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Trump y los hermanos latinoamericanos

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Las agresiones verbales de Donald Trump a los mexicanos han sido en el último año un tema prominente en los medios de Sudamérica. No habría mucho de sorpresa en eso si hubieran ponderado la calidad moral de la fuente y el contexto electoral en el que se generaron, pero en vez de ello, la prensa -con mayor o menor énfasis y frecuencia- ha sido reiterativa sobre los epítetos.

No hay modo de generalizar, pero existe en la opinión pública sudamericana la idea de que el choque de Trump y México les puede generar algunos dividendos en su futura relación con Washington. Al menos Colombia y Argentina ya empiezan a hacer cuentas alegres de las consecuencias que podría traer un posible distanciamiento entre los vecinos de América del Norte.

Los gobernantes sudamericanos han sido bastante cautelosos al hablar de Trump, una vez que ganó las elecciones presidenciales en noviembre pasado. Ni siquiera el presidente Nicolás Maduro de Venezuela  se ha atrevido a hacer afirmaciones críticas, mucho menos desafiantes. Ha optado por la diplomática fórmula de pedir respeto soberano mutuo y esperar las cartas que presente el sustituto de Barack Obama, a quien repetidamente le ha calificado de intervencionista.

Desde Bogotá, las señales enviadas por el presidente Juan Manuel Santos rebasan el optimismo. El ahora Premio Nobel de la Paz -por lograr el acuerdo de paz con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia- ha dicho que su país es “el socio estratégico” de los Estados Unidos en la región, refiriéndose a los temas de seguridad y cooperación de las fuerzas armadas de ambos países.

Washington y Bogotá han tenido una colaboración muy estrecha desde que fue activado en el año 2000 el Plan Colombia, que se fijó como doble objetivo el combate al narcotráfico y a las organizaciones guerrilleras que han minado al Estado colombiano desde 1964. Esta relación dio un salto cualitativo en 2009, cuando los dos gobiernos pactaron el acceso indiscriminado de todos los cuerpos militares estadounidenses en siete cuarteles colombianos.

El Ministerio de Defensa colombiano fue todavía más lejos al anunciar, en diciembre de 2016, el comienzo de planes de cooperación con la Organización del Tratado del Atlántico Norte, a la que pertenece Estados Unidos. Las tres áreas en las que se prevé el trabajo conjunto es en el intercambio de información sensible, la ciberguerra y la lucha contra organizaciones delictivas.

Todo eso es lo que presumiblemente nutre la confianza de Santos, a pesar de que Trump no ha dado ni la menor indicación de qué podría venir en la relación con los gobiernos latinoamericanos, más allá de las persistentes menciones a México y las ocasionales referencias a Cuba, orientadas por los cabilderos cubano-americanos, muy enojados con Obama desde que fueron restablecidas las relaciones con Cuba.

Llama la atención el silencio de Brasil, pero es fácil suponer que después de la destitución de la laborista Dilma Rousseff y la designación de un presidente interino, Michel Temer, el gobierno brasileño tiene escaso empuje para los asuntos internacionales y, por ahora, no tiene más remedio que recluirse y lamerse las heridas de las recientes disputas internas.

Argentina, en cambio, ha buscado darse a notar frente al nuevo mandatario estadounidense. En la opinión pública se habla del positivo impacto que podría tener el antiguo contacto de Trump y Mauricio Macri, en los tiempos en que el padre del actual presidente argentino, Franco, se ocupaba de administrar sus negocios inmobiliarios en Nueva York. Se han hecho alusiones a la posibilidad de que haya un entendimiento especial, en virtud de sus antecedentes empresariales y su visión ejecutiva de la economía y la administración pública.

Pero lo que más brilla como posible medio de apalancamiento de la relación es el yacimiento de gas de esquisto “Vaca muerta”, ubicado en la región centro-occidental de Argentina. El punto de conexión posible -hasta hoy todo es especulación- es el secretario de Estado designado de Trump, Rex Tillerson, quien viene del sector petrolero texano y dirigió Exxon.

Argentina, como otros países de la región, no oculta su actual entusiasmo por las inversiones extranjeras y el retorno al mercado crediticio internacional, que fue arisco con la presidenta Cristina Fernández, por sobradas razones de desconfianza, aunque era mutua. También quieren mejores acuerdos comerciales con Estados Unidos y para lograr esto no falta quien ya haya sugerido renunciar al Mercosur, que desde hace 25 años ató las manos de sus miembros para no negociar fuera del bloque, que ni es mercado común ni permite el libre comercio.

Así las apuestas en Sudamérica. Por donde quiera se conocen opiniones de gente que espera lo peor para México. Lo escuché de un electricista que llegó a mi departamento en Montevideo a hacer unas instalaciones. Lo oí de académicos con los que conversé recientemente y también del ex presidente uruguayo Julio María Sanguinetti, durante una entrevista en la televisión local.

Salvo por el trabajador que de manera empática me dijo que no le creía nada a Trump, los otros se ven muy convencidos de la suerte de destino fatal que le espera a los mexicanos, porque claro, como que les gusta creer que el muro solo es contra el vecino de a lado, no contra lo que representa: la frontera cultural entre hispanoparlantes, católicos y morenos y white anglo-saxon protestants, los WASP. Sanguinetti, que dijo haber estado en México en noviembre, afirmó que la gente con la que se entrevistó en el país estaba enojada y él mismo apuntó que había percibido un sentimiento de “humillación”.

Lo que es de llamar la atención es que ese gris panorama no ha generado ni en Sanguinetti ni en ningún otro digno representante de las élites de Sudamérica reacciones públicas de solidaridad con los mexicanos. Están impresionados con lo que manifiesta Trump y la prensa repite los insultos cada vez que el tema sale a flote, como si fuera necesario recordarlos y alimentando una matriz de estigmatización. Claramente lo ven como que todo eso es asunto de los mexicanos, no de los -como dicen- hermanos latinoamericanos.