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Guadalupe y el matriarcado mexicano

Por Carlos Arturo Baños Lemoine

Profesor UAM-Xochimilco y UPN-Ajusco

Ayer, lunes 12 de diciembre, se celebró el día de la Virgen de Guadalupe, una pieza simbólica que forma parte sustancial de la iconografía mexicana, ya que, entre otras cosas, representa el mestizaje religioso de los mundos hispano y prehispánico durante el proceso de Conquista y Colonización de México.

La Guadalupana formó parte primordial del proceso de colonización mental y de control político-social llevado a cabo por los españoles. El adoctrinamiento religioso es uno de los mejores complementos de la dominación político-militar, de tal suerte que, con el paso del tiempo, las armas se vuelven casi innecesarias porque las mentes ya están atadas a las ideas que facilitan las funciones de control.

La represión física del conquistador poco a poco cede su importancia a favor de la dominación mental de los conquistados, tal como sucedió en México. No por otra cosa predomina la mitología católica en estas tierras.

Y, tras lograrse la Independencia con respecto a España a inicios del siglo XIX, la Guadalupana se volvió un símbolo de la nacionalidad y la espiritualidad mexicanas; una de las imágenes más fuertes del imaginario popular y del inconsciente colectivo de los mexicanos. Sin duda es una imagen muy poderosa, más allá incluso de los límites que le ha tratado de imponer el catolicismo.

Finalmente no importa la ausencia de pruebas históricas fehacientes sobre el hecho guadalupano. El fanatismo no necesita pruebas. Y ni qué decir del milagro guadalupano: donde hay ciencia no hay lugar para fantasmagorías.

El masivo y añejo adoctrinamiento guadalupano es un hecho, y su éxito se comprueba año tras año, cuando millones de fieles se dan cita en la Basílica de Guadalupe para rendir culto a un retablo, el cual es tratado por los propios fieles como un sujeto con vida, como un ser humano.

En un mundo de gente normal, el culto guadalupano debería ser considerado como una paranoia colectiva: ¡miren que tratar a un cuadro como si se tratara de una persona común y corriente!

Pero, en fin, no estamos viviendo en un mundo precisamente “normal”. Mucha gente, en México y fuera de él, orienta su vida con base en creencias ajenas a la lógica y a la ciencia.

Y si bien no debemos dejar pasar la ocasión para recordar los malos hábitos de limpieza de miles de guadalupanos (¡qué chiquero dejan a su paso!), ni la infamia de cientos de ellos al abandonar a su suerte a muchos perritos (¿qué entenderán por “caridad” los guadalupanos?), lo más destacable es el hecho de que la Guadalupana es la máxima representación del matriarcado mexicano.

Comencemos por lo elemental: antes de las pruebas de ADN (pruebas genéticas), la paternidad esa sólo una presuposición, una creencia. Nada le podía garantizar al padre que sus hijos eran de veras suyos, en términos estrictos. Y si recordamos que las pruebas de ADN se aplican desde 1995 (experimentalmente y a alto costo desde 1985), podemos inferir que lo único claro era la maternidad: el chamaco salía de la madre, punto.

Así, pues, biológica y simbólicamente, y por miles de años, sólo la maternidad tenía un peso social fuerte. La paternidad, al quedar siempre en duda, tenía un peso social débil, muy débil.

Y cuando las sociedades agrícolas (cuyo inicio se remonta a ±10,000) equipararon a la Madre Tierra con la madre terrena, el sentido de la maternidad alcanzó enormes dimensiones. La madre se convirtió en el centro, la fuente y la esencia de la vida. La madre ordenaba socialmente todo desde el núcleo hogareño. La madre era el centro de la familia y de la casa. La madre paría, alimentaba, cuidaba, protegía, orientaba, corregía, regañaba y consolaba a la grey, al linaje.

La madre se volvió el referente primario y obligado de todo colectivo humano. La biología de las mujeres, y la simbolización derivada de ella, han resultado ser poderosas fuentes de ordenación social. Todo esto desde la prehistoria hasta la fecha (y especialmente en las sociedades agrícolas). Sólo la brutal ignorancia de la historia natural y de la historia social puede concluir lo contrario.

Y la Virgen de Guadalupe es uno de los puntales del poderosísimo matriarcado mexicano. Ella es “nuestra madrecita”.

“¿No estoy yo aquí, que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra? ¿No soy yo tu salud? ¿No estás por ventura en mi regazo? ¿Qué más has menester?”, le dice la amorosa, tierna y materna Virgen de Guadalupe al no menos mítico indio Juan Diego. Así lo dice y declara el relato fantástico Nican Mopohua (1556), texto base del “aparicionismo mariano” en América.

¡Estando la madre no se necesita más nada, joder!

Y el poder que ejerce la madre es enorme, porque es uno de los más efectivos y sugestivos poderes: el psicológico, el sentimental.

Cuando el filósofo griego Aristóteles (s. IV a.C.) definió al ser humano como animal racional, ciertamente no se equivocó, pero se quedó corto, se quedó a medio camino, porque la racionalidad del ser humano muchas veces queda sometida a la emotividad, al sentimiento, a las vísceras.

¡Carajo, cuántas veces la ciencia, que ilumina racionalmente las cosas, ha quedado doblegada por el mito, que las oscurece a cambio de reconfortar la mente y el alma!

Por ello, la madre es campeona del chantaje, es decir, del poder de control y de sometimiento psico-emocional. La coacción moral que ejercen las “madrecitas” llega a ser más poderosa y efectiva que el arma más letal. Las madres son maestras en la aplicación del sentimentalismo perverso, porque conocen a la perfección la potestad de la lástima y del auto-victimismo: ¡si todo lo hacen por nosotros, somos de ellas!

Las madrecitas “sufridas”, “abnegadas”, “entregadas”, “valerosas”, “tiernas” y “sacrificadas” nos reclaman como sus juguetes.

Lean ustedes con detenimiento el Nican Mopohua y verán cómo la Virgen de Guadalupe somete, con su “cariño de madre”, a todo el mundo: desde el indio más humilde (Juan Diego) hasta el Arzobispo de México (Juan de Zumárraga). Somete a todo el mundo, hasta hacer su “pinche santa voluntad”… ¡y sin disparar un solo tiro!

Mario Vargas Llosa se equivocó: en México, la dictadura perfecta es el matriarcado inspirado en la Guadalupana. Sólo los pendejos no pueden verlo ni entenderlo así; y justamente no pueden verlo ni entenderlo así porque, de seguro, ya están sometidos al matriarcado de inspiración guadalupana.

En la Virgen de Guadalupe podemos ver la quintaesencia del matriarcado mexicano. Para gobernar a otros, para dominarlos, para controlarlos, es necesario un eficaz sistema de creencias, afirmó el genial renacentista Nicolás Maquiavelo.

La mejor forma de dominio es la que se consiente, y hasta se agradece, por parte del dominado.