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Riesgos de la política y sus tartufos

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Por Javier Aranda Luna.

En estos tiempos en los que al parecer izquierda y derecha se confunden y políticos e intelectuales de cualquier partido se consideran liberales convendría recordar, por ejemplo, que nuestros neoliberales de ahora son muy distintos a nuestros liberales del siglo XIX, como ese Ignacio Ramírez por cuyas manos pasaron todos los bienes y recursos confiscados a la iglesia y que pese a ello tenía que seguir a Benito Juárez a pie por no contar siquiera para alquilar un mula. 

¿Y qué decir de nuestros vecinos norteños que permitieron construir en aras de la democracia a un personaje de la industria del espectáculo como candidato presidencial? No importaría que una vedette o un payaso fueran candidatos, lo que sorprende es que Donald Trump lo haya hecho con un discurso misógino y racista. Lo políticamente incorrecto, lo socialmente reprobable se instaló como no había ocurrido en la historia moderna de Estados Unidos en el centro de la plaza pública. 

Si Donald Trump pierde las elecciones en Estados Unidos, y eso espero que ocurra, ya ganó: logró implantar en los debates de la política, la academia y los medios masivos  su discurso. Ahora se van a poder hacer de manera natural campañas políticas con discursos que denigren a las mujeres y  fomenten el odio racista de ciertos grupos radicales. 

Hitler -y no es una exageración- llegó democráticamente al poder y su discurso xenófobo, racista, misógino, homófono y antijudío no sólo se instaló en las mesas de debate sino se convirtió en política pública desde el poder. Y ya en el poder Occidente lo apoyó para “contrarrestar” al comunismo… así lo pagó.

Nada impide que en México pueda ocurrir algo así’. Ante la atomización de los partidos no me sorprendería que un ala radical del PAN construya discursos neofacistas como plataforma política (cada vez se dejan ver más); que del PRI surja otra plataforma política para formar un partido en favor por ejemplo de los homosexuales o de los veganos para dividir aún más a la izquierda y la izquierda cumpla con su tradición de resolver sus diferencias internas dividiéndose aún más. Si Patricia Mercado por ejemplo,  fue candidata de un partido con nulas posibilidades de ganar y terminó trabajando como funcionaria para otro que ganó las elecciones en la CDMX ¿su candidatura sólo sirvió para restarle votos a la izquierda?

En 1928 empezó a publicarse por entregas una novela que desternilló a los lectores italianos por su prosa delirante. También logró enfurecer al mismísimo Benito Mussolini. Y no era para menos: las escenas y razones o sin razones de la vida política aparecían en “Don Camaleón” de Curzio Malaparte con una crudeza y sarcasmo que provocaban la carcajada pero también hacían reflexionar.

Malaparte era un viejo conocido del dictador que inicialmente había luchado por su causa y que con el tiempo se convirtió en uno de sus críticos más consistentes y constantes.

La crítica a Mussolini se ha convertido en nuestros días en una crítica fácil, en un lugar común del pensamiento liberal. Qué bueno que exista pero necesitamos conocer cómo nacen esos monstruos totalitarios para evitar su crecimiento. Y en esto hay que recordar al ladrón que a gritos señala a otro profiriendo “¡Ahí va el ladrón!”

Que Curzio Malaparte haya hecho la crítica a Mussolini cuando el dictador era el hombre fuerte no fue un asunto menor. Y aunque el más famoso fascista italiano es el eje de la novela existe un personaje como la hidra que con su mirada nos petrifica: un monstruo de mil cabezas que gusta de los títulos y las academias, el derecho de picaporte y cuyo cuello es tan largo que siempre aspira a susurrar al oído del poderoso, a convertirse en el Rasputín del Príncipe o por lo menos  en el cortesano que compromete su fidelidad y sus genuflexiones hasta el último cheque del poderoso.

Curzio Malaparte nos dice que esos aduladores profesionales, zalameros de pasillo nadan siempre entre dos aguas, “la de la lealtad y la de la traición”. Para ellos, por ejemplo, no es importante contar con una fe sólida si se es lo suficientemente reaccionario. Tampoco si el liberalismo que enarbolan roza por momentos con los totalitarismo de izquierda o de derecha. Tan amplio es su espectro que todo cabe en esa viña. Tan hipócritas  son estos políticos e  intelectuales, dice Malaparte, que siempre se sorprenden e indignan de las virtudes y los defectos propios si los ven en los demás.

Estos intelectuales, estos cagots, son expertos en los cambios de viento político, “a veces dicen cosas arriesgadas pero de tal manera que agradan al que manda”. Ahora estos Tartufos, escribió Malaparte en una nota de 1953, “tienen a los escritores libres por los peores y más peligrosos enemigos no de la tiranía, sino de la libertad”. No dudo que si Curzio Malaparte viviera sostendría palabras similares para la Italia de hoy o de un país como el nuestro. Políticos y cortesanos siguen siendo menos confiables que un mutante camaleón.

El mérito de Don Camaleón  sin embargo no se reduce al valor que tuvo Malaparte al sostener sus dichos en la plaza pública sino a la consistencia de su prosa. Su crítica corrosiva, su sátira incansable sólo son ingredientes de una prosa que fluye de  manera asombrosa para contarnos una historia absurda en la que un camaleón se convierte en el alter ego del dictador italiano. Prosa que da lógica al absurdo y se convierte por momentos, por muchos momentos, en un espejo de tinta por el que podemos mirar al presente.