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Regular las marchas: culpa de la izquierda

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Por Rubén Cortés

La izquierda ha sido incapaz de luchar con talento y rigor por conseguir para nuestra sociedad el principal precepto de esa corriente política: la libertad para todos con igualdad para todos. Es una paradoja, pero lo que ha logrado es el libertinaje de unos pocos, en detrimento de la libertad de la mayoría.

Querer gobernar desde las calles, con marchas y plantones (en especial, y otra vez paradójicamente, desde que empezó a gobernar por vía de las urnas en 1997) terminó por hartar a la sociedad. ¿Resultado? El Poder Judicial y el gobierno de la CDMX van a regular las manifestaciones permanentes.

La Corte se perfila para ratificar mañana la constitucionalidad de la Ley de Movilidad de la CDMX, que obliga a los manifestantes a avisar a las autoridades 48 horas antes. Y el Jefe de Gobierno, Miguel Mancera, aseguró ayer que “no estamos de acuerdo con que haya bloqueos permanentes”.

“Las 48 horas para el aviso de la manifestación están justificadas para dar margen de actuación a la autoridad”, asegura el ministro ponente, Alfredo Gutiérrez Ortiz Mena.

AMLO (quien cerró Reforma con un plantón de julio a septiembre de 2006) pidió a los magistrados, a través de su partido, “resolver a favor del ejercicio pleno de los derechos de libre asociación, reunión, expresión y manifestación”.

Sin embargo, es justo esa manera de observar la libertad lo que dificultó construir un Estado eficiente en México para hacer respetar la ley desde que arrancó la alternancia política en el año 2000. El “complejo de Tlatelolco” acabó volviendo negligente al Estado mexicano con la anarquía.

Es ese “complejo” el que fomentó en nuestra historia reciente el Plantón de Reforma de AMLO, el secuestro permanente de Oaxaca y la CDMX por parte de la CNTE, el surgimiento de las policías comunitarias armadas en varios estados, el robo constante de vehículos a cargo de estudiantes normalistas…

Pero todo hecho provoca una consecuencia: plantones, marchas, manifestaciones… esos perennes daños a los derechos de terceros han estimulado, peligrosamente en ciudadanos y empresarios, una añoranza por el autoritarismo que, a pesar de todo, garantizaba el orden.

Y tienen toda la razón si se recuerdan los daños al patrimonio, desquicio al tránsito vehicular y de personas, pérdida de empleos y quiebra de negocios del Plantón de Reforma o la famosa imagen de un maestro que cerró, él solo, Paseo de la Reforma el 3 de septiembre de 2013.

Aquel maestro: sentado en medio de la avenida, en una silla de playa, royendo una manzana, la pierna cruzada y escuchando música a través de unos audífonos, buscado con su insolencia una represión que legitimase al vandalismo, ayer como hoy, como movimiento de lucha social.

Pues la represión no les llegará por la vía del tolete, como ansiaban, sino por la vía del Poder Judicial, aunque ello sería apenas una de las cuatro patas de la mesa: falta mucho aún para crear instituciones basadas en la técnica, las reglas y la eficiencia.

La izquierda, que se arroga el derecho ideológico de la rebelión, debería ser la primera en luchar por el establecimiento de una libertad con orden y con seguridad, como plantea el dictamen de la Corte para regular las manifestaciones permanentes.

Sólo así la rebelión tendría un sentido: el del respeto al derecho ajeno. Sólo así la rebelión tendría aceptación de terceros: la de la simpatía por las causas justas. Está obligada, pues, nuestra izquierda a defender la libertad con igualdad.

De lo contrario, corre un riesgo fatal:

El de llevarse por delante al imperio de la ley.