, increíblemente está surgiendo ahora mismo una nueva coyuntura política -aunque a nivel nacional y no internacional- que permitirá defender la riqueza petrolera mexicana. Me refiero al movimiento de protesta de los maestros mexicanos.
 
Independientemente de si está uno de acuerdo o no con las tácticas violentas de los profesores, lo cierto es que están poniendo en jaque al gobierno federal, en protesta por la reforma educativa peñista. El sindicato de maestros es el más grande de América Latina -se ha dicho que llegó a tener casi un millón de afiliados.
 
Por su parte, el sindicato de trabajadores petroleros, aunque es de tamaño menor que el de los maestros, tiene una importancia estratégica mayor, dada la relevancia del sector energético y del petróleo en particular. El problema es que el sindicato petrolero está completamente entregado a los deseos del gobierno federal y ha traicionado los intereses, no sólo de los trabajadores, sino del pueblo de México. El sindicato petrolero “ni siquiera metió las manos” ante la golpiza que significó la reforma energética entreguista de Enrique Peña.
 
No obstante, al margen de lo que opine el sindicato petrolero, son los propios trabajadores de Pemex quienes tienen una oportunidad histórica de hacer algo por su país. Y de hacer algo por ellos mismos, pues si llegan los extranjeros, los trabajadores de Pemex van a perder no sólo sus prestaciones, sino muy probablemente también sus empleos.
 
Si actúan solos, los trabajadores petroleros no tienen la suficiente fuerza para enfrentarse al gobierno mexicano -y menos a gobiernos extranjeros-. No obstante, si unen sus demandas a los maestros -no en forma tumultuaria sino organizada-, los petroleros pueden ser el factor decisivo que impida se entreguen los recursos petroleros a intereses ajenos al país.
 
Esta coyuntura de movilizaciones y protestas sociales, es la última oportunidad que tendrán los petroleros para defender su fuente de trabajo y su país. Pues repito: si entran de nuevo las empresas petroleras, no las podrán volver a sacar de aquí.
 
Es ahora o nunca. Los trabajadores de Pemex deben unirse a las protestas magisteriales y extender su propio movimiento al resto del país, con paros, manifestaciones y todos los medios legales a su alcance, para detener el saqueo y la venta a los extranjeros -que en realidad es un regalo- del petróleo mexicano.