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México enfrenta en Sudamérica un ambiente proteccionista

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Hace una década, varios países de América del Sur celebraban orgullosos el fracaso de un proyecto de libre comercio para las Américas, propuesto por Estados Unidos y respaldado por México. Su idea era que un pacto comercial atentaba contra su soberanía e intereses nacionales. Nadie hubiera imaginado entonces que dos de los países que repudiaron el plan, Brasil y Argentina, se reecontrarían tiempo después con representantes oficiales mexicanos para ver de qué manera pueden abrir sus fronteras recíprocamente y responder urgentemente a un panorama mundial incierto.

Este nuevo escenario de las relaciones latinoamericanas le ha tocado vivir al canciller Luis Videgaray y al secretario de Economía, Ildefonso Guajardo, quienes el viernes 7 de abril estuvieron en Buenos Aires para participar en una reunión de la librecambista Alianza del Pacífico, a la que pertenece México, con el proteccionista Mercosur, que dice querer cambiar.

Argentina, pero sobre todo Brasil, han transitado por un periodo de bajo o nulo crecimiento económico, que sus nuevos gobiernos buscan revertir, tratando de superar viejos esquemas de comercio exterior en los que ha privado la lógica de vender más y comprar lo menos, con la esperanza de generar mejores ingresos para sus productores y mejores niveles de vida para sus habitantes.

Pero el efecto no ha sido exactamente el deseado. Argentina, después de que Cristina Fernández de Kirchner entregó la presidencia a Mauricio Macri en diciembre de 2015, se ha venido a encontrar con que los argentinos habían vivido una economía ficción en la que el gobierno ocultó estadísticas vitales, como la medición de la inflación y virtualmente decretó la gratuidad del servicio eléctrico; ni qué decir de la manipulación del precio del dólar, artificialmente bajo por años.

Brasil, a su vez, está tratando de salir a flote de un duro periodo de inestabilidad económica y política: la caída de los precios de granos y otros productos agrícolas acabó con la imagen de prosperidad que propaló el gobierno de Luiz Inacio Lula da Silva y, como corolario, fue destituida su correligionaria laborista y sucesora, Dilma Rousseff, el año pasado.

Es en esa circunstancia en la que se dio la segunda reunión de la Alianza del Pacífico con el Mercosur. La primera ocurrió en 2014 y no sirvió para mucho. Esta vez los dos bloques han dado un paso aparentemente significativo al tomar la decisión de organizar grupos de trabajo que identifiquen las cadenas productivas y sus enlaces regionales, al tiempo que se avanza en la negociación de nuevos acuerdos comerciales.

Argentina y Brasil estuvieron gobernador en tiempos recientes por una suerte de izquierda que quería tener con México un comercio administrado de balanza comercial favorable. El mejor ejemplo de eso se presentó en la industria automotriz. En los días de Felipe Calderón, Lula detuvo el flujo de ventas mexicanas porque había rebasado notablemente sus cuotas, a base de una demanda legítimamente ganada en el mercado brasileño. Lo mismo pasó con Argentina, en 2013, cuando recién había asumido Enrique Peña Nieto la Presidencia. La mentalidad del comercio de cuotas no cedía y los mexicanos aceptaron con prudencia el retroceso.

Hoy, México está presionado por el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, para diversificar aceleradamente sus mercados y ya hay voces -por lo menos en Argentina- que se han manifestado para vender más a México. Pero Videgaray no lo ve de la misma manera y lo ha dicho abiertamente en Buenos Aires: Sí, México quiere comprar más a productores de los otros dos grandes países latinoamericanos, pero también quiere un acuerdo de mayores alcances, que implique más exportaciones de manufacturas mexicanas, mejores condiciones para las inversiones industriales y conexión de los mercados financieros, como sucede con Chile, Colombia y Perú, los acompañantes de México en la Alianza del Pacífico.

Ahora que el tema comercial vuelve a estar sobre la mesa latinoamericana, es evidente que el problema de la liberalización no solo es un tema de acuerdos comerciales. El proteccionismo de Brasil y Argentina de los últimos tres lustros llevó al estancamiento del Mercosur hasta el punto en que ni es una zona de libre comercio ni funciona, como su nombre lo haría creer, como un mercado común. Es, como con México, un área de comercio administrado, a base de cuotas. Y no es ningún secreto y no es lo que Videgaray planteó desde el punto de vista mexicano en Buenos Aires. Empresarios, legisladores, políticos de diferentes tendencias y analistas económicos y políticos saben que los pequeños obstáculos al comercio internacional -monopolios, licencias, permisos y pretextos diversos- son parte importante del aparato que impide un mayor intercambio comercial de Brasil y Argentina con México. No es solo cosa de gobiernos; también hay sectores productivos reacios a un cambio.

Y eso es contra lo que México tendrá que enfrentarse, si quiere abrir mercados que sustituyan a los estadounidenses. O dicho desde la perspectiva sudamericana, si brasileños y argentinos quieren encontrar oportunidades en el mercado mexicano, tendrán que aceptar las reglas del librecambio. De otra manera, los latinoamericanos seguirán siendo naciones hermanas, incapaces de sacar provecho suficiente de sus afinidades, y tendrán que buscar en otros lados a los socios que no pueden tener en casa.