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La marihuana uruguaya no se vende

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Un pequeño empresario del sector canábico uruguayo me decía hace unas semanas que le sorprende ver que a Montevideo llegan extranjeros suponiendo que pueden conseguir marihuana “en cada esquina”, pero contra todas sus expectativas y la popularidad internacional del expresidente Pepe Mujica, impulsor de la regulación, el acceso al cannabis está sólo reservado a los ciudadanos y los residentes registrados ante el gobierno.

La normalización del mercado canábico en Uruguay no es lo que parece. No es como en Colorado, en Estados Unidos, donde verdaderamente es posible encontrar tiendas en muchas calles donde venden cigarrillos, dulces, chocolates, galletas, pasteles y otras mercancías hechas con marihuana.

En este país sudamericano se suele hablar de que aquí las cosas se han hecho “a la uruguaya”. Y es cierto. Han facilitado a los consumidores dotarse de su mota personal sin tener que recurrir a los dealers, a la ilegalidad y a la violencia asociada a las narcotienditas (conocidas aquí como “bocas”), abriendo una excepción en el código penal que permite el autoconsumo, la formación de clubes de consumidores y la venta controlada por el Estado, a través de las farmacias (aunque parezca bizarro).

Este es el método que se han dado los uruguayos a través de sus instituciones políticas. Cuando llegué a residir a Montevideo, en julio de 2016, viniendo desde Ciudad de México (y me pongo de pie y saludo desde aquí a la Gran Tenochtitlan), traía en la mente el prejuicio de que el acceso a la yerba fue un proyecto emanado desde la cúpula del Estado.

No es justificación de mi prejuicio, pero debo decir que esa idea se forjó en mi mente a partir de la lectura de informaciones difundidas por agencias de noticias y periódicos estadounidenses de difusión internacional.

Los medios generaron esa impresión porque ataron todo el tiempo el proceso a ina iniciativa lanzada por Mujica a mediados de 2012, dejando de lado el hecho de que en Uruguay había un movimiento de consumidores -muchos de ellos clasemedieros urbanos y montevideanos- que desde 2005 había expresado su deseo de que la mota inaugurara el catálogo de drogas legales, abriendo el camino a un gran debate sobre el consumo de enervantes y su futura legalización total.

A mí me parecía lógico que un país latinoamericano como Uruguay, donde el peso del Estado es evidente en la vida social y económica a través de empresas estatales, entidades gubernamentales diversas y altos impuestos al consumo y al ingreso personal, la iniciativa de regulación de la marihuana partiera del presidente de la República y descendiera verticalmente a la sociedad.

Y me parecía todavía más lógico que así fuera porque la idea de impulsar un proyecto legislativo había surgido de la voz de un mandatario de izquierda, un exguerrillero posiblemente habituado a la disciplina militante.

La situación me parecía completamente contrastante con el caso de Colorado, donde estuve en 2014. Ahí realicé entrevistas, recolecté datos y hechos para escribir un reportaje que fue publicado en la revista Nexos en 2015, justo en la edición de abril, el mes de los fumadores de mota, en honor a un grupo de jóvenes californianos que, según dice la leyenda, se ponían pachecos a la salida de la high school, a las 4:20.

La experiencia de Colorado es sorprendente desde el punto de su horizontalidad social y política. Allá, todo comenzó en un pequeño pueblo de 600 habitantes donde hay excombatientes del ejército de los Estados Unidos y, claro, consumidores consuetudinarios de marihuana.

En un abierto desafío a las autoridades estatales y federales, cansados del acoso policial, los ciudadanos de Nederland legalizaron la producción, venta y consumo de la marihuana en 2009, llevando una iniciativa popular a plebiscito. Estaba el antecedente de que la ciudad de Denver había legalizado el consumo tres años antes, de modo que se confirmó una tendencia que culminaría en la legalización estatal y absoluta de 2012.

Con esta medida, además de ser el primer territorio en Estados Unidos y el mundo en revertir la política prohibicionista, los coloradenses dejaron la marihuana bajo las leyes del libre mercado y la vigilancia del gobierno, que lleva el registro de los volúmenes de producción y el cobro de los impuestos correspondientes.

Así, entonces, en Colorado se ha desarrollado una industria que cubre todos los campos posibles: la compra comercial libre para todo aquel que pisa el territorio, la producción de artículos hechos a base de tetrahidrocanabidol (la sustancia sicoactiva), la fabricación de artículos elaborados con canabinoides para usos medicinales, el aprovechamiento del cáñamo para alimentos, vestimenta y otras mercancías de uso diario.

En Uruguay, en cambio, el asunto se ha desenvuelto lentamente y, digamos también, prudentemente, puesto que en este país el consumo de marihuana no ha tenido nunca los niveles que en Estados Unidos y no existe la cultura y la tradición canábica angloamericana que activó aquellos lucrativos puntos de producción en México, como el triangulo dorado de Sinaloa, Durango y Chihuhahua o los de Guerrero y Michoacán.

En consecuencia, la cantidad de personas que se han beneficiado de la iniciativa de regulación de la marihuana es solo un puñado. Lo podemos saber con bastante precisión porque los autocultivadores, los miembros de los clubes canábicos y los futuros compradores vía farmacias, deben estar registrados ante la autoridad competente, conocida como el Instituto de Regulación y Control del Cannabis. A la fecha no pasan de siete mil en las dos primeras modalidades y aunque faltan los de la tercera vía, el registro no será muy grande, tomando en cuenta que la encuesta oficial de consumo de drogas calcula en 160 mil la cifra total de usuarios en un país de tres millones de habitantes.

La legislación uruguaya dejó huecos que los mismos legisladores tenían a la vista en 2013, cuando se sentaron a discutir y redactar la Ley 19172.

Ciertamente, el gobierno de Mujica reaccionó conscientemente a la demanda de un sector de la población que demandaba acceso legal a una sustancia, la marihuana, cuyo consumo era legal desde 1974, un año después de que se impuso la única dictadura militar que padecieron los uruguayos en el siglo XX, durante once años.

Pero la norma y su implementación nacieron con un problema congénito al imponer la venta en las farmacias sin consultar previamente a los empresarios del sector. Esto ha retrasado la venta al grueso de los consumidores, entre quienes están aquellos que fuman regularmente pero no tienen tiempo para el autocultivo y tampoco quieren pertenecer a un club canábico. También se incluiría en ese conjunto a los que no estarían dispuestos a registrarse ante la autoridad estatal, al menos mientras se convenzan de que el catálogo solo tiene fines de control de la venta y no del usuario.

Los huecos legales -entre los cuales se incluye la venta de alimentos canábicos- dejaron abierta la puerta al tráfico ilegal de marihuana. La policía no solo no ha dejado de confiscar yerba importada desde Paraguay, sino que además ha alcanzado niveles sin precedente, lo que revela una mayor actividad de la delincuencia organizada.

Entonces, para hablar claramente, la noticia que circuló en 2013 acerca de que Uruguay se había convertido en el primer país del mundo donde la marihuana se había legalizado fue una verdad a medias. Tan solo se reguló el acceso y el Estado legisló sobre el control de la producción y la venta supervisada con lupa. A todas luces, un paso significativo en contra la política prohibicionista impuesta desde Estados Unidos en la década de 1920, pero menos atrevida que en Colorado.

Mientras preparaba un reportaje que se publicó en Nexos en la edición de febrero de este año, hablé con gente involucrada en la redacción de la ley y en el naciente sector empresarial canábico. Ellos saben que enfrentan límites y retos, pero están contentos con lo logrado hasta ahora. Confían en que paulatinamente ensancharán el espacio legal de esta industria en la que son pioneros. A lo lejos observan el proceso en que está metido México ahora, legalizando con fines médicos y científicos la marihuana, pero ellos están satisfechos de haber dado ya el primer paso para devolver a la marihuana el lugar que tiene en la naturaleza y la civilización.