web analytics

De gauchos, mate, asados, futbol y barras bravas

0
57

Dicen los montevideanos del barrio que hay tres cosas que identifican al uruguayo: la bebida caliente que conocen como yerba mate, el asado (de carnes) y el futbol.

Alguien que mire esta colección de ítems desde fuera diría que Argentina es igual y que hasta los gauchos son parte de una cultura compartida. Y lo cierto es que lo son, porque tan gaucho es Martín Fierro, el personaje épico-literario de José Hernández, como el Museo del Gaucho que está sobre la principal avenida de Montevideo.

Desde hace poco más de medio año he venido tratando de resolver este tremendo acertijo y aunque he dedicado muchas horas de lectura a las respectivas historias de Uruguay y Argentina, mis dudas se ahondan en vez de disiparse del todo.

Cuando descubrí que una diferencia venía del distanciamiento entre las élites de los puertos de Montevideo y Buenos Aires, en los años del virreinato, en el siglo XVIII, llegó a mis manos otra lectura que hacía referencia a esa idea de que Uruguay fue fundado como un “Estado tapón” independiente, que frenara las viejas aspiraciones portuguesas de llegar hasta la desembocadura del río de la Plata, en el siglo XIX.

Las dos historias tienen su fundamento y hasta ahora no he encontrado un texto que me convenza de la segunda idea, más allá de los argumentos que he escuchado de algunos de mis amigos argentinos que sin ningún temor a equivocarse sostienen que Uruguay es como cualquier otra provincia argentina y que si no hubiera sido por las ideas de las antiguas potencias europeas, esto sería el mismo país.

Yo creo que, como muchos otros países de América Latina, digamos, por ejemplo, Honduras y El Salvador, las diferencias son tan imperceptibles, que si no fuera por las aduanas, nadie notaría la diferencia entre un país y otro.

En el caso de Uruguay no tengo duda de que las ideas independentistas de José Gervasio Artigas estuvieron fuertemente arraigadas en un sentimiento popular de la época y en los intereses de la élite local, portuaria y ganadera, que terminaron convenciéndose en el primer tercio del siglo XIX de que el territorio oriental del río Uruguay, que desemboca de norte a sur sobre el río de la Plata, debía constituirse en un Estado independiente y soberano.

Con el tiempo y el crecimiento territorial de las Provincias Unidas del Río de la Plata, la nación argentina fue madurando, compenetrándose en su propio devenir y en su propios conflictos de poder, al tiempo que dejaron en el olvido a “los orientales” y sus acciones separatistas.

Pero la geografía, el comercio, el intercambio de ideas y la cultura no han dado tregua a esa terca pregunta sobre las similitudes entre las dos naciones hasta el punto en que hoy todavía es común encontrar en Montevideo una serie de señales que reclaman la originalidad del tango y de su creador y máximo exponente, Carlos Gardel.

Los uruguayos dicen que Gardel nació en Tacuarembó, en el interior de Uruguay, y afirman con toda convicción que él es tan uruguayo como el tango titulado La Cumparsita, que además da nombre a una calle de Montevideo, donde fue escrita y ejecutada por primera por su autor, Gerardo Matos, en 1907, en la preparación de una comparsa del carnaval de febrero.

El tema de la yerba mate es otro rosario de preguntas con respuestas relativizadas. Una vez un taxista me dijo con autoridad que la diferencia radica en la variedad y la calidad de yerbas de las que disponen los uruguayos para prepararse un mate, que los argentinos, dijo contundente, no tienen.

Y la verdad no me he dado el tiempo de investigar cuántas yerbas y de qué tipo hay, pero aquí mucha gente no se desprende jamas de su pocillo, al que en sí mismo llaman mate y su termo con agua hirviendo que vierten sobre un amasijo verde, no importando si hace frío o calor. Lo que sí he visto en las tiendas es que el mate también lo importan a Uruguay desde Argentina, agregando más confusiones a mi obcecado -y probablemente inútil- deseo de hallar las sustancias distintivas de una u otra nacionalidad.

Ha sido difícil. Bonaerenses y montevideanos pueden detectar en segundos de qué lado del río de la Plata proviene uno u otro. Pero para alguien con un oído poco capacitado, es prácticamente imposible. La gente y las dos ciudades que bordean el cauce platino son como siamesas, dos cabezas que salen de un mismo cuerpo y con igual habla. Cuando hace frío aquí, allá también están temblando. Y si sacan los paraguas, acá traemos la gabardina.

Pero si se dijera que la diferencia puede encontrarse en el fútbol (con acento en el caso rioplatense), también estaríamos entrando en un piso resbaladizo. Uno podría creer que River Plate es un equipo argentino con sede en Buenos Aires, que representa y apoyan masivamente clasemedieros y ricos, pero en Montevideo tiene un gemelo pobre, con pocos seguidores.

Las barras bravas argentinas tampoco son un patrimonio exclusivo del lado sur del río. También existen en Uruguay e igualmente son violentas y mafiosas, aunque de este lado la gente suele contraer las palabras con las que les denomina, reduciéndolas a “barrabravas” (por aquello de que se comen la ese).

De los dos lados existe la polémica de qué tan vinculadas están estas organizaciones con el tráfico de drogas dentro y fuera de los estadios, robos, asesinatos y otros delitos, pero las investigaciones van y vienen sin que se vea cerca su desaparición.

Por el contrario, en Uruguay circula la versión de que hace cerca de una década, el gobierno nacional, entonces también encabezado por Tabaré Vázquez (reelecto a un nuevo mandato de 2015 a 2020), alentó la formación de grupos que, desde las tribunas mismas, neutralizaran a los violentos.

Pero ahora resulta que esos grupos han abusado del poder que se les dio y se sabe que disputan jerarquías, venta de drogas, distribución de boletos gratuitos a su antojo, manejo de la pirotecnia y que, en sus movilizaciones de apoyo entre Uruguay y Argentina, han escondido delincuentes perseguidos por algún delito, tal y como fue denunciado en la prensa local en agosto del año pasado.

Bueno y ni qué decir del asado. Quizá algunos cortes sean distintos o posiblemente sean los nombres. Pueden ser las dos cosas. A estas alturas, en mi mexicana visión del mundo, lo único que me queda claro es que un churrasco es una pieza gruesa a la que solo hay que ponerle un poco de chimichurri, evitando bañarla como si estuvieramos virtiendo salsa en un taco. Y no quiero saber, por ahora, si esas palabras que distingen a la culinaria de ambos países, surgieron en Uruguay o en Argentina, porque es probable que haya alguna controversia y mis dudas resten sin solución.