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Es la corrupción

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Por Marissa Rivera.

Cómo andaremos en el país que el principal tema del proceso electoral es la corrupción.

Pero no la corrupción como un lastre que nos aqueja hace ya varias décadas, sino los señalamientos y acusaciones entre los tres principales candidatos y sus equipos de ¿quién es más corrupto?

Oficialmente aún no empiezan las campañas y vamos de escándalo en escándalo, lo que augura un convulso proceso electoral.

Por mucho tiempo y se ha intensificado ahora, hay quienes se preguntan de qué vive Andrés Manuel López Obrador, desde que dejó la jefatura de gobierno de la Ciudad de México hace ya trece años.

El PRI acusó a Ricardo Anaya de lavar dinero y de enriquecimiento inexplicable.

El PAN reviró con una acusación a José Antonio Meade, por ser, según los panistas, cómplice del “supuesto” desvío de 500 millones de pesos, durante la gestión de Rosario Robles en SEDATU. 

Ajeno a las acusaciones directas entre PAN y PRI, el tema alcanzó a Andrés Manuel con los cuestionamientos contra personajes como Napoleón Gómez Urrutia y Elba Esther Gordillo.

Pero el golpe más certero, lo dio “The Wall Street Journal”, en una nota en la que cuestionó la ética empresarial de Alfonso Romo, Coordinador del Proyecto de Nación de AMLO.

Según el diario, la venta que hizo de su empresa “Seminis”, dejó dudas sobre su compromiso con la transparencia y la responsabilidad.

El texto “Cómo hacerse rico en México” agrega que la marca registrada del candidato de MORENA es el corporativismo de amigos y recomendó: “antes de que los mexicanos lo hagan presidente, deberían saber un poco más sobre sus patrocinadores”.

Todos han salido a defenderse con el mismo argumento: se trata de calumnias.

Andrés Manuel dice que es la mafia del poder porque va en un lejanísimo primer lugar; Ricardo Anaya asegura que lo atacan porque es el único candidato que no deja de subir en las encuestas y en el cuarto de guerra de José Antonio Meade insisten que su candidato, es el único que tiene las manos limpias.

Ese es el nivel, pero mire, nada más para que quede constancia del flagelo del que le hablo.

El “Índice de Percepción de la Corrupción 2017” que publicó Transparencia Internacional, colocó a México con una calificación de 29 puntos en una escala de 0 a 100. De un total de 180 países evaluados México está en el 135.

No es la primera vez Transparencia Internacional nos exhibe como el país más corrupto de los miembros de la OCDE y del G20; y de los más corruptos de América Latina.

Junto con la inseguridad, la corrupción es el problema que más preocupa e indigna a los mexicanos.

En los últimos sexenios, cada presidente en turno ha refrendado su compromiso en el combate a la corrupción, pero usted ya lo sabe, solo ha quedado en el discurso.

En medio de la parafernalia han presentado iniciativas y programas para enfrentar este mal y lo que ha pasado es que no solo no lo han erradicado, ha crecido.

Hoy, otra vez la corrupción es tema de campaña, todos los “candidatos” prometen que la combatirán, que en sus gobiernos no habrá espacio para la corrupción, ojalá pudiéramos creerles, vamos, por lo menos darles el beneficio de la duda, pero como se ven las cosas parece que no será tan sencillo como prometen. 

A los mexicanos nos urge transitar de la “cultura de la corrupción” a la “cultura de la legalidad y la transparencia”.

Ojalá y así sea. Aunque, por lo pronto seguiremos lidiando con las acusaciones de corrupción y deseando que no gane ningún corrupto. Se ve difícil.