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El falso sueño bolivariano y las razones para comprender a Sudamérica

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Hoy hago una excepción en esta columna para hablar en un tono un tanto personal. Quiero exponer a los lectores las razones por las cuales he optado por escribir cada semana sobre temas sudamericanos. No es normal que el periodismo mexicano se ocupe de los países vecinos del sur, porque no existe tal tradición. Sudamérica puede ser muchas cosas en el imaginario mexicano, pero las audiencias nacionales reciben una imagen permeada por los grandes medios de comunicación de Estados Unidos y Europa. Rara vez las informaciones y las imágenes las proporcionan los propios periodistas o escritores mexicanos y hay escasos testimonios entre los que llaman la atención los de José Vasconcelos y Alfonso Reyes. Las explicaciones de esa ausencia pueden ser muchas, pero en esta ocasión no voy a tratar de plantearlas; tan solo me voy a abocar a decir cuáles son mis motivaciones, a manera de introducción tardía para los lectores que han acompañado a Punto Sur desde agosto de 2016.

Me he dedicado al periodismo desde hace tres décadas y he tenido la fortuna de reportar hechos desde Centroamérica, Estados Unidos y Europa, en tiempos de paz y de guerra, como corresponsal de Excélsior, en los años 80 y 90, y muy al principio de mi carrera con la agencia de noticias Notimex. Las siempre sorprendentes circunstancias de la vida me trajeron a residir a Montevideo, Uruguay, en julio de 2016. Antes de viajar a este lugar, mi colega y excompañero en Excélsior, Pancho Garfias, me abrió generosamente un espacio en elarsenal.net para escribir una columna semanal en la que pudiera rendir evidencia de todo cuanto veo y escucho en el hemisferio sur.

La gente de México y Sudamérica suele llamarse parte de una misma comunidad de países y con frecuencia se utiliza el término de países hermanos, hijos de una misma madre, que es España. Si bien tuvimos un origen común, nuestras naciones han tenido experiencias distintas a partir de los movimientos de independencia desencadenados en 1808 por invasión de la Francia de Napoleón a la España de Fernando VII. Eso fue el principio del fin de la colonia española y la incursión en el escenario mundial de nuevos Estados que ciertamente tendrían similitudes, pero también diferencias y conflictos -y algunos muy graves- entre sí. Aunque nuestra raíz lingüística es el castellano, la realidad cotidiana nos muestra que mientras en México el idioma ha sido atravesado por el náhuatl y usamos palabras como huarache o tlapalería para referir a sandalia o ferretería, en Argentina y Uruguay la influencia del italiano es tal, que las personas dicen “laburo” para hablar de su trabajo. Y en vez de estar “listos” para hacer algo, se declaran “prontos”.

El rango de diferencias y similitudes abarca aspectos jurídicos, económicos, políticos, geopolíticos y, desde luego, étnicos, que se revelan también sus prácticas y sus idiosincracias. Hay países como Chile, Colombia, Perú, Bolivia, Ecuador y Paraguay donde el régimen republicano es centralista, mientras que en Brasil, Argentina y Venezuela, como en México, se trata de un orden federal, que en el caso argentino se expresa como provincia y en los otros son estados federados.

Podrían hacerse diversas clasificaciones de los países sudamericanos por sus aspectos constitucionales, por su composición étnica, por sus características económicas, por sus antecedentes histórico-coloniales o por sus peculiaridades prehispánicas. Pero con el paso de las décadas, la geografía se ha convertido en un factor determinante y así tenemos hoy en día dos claras tendencias, los andinos y los atlánticos. Del lado occidental están Chile, Perú, Ecuador y Colombia, que han desarrollado una cada vez más intensa relación económica con México. Del lado oriental están nucleados en torno a las grandes cuencas riverianas del Plata y el Amazonas: Argentina, Uruguay, Paraguay, Brasil y Venezuela, que a pesar de la distancia también han cultivado vínculos económicos con los mexicanos.

Las conexiones aéreas han multiplicado los contactos humanos, haciéndolos más frecuentes y más inmediatos. Los turistas y los estudiantes mexicanos son más numerosos. Uno no tiene que caminar mucho por el centro de Montevideo, Buenos Aires o Santiago para encontrarse con connacionales curiosos en busca de aparadores, museos, comida típica o amistades. En la década de 1930, cuando Vasconcelos escribió sobre su largo viaje a Río de Janeiro y Buenos Aires, debió navegar a Nueva York para tomar un barco que lo trajera hasta los puertos sudamericanos, haciendo una narración epopéyica de su periplo y su encuentro con argentinos y brasileños.

Cuando Simón Bolívar convocó a la unidad americana en 1826 y escribió sobre el tema, proponía algo imposible desde todo punto de vista, entonces y ahora: una sola entidad política confederada para todo el continente. Acudieron a la famosa Conferencia de Panamá representantes de Perú, México, Centroamérica y Colombia, herederos de los tres grandes virreinatos españoles en América, Perú, Nueva España y Nueva Granada. Las provincias rioplatenses, inmersas en una fuerte disputa de poder en aquellos años, no mostraron interés, al igual que Brasil. Los representantes de Estados Unidos y Bolivia no pudieron librar a tiempo diversos obstáculos de transporte y a Paraguay, que se forjaba en una autarquía económica y política quasi socialista, ni lo invitaron.

No suele ser políticamente correcto hablar en contra del sueño de unidad bolivariana, pero no había mucho que unir. Aislados y distantes geográficamente, dominados por oligarquías regionales o con aspiraciones nacionales y contravenidos políticamente -unos realistas, otros republicanos; unos liberales puros y otros moderados-, la idea de crear una confederación de Estados americanos habría de llevar primeramente a la pregunta de quién estaría a la cabeza de tal gigante. Seguramente no se hubieran puesto de acuerdo, porque no había más comunidad que la convivencia fortuita en un solo continente.

Y es esto lo que me lleva al punto final de la columna de hoy. América era ya tan diversa como lo es hoy. Y así, probablemente, será siempre. Los latinoamericanos seguiremos teniendo puntos en común y continuaremos siendo una comunidad lingüística sustentada principalmente en el castellano o español. Tendremos gustos comunes, porque seguramente a los mexicanos les agradan tanto los boleros y el tango como a los sudamericanos les encantan los mariachis. Iremos adelante en la promoción y protección de libertades, derechos y más y mejores medios de sustento y progreso. Pero cada nación seguirá haciendo su propia historia y su propia cultura, conformando sistemas sociales que -como escribió Niklas Luhman- genere las diferenciaciones que le de identidad a uno y otro. Sobre las similitudes y las diferencias habré de centrar mi registro periodístico.