web analytics

Ni mesías ni dictador, Rafael Correa se retira a tiempo

0
162

El ecuatoriano Rafael Correa es miembro de ese grupo de presidentes sudamericanos que en los últimos tres lustros se identificaron como gobernantes de izquierda, como los Kirchner, Chávez, Da Silva y Lugo, pero de todo ellos, para decirlo coloquialmente, es el que salió menos raspado.

El venezolano Hugo Chávez murió de cáncer siendo presidente en 2013 y enfrentado con medio mundo; el brasileño Inacio Lula Da Silva y la argentina Cristina Fernández, viuda de Néstor Kirchner, salieron arrastrando el prestigio, acusados judicialmente de ser presuntas cabezas de sus respectivas redes de corrupción; y el paraguayo Fernando Lugo fue depuesto antes de cumplir su cuarto año de mandato, acosado por un pasado en el que mezcló el sacerdocio con una vigorosa vida sexual. Evo Morales de Bolivia es el otro del conjunto, pero él todavía para largo…

Correa, en cambio, dejará serenamente el poder el 24 de mayo después de haber tomado la decisión de no postularse a un nuevo mandato, sin más preocupación que ir a cuidar a sus hijas a Bélgica, donde viven con su madre, oriunda de aquel país.

Este domingo se realiza en Ecuador la elección en la que ocho candidatos buscarán reemplazar a Correa en las oficinas presidenciales del Palacio de Carondelet, en Quito.

Uno de los aspirantes, Lenin Moreno, quien acompañó a Correa como vicepresidente hasta 2013 -año en que asumió una resposabilidad en la Organización de Naciones Unidas-, es el más probable ganador, aunque si no obtiene hoy la mayoría absoluta, es posible que la definición ocurra en una segunda vuelta frente al opositor Guillermo Lasso, el 2 de abril.

Aun cuando muchas veces se le acusó de ser un “dictador”, sobre todo por sus enfrentamientos con la prensa local, Correa nunca se mostró como un salvador de la patria ni un ser humano voraz que quisiera aferrarse al poder, a pesar de haberse postulado tres veces y de haber estado 10 años en el poder.

El balance de su gobierno arroja más bien un resultado significativo para la economía y el sistema político, porque logró estabilizar un régimen que a lo largo de casi toda la historia nacional ha estado marcada por golpes de Estado, interrupción de mandatos, ascenso al poder de camarillas abusivas y de personajes como Abdulá Bucaram, quien fue retirado del poder en 1997, acusado de no estar mentalmente facultado para ejercer el puesto, antes, siquiera, de cumplir un año en Carondelet.

Ecuador es un país pequeño, apenas un poco mayor que el estado de Chihuahua, en México, con 16 millones de habitantes. Tradicionalmente, Ecuador fue un exportador de plátanos y productos agrícolas de fácil crecimiento en un medio tropical, pero a raíz del descubrimiento de yacimientos petroleros en la década de 1960, el país comenzó a transformar su fundamento económico.

Uno de los primeros impulsos provino de México, en 1971, cuando el presidente Luis Echeverría Álvarez dio asesoría gratuita al gobierno ecuatoriano para la construcción del primer gasoducto en el territorio.

Desde el año 2000, el país ha tenido un crecimiento económico sostenido y fue hasta 2015 cuando comenzó a tener problemas, derivados principalmente de la caída del precio internacional del crudo.

En Sudamérica, la empacadora Emigrante es muy popular por sus latas de atún y botanas como el “maní” y las aceitunas. Y ni qué decir de los bananos ecuatorianos que salen a todo el mundo desde el puerto de Guayaquil -donde México, por cierto, tuvo su primer consulado en Sudamérica hacia la década de 1830-, dándole fuerza económica al más importante empresario del sector, Álvaro Noboa, que se ha postulado cinco veces a la presidencia, entre 1998 y 2013.

Correa se retira dejando atrás una nueva constitución política que dio facultades al Estado para tomar control de la economía y garantizar un mínimo de bienestar en salud y educación a una nación que se ha caracterizado por exportar mano de obra a España y Estados Unidos.

La frecuente migración de ecuatorianos y su paso por territorio mexicano ha propiciado que los dos gobiernos, que han mantenido relaciones cordiales, pero distantes, se ocupen de los problemas que padecen los migrantes, casi tan notables en número como salvadoreños y hondureños.

El punto político de mayor rispidez en los años de Correa ha sido la relación con la prensa, no solo porque demandó en tribunales a periodistas, sino porque desde el principio de su gobierno en 2007 construyó un discurso centrado en la idea de que los medios ejercen un poder de facto, capaces de destruir la institucionalidad política con encuestas sobre la impopularidad y la desaprobación a los gobernantes, relegando el valor del voto popular en las urnas.

Los casos de Teleamazonas, que fue cerrada tres días acusada de difundir información falsa en 2011, y el juicio que en 2012 enfrentó a Correa con el diario El Universo por manipulación informativa, pusieron en evidencia la versión irasible y autoritaria del presidente que se proclamó cabeza de una “revolución ciudadana” y coimpulsor del socialismo del siglo XXI, como Chávez.

Pero irónicamente, el gobernante sudamericano destacó a nivel internacional por haber asilado en la embajada de Ecuador en Londres, a Julian Assange, el fundador de Wikileaks, el sitio donde ha hecho públicos innumerables documentos confidenciales del gobierno de Estados Unidos.

Para el anecdotario queda la historia de cuando Correa se quejó en la Cumbre Iberoamericana de 2011, en Asunción, Paraguay, de que los mandatarios fueran obligados a escuchar conferencias de directivos de organismos como Ángel Gurría de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos y Pamela Cox, del Banco Mundial. Entonces fue protagonista y se hizo escuchar.

Más allá de eso, Correa se va bien librado. Ni mesías ni dictador. La gran diferencia con sus pares sudamericanos de izquierda, capitalista de Estado, es precisamente que ha sabido retirarse a tiempo, porque como reconoció en 2016, “creo que el país necesita descansar de mí y yo necesito descansar un poquito del país”.