Por Jorge Miguel Ramírez Pérez.

Porque el error es llamar a lo bueno malo y a lo malo bueno. Ese es el eje de la perversión que se muestra cada vez más, socavando los cimientos de la sociedad occidental, que después se asusta de que existan asuntos como la ballena azul y que en ciertos sectores sofisticados, se considere la antropofagia como un gusto dentro de las libertades y derechos de cada individuo.

Se empieza con poco, se avanza más, se convierte en moda y después son corrientes de pensamiento que se organizan para “hacer mas libre al hombre”, según el argumento del progreso barato. Y eso es lo que pega y tiene seguidores. 

Es la sociedad del ocio en plena operación, la de la clase que señalaba Thorstein Veblen, pero la actual, muy revolucionada en cuanto a entronizar los valores de la extravagancia personal como modelos raros, de excepción e imitables. 

Y por eso no me extraña que dentro de las manifestaciones del triunfo de Macron, ha sido catapultado el tema de su relación personal y afectiva; con la que fuera su maestra de la preparatoria. No por la diferencia de edades, que en sí es una extrañeza, sino porque Macron, en su papel de menor debió ser seducido, por una maestra incontinente.

Y eso, sencillamente fue dimensionado hasta alcanzar en los medios un tipo de oda al amor, que se ha prestado a cientos de ocurrencias, pero que encierra una sola verdad, que Macron, no tiene nada que aportar y la frivolidad de sus aventuras adolecentes con la matrona, que dejó a su familia por el chavo; parece ser que es lo único que los medios ven digno de tomarse en cuenta, una irresistibilidad del pueblo francés, ante la demagogia de un edipiano sin propuestas claras.

Porque Freud era modelo para todo, en el siglo pasado. Después de Marx, invocar a Freud era entender al hombre y al mundo; su filosofía y su destino.

Y Macron tiró el tabú del complejo de Edipo, ahora nadie se atrevería a cuestionarlo, incluso los mismos viejos que votaron por él y eran freudianos a morir, olvidaron esa religión tan  extendida.

Los analistas se congratularon de que Marine Le Pen no hubiera llegado. Porque lo políticamente correcto, era: “rechazar lo extremo”, aunque ese rechazo sea al revés, porque se optó por lo extremo de la inacción.

 Ya veremos si se puede quedar bien con dos amos: con los imanes o con los franceses.

Luego andan chillando que los terroristas los traen por la calle de la amargura.

Porque el fenómeno de Le Pen como lo dije hace dos semanas se va a producir tarde o temprano; los odios de los radicales a ese gran país que es Francia, no  cesan. Los agravios coloniales, de hace medio siglo por lo menos,  están presentes en las mentes y en las manos de los violentos, que crecen en número y en maquinaciones. Porque el islamismo en sí, pondera la venganza. Hace de la yihad un mandato irrenunciable.

Digan lo que digan los portadores de la paz ficticia, lo de la Le Pen no era lo mejor, pero era lo que podía despertar las decisiones de una masa amorfa que quiere que se arregle todo, sin desarreglar nada. Y lo que es peor, quieren los que votaron por Macron, que cambien los musulmanes y que se amolden a los franceses.

Error. Lo había dicho Maquiavelo, no se puede depender de una voluntad ajena. Los radicales, no van a cambiar.

de los que ganaron no son pocos los que piensan al revés. Porque ante la agresión, van perdiendo hasta identidad, como pasó con los balcánicos que se hicieron musulmanes,por la presión enfermiza de los turcos en el siglo XV y después. Porque para eso existe la historia para aprender de otros, de otros tiempos los errores. 

Pero como los franceses son etnocéntricos aunque lo nieguendeben ya muchos haber caído en la trampa del miedo y como ya perdieron hace tiempo al Dios cristiano, hasta piensen que tal vez los musulmanes en el fondo son mejores.

Y para acabarla de amolar, el indefinido, que se autonombra centrista Macron, en su gobierno poco podrá hacer ante los antojos libidinosos de los maestros abusivos de los menores. Una moda más que deja en la indefensión a los que menos pueden defenderse. Triunfaron tal vez sin querer, los que ven sus vicios como caprichos de una libertad incomprendida.

 La Francia votó por el amor, dicen los que mañana llorarán su ligereza.