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El desafío de Donald Trump

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Voy a hacer un paréntesis en esta columna habitualmente dedicada a los temas sudamericanos para escribir sobre un tema ineludible, la sucesión presidencial en Estados Unidos y las expectativas de los mexicanos, que son vistas muy de cerca por los gobiernos y las sociedades de América Latina, más allá de lo que pasa con Cuba, la otra frontera cultural de los anglonorteamericanos.

Se dice que las relaciones bilaterales de México con su vecino del norte han sido mejores con los políticos republicanos que con los demócratas. Esta idea se sustenta en parte en el hecho de que las invasiones de 1847 y 1914 fueron ejecutadas bajo la presidencia de dos políticos demócratas, James Polk y Woodrow Wilson (célebre también por ser el fundador de la administración pública moderna estadounidense y precursor de la Organización de las Naciones Unidas).

Pero en realidad, más allá de coincidencias, infortunios o cábalas, los nexos bilaterales mexicano-estadounidenses se han forjado a partir de contextos muy concretos, derivados de las experiencias particulares de cada país y del desarrollo de nuestro contacto cultural, entendido este como la forma en que dos sociedades diferentes -por su historia, etnias, religiones dominantes y formas de organización económica, social y política- han generado intercambios civilizatorios diversos, siendo vecinos geográficamente inseparables.

El supuesto sobre la mala fortuna de convivir con presidentes demócratas se derrumba cuando se revisa el pasado y observamos que la nacionalización de la industria petrolera -pilar de la economía nacional todavía en 2017, si consideramos las aportaciones fiscales de Pemex al presupuesto federal- fue posible en parte por la actitud del presidente Franklin Roosevelt, un demócrata que comprendió que no había mucho que pelear en México en 1938, toda vez que las firmas estadounidenses ya estaban firmemente instaladas en el lago venezolano de Maracaibo, pletórico de crudo, y que un vecino en el sur resulta siempre de mayor efectividad para los Estados Unidos, que un país levantado en armas y caótico.

Con el republicano Ronald Reagan hubo fuertes desavenencias respecto al tema de Centroamérica, porque en aquellos días de la Guerra Fría el caleidoscopio geopolítico solo tenía cristales rojos, de manera que los genuinos movimientos revolucionarios de Nicaragua, El Salvador y Guatemala fueron vistos como amenazas de intromisión “comunista”, en la que la Unión Soviética utilizaba a Cuba como cabeza de playa. México, en tiempos de José López Portillo, veía ahí, en cambio, a “fuerzas políticas representativas de la sociedad” que podían aspirar legítimamente al poder.

Con el republicano George Bush (padre) la situación cambio por un tiempo (aunque después vendría el hijo, George W. Bush y volverían los conflictos porque el México de Vicente Fox no quiso sumarse a la guerra contra Irak). Fue negociado en 1993 el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), dando una fortaleza inusitada a las inversiones estadounidenses y abriendo espacios para empresas asiáticas y europeas para el aprovechamiento de México como trampolín de exportaciones al mercado norteamericano, a lo que se agregó la propia demanda de los mexicanos.

Sabemos que mucha gente pone en duda la efectividad de ese pacto, pero generalmente son argumentos políticos -de una mal entendida construcción de izquierda, antiestadounidense per se– que se derrumban frente a la realidad económica que propició el acuerdo. También observamos ahora que ese cambio económico del TLCAN dio potencia a un largo proceso de transformación del sistema político nacional, liberando, en principio, a miles de ciudadanos de los viejos y rígidos esquemas corporativos, que alinearon a los electores al Partido Revolucionario Institucional por décadas, a través de empresas estatales y sindicatos. Así es que a la liberalización económica le siguió la liberalización política.

Hoy estamos nuevamente frente a un presidente que llegará a la Casa Blanca envuelto en la bandera del Partido Republicano, aunque en realidad se trata de un caso absolutamente sui generis, porque no ha sido un militante tradicional del llamado Great Old Party. Vamos, ni siquiera podemos decir que es un político, puesto que nunca antes había ejercido un cargo de elección popular ni un puesto de designación administrativa. Él mismo se ha definido como un hombre de negocios metido en la política para combatir a los políticos profesionales y al sistema.

Su propia definición frente a la política es el primer dato que introduce un factor de incertidumbre para todo intento de análisis sobre lo que vendrá a partir del 20 de enero de 2017. No sólo no tenemos antecedentes de su actuación, sino que además son enteramente confusas las señales que ha enviado sobre sus modos de proceder, sus planes y sus verdaderas creencias, porque por un lado condena las prácticas habituales y por otro sabemos que se ha aprovechado de todos los huecos legales para eludir el pago de impuestos y defraudar empresas, al mismo tiempo que se ha valido de su fortuna y sus negocios para aproximarse y congraciarse con políticos de su país y de fuera.

La evidencia muestra que es cínico, mentiroso, desleal, egocéntrico y megalómano (“yo sólo voy a cambiar el sistema”, dijo en julio de 2016 cuando fue proclamado candidato republicano). Ya ni qué decir de sus tres matrimonios, infidelidades, deslealtades, frivolidades y desfachateces, casado con una mujer a la que le lleva casi 30 años. La Casa Blanca dejó de ser en tiempos de Bill Clinton un templo de la moral estadounidense, donde la “primera dama” y el presidente eran un símbolo de la pareja comprometida, como fue, por ejemplo, Eleanor Roosevelt, una humanista, impulsora de los derechos humanos en el mundo. Esta vez llega a la Presidencia el dueño de la franquicia Miss Universo, al que -según se supo esta semana, por vía del New York Times y el medio cibernético BuzzFeed- le han armado expedientes que revelan que Rusia conoce muy bien su gusto por las prostitutas.

Y es aquí donde empezamos a encontrar las debilidades personales e institucionales de Trump, lo que nos explica de alguna forma porque habla con tanto aparente respeto por el presidente ruso Vladimir Putin, un ex agente de los servicios de espionaje de su país, expertos en el chantaje y el uso de información comprometedora. Estos antecedentes personales del presidente electo -más su desprecio por la prensa y otros valores de la política estadounidense, como el trato respetuoso al Poder Judicial, a las fuerzas armadas y a las agencias de inteligencia- lo podrán poner en cualquier momento al borde de un juicio político, algo que ya advirtió el respetado intelectual Robert Reich de la Universidad de California.

Trump llega debilitado al poder después de cursar una campaña proselitista casi sin igual, por la cantidad de novedades que arrojó: insultos y amenazas a su contendiente en pleno debate; antipatía y rechazo a su candidatura de parte de prominentes políticos republicanos; noticias falsas conta su rival, intensificadas desde Rusia; derrota en el voto popular, pese su victoria en el colegio electoral; acusaciones, aunque no probadas, de fraude electoral; inéditas protestas callejeras en su contra en varias ciudades y frente a su propio centro de operaciones en Nueva York. Llega al poder con más cuestionamientos que ningún otro gobernante estadounidense en el pasado, reservándose el uso de Twitter como medio de influencia, algo nunca visto en la era de las redes.

Con todo eso de por medio, México, que estuvo ya en primer plano durante la campaña, será probablemente un blanco frecuente de su retórica y de las desafiantes acciones de gobierno. El 11 de enero, en su primera conferencia de prensa como presidente electo, dijo que en su administración tres países tendrán que tratar con más respeto a Estados Unidos: China, Japón y México. No mencionó a Rusia, como si no existieran disputas geopolíticas con ese país. Y aunque aclaró que no son los mexicanos ni su gobierno lo que le enoja, sino los políticos estadounidenses de anteriores administraciones que no supieron negociar asuntos de comercio y migración, en los próximos años estarán a prueba los intrincados vínculos sociales, económicos, políticos e institucionales de ambos países, que chocarán con las ideas de Trump, empezando en el mismo Congreso en Washington.

Los mexicanos críticos al TLCAN tienen además una particular afrenta: después de 24 años de vigencia del tratado, Trump les viene a decir que Carlos Salinas de Gortari, el presidente que negoció todo aquello, hizo bien su trabajo y -además de sacar al petróleo de la agenda- obtuvo mayores ventajas que Estados Unidos, consiguiendo inversiones de miles de millones de dólares y miles de empleos, en una acción “ventajosa” de México. ¿Quién lo habría de decir? Otra señal confusa. Más incertidumbre. Habrá que esperar para saber qué quiere y hacia dónde podría ir la relación.