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Un futuro brillante

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El 1 de septiembre de 2016, el presidente Enrique Peña Nieto, tuvo una encerrona con 300 novillos de cornamenta rasurada en el ruedo acondicionado en el Palacio Nacional. Los tendidos lucían como en corrida dominguera. En hora y media despachó la faena. Cosechó aplausos a granel por los pases propios de un diestro matador.

El mexiquense se movió relajado por el escenario: Administró su astucia para mantener a sus invitados atentos a las respuestas, que salían desde el fondo de la improvisación. Asumió posturas de hombre interesante, cuando le llegaban preguntas desde las redes sociales; con un capotazo las mandaba hasta la zona de toriles.

En la Cámara de Diputados se hizo la reseña de cómo se veían las cosas desde las curules. El legislador Clemente Castañeda de Movimiento Ciudadano, puntualizó: “Difícilmente podemos hablar de un momento más delicado como el que hoy está viviendo nuestra República. El país está marcado por una profunda crisis social, por la más grave situación en materia de derechos humanos, por la más indignante corrupción en las altas esferas del gobierno, por una verdadera crisis institucional…”

En variaciones sobre el mismo tema, desde el ámbito cultural, el cineasta Alejandro González Iñárritu enfadado por la visita de Donald Trump a México, expresó: “Tras este acto y como ciudadano mexicano, Enrique Peña Nieto no me representa más. No puedo aceptar como representante a un gobernante que en lugar de defender y dignificar a sus compatriotas, sea él mismo quien los denigra y pone en riesgo al invitar a alguien que, como él, no es digno de represantar a ningún país”.

Tras este 1 de septiembre con los acontecimientos que tuvieron lugar, hubo material suficiente para organizar debates informales, entre la gente llana. Nunca falta el ciudadano radicalizado que se apunta para encabezar un comité pro la destitución y destierro de tan mal gobernante. Simpatizantes no le faltan. También participa el sensato, que acoseja a los miembros de la tertulia que es mejor aguantar un par de años más, que al fin y al cabo la desigualdad y la pobreza son endémicas desde hace siglos; la corrupción y la impunidad forman parte de la identidad de los mexicanos.

Dada la pluralidad de los contendientes en el debate de café, un alma caritativa pregunta con un dejo de angustia: ¿Y de qué viviría Peña Nieto si lo bajaran de la silla presidencial? Del coro surge una voz impostada que narra lacónicamente algunos datos sobre la vida de Enrique Fernández Tellaeche, mejor conocido como Cachirulo.

En el mundo de la actuación apareció este personaje nacido en Mazatlán en 1924, que se desenvolvía como actor, director, escritor y productor. Cachirulo era la figura central de un programa infantil de televisión, teatro fantástico. El proyecto era patrocinado por una empresa que fabricaba chocolates, y Enrique Alonso (su seudónimo) con su personaje al final de cada transmisión decía a los televidentes: ¡Adiós, amigos! No olviden tomarse su chocolatote.

Ya está, dijeron los contertulios. Ese puede ser el futuro brillante de un ex presidente surgido de las entrañas de la televisión. No hay como retornar al seno familiar.