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Venezuela y nuestras barbas

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Lo de Venezuela dejó de ser una guerra de poderes entre Ejecutivo y Congreso para abrir otro cisma en la historia del continente. Está dejando de existir una cultura, una forma de vida en libertad individual y empresa: lo que sucedió en Cuba en 1959 y medio mundo, desgraciadamente, aplaudió.

Hoy, sólo Cuba, Bolivia y Nicaragua aplauden la entrada de Venezuela en dictadura. Los otros países de la región hacen un silencio deplorable y dejan clamando en el desierto al mismísimo secretario general de la OEA, en su llamado a restablecer el “orden democrático” roto por Nicolás Maduro.

Ayer, en una manifestación de odio (de la cual Cuba registró la marca como “acto de repudio”) grupos chavistas asaltaron el Parlamento mientras los diputados discutían un juicio político contra Maduro por prohibir un referendo revocatorio contra su cargo como presidente.

El estilo castrista de lanzar “al pueblo” contra sus adversarios, que cobró fuerza en 1980, cuando más de cien mil huyeron de la dictadura por el puerto de Mariel y el gobierno obligó a miles a apedrearlos y vejarlos, como continúa haciendo hoy con disidentes como las Damas de Blanco.

A los chavistas ayer, la Guardia Nacional que resguarda el Congreso les abrió las puertas: destrozaron primero los jardines y después molieron a golpes a los diputados opositores y arrojaron las curules por los balcones al grito de “tomar” la Asamblea “para devolvérsela al pueblo de Chávez”.

De paso, los asaltantes (movilizados de los peores barrios de Caracas, donde viven sin trabajar de las dádivas del gobierno de Maduro) robaron las billeteras, teléfonos, iPads y cámaras (con especial atención a las tipo GoPro) a los diputados y los periodistas que cubrían la sesión.

Algo que da la idea de lo decidido que está Maduro a entrar en dictadura para mantenerse en el poder, es que un asalto rufianesco de esta magnitud al Parlamento no ocurría en Venezuela desde el 24 de enero de 1848. Ni aun en los momentos más bajos del totalitarismo de Chávez se produjo algo así.

Sin embargo, imposible olvidar que una mayoría de venezolanos votó por Maduro, al igual que una de cubanos endiosó de corazón a Fidel Castro por al menos dos décadas. Hace tres años, Maduro ganó la presidencia por una diferencia de 234 mil 935 votos.

Fue el suicidio de Venezuela, que sucumbió a la vocinglería de Maduro contra la “burguesía vendepatria”, nombre que le da al grupo que no lo quiere, al igual que hace aquí AMLO con la “mafia del poder”, o los Castro en Cuba con los “traidores”, pues les niega hasta la condición de “disidentes”.

Pero no deberíamos seguir siendo ciegos con Venezuela.

Porque mañana nos puede pasar a nosotros.