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Derivaciones para ambos sexos

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Por Carlos J. Pérez García

Las mujeres olvidan, quizá con demasiada frecuencia, que en muchas cosas son más chingonas que los hombres… si se toman la molestia de manejarse con temple e inteligencia. Digo, no se trata de que acabemos odiando a las extremistas o feminazis que nos puedan insultar y mandar al diablo. Para nada.

Resulta peor ser tonto que malvado, pero en ambos casos es factible causar un daño enorme. Condenar los feminicidios o la desigualdad, digamos, nunca logrará que dejen de existir. Al denunciar o reprobar el crimen y la injusticia, no van a desaparecer… Por mucho que eso ayude, no se podrá resolver la ignominia si no se admite que todos formamos parte del mal que siempre estará allí, y que para abatirlo debemos sentirnos tan víctimas como culpables.

No es cosa de “buenos y malos”, ni de que nosotros “los moralicemos” a ellos. Para algunos lectores esto puede ser un poco extraño y difícil de aceptar, pero así es.

Hay casos en que es “un peligro” considerar que “las buenas intenciones son posibles con sólo desearlas” (Arturo Pérez-Reverte, EL PAÍS Semanal, 27/V), lo cual queda bien claro para México. Me recuerda las frasecitas motivadoras, y este julio aquello del “sí se puede” no nos va a hacer campeones del mundo, ni tampoco nos va a traer un redentor milagroso… ni siquiera exitoso. Al tiempo.

Sin que todo ello forme parte de ninguna campañita “de la mafia del poder”, vale resaltar en síntesis unos cuantos de los principales riesgos que se confirman estas semanas. Veamos.

Un ángulo muy preocupante es el de la megalomanía que AMLO ha mostrado estos años, ya sea con su “presidencia legítima” o como “rayo de esperanza” y en su “honestidad valiente” para aspirar a lo más elevado sin la capacidad necesaria. Ahora este delirio de grandeza se corrobora no sólo en sus afanes mesiánicos y sus acciones adelantadas como presidente electo, sino también en su intolerancia y sus descalificaciones a quienes dudan de él.

En temas específicos que podrían provocar risa si no fueran tan graves y peligrosos, destaca hoy su idea de que “hará historia” y va a encabezar “la cuarta transformación” de la Historia de México (¡las anteriores fueron la Independencia, la Reforma y la Revolución Mexicana!). Además otorga condenas o perdones a quienes le caen mal o bien, respectivamente, e insiste en que la corrupción y otros problemas del país se acabarán al llegar él a la presidencia. No, pues sí, ¡cómo no!

Con efectos similares al caso de la transparencia, los contrapesos deben ayudar a los gobernantes a no caer en tantos excesos ni cometer demasiadas estupideces. Si nadie discrepa de ti ni te vigila o cuestiona, es más probable que te equivoques e inclusive que te corrompas… así de sencillo, y AMLO busca un poder absoluto para no fracasar como mi ídolo de juventud Salvador Allende, en Chile.

En Economía, ya no digo más… Pero, ojo, alguien tan ingenuo ante la desigualdad y la pobreza, podrá terminar aumentándolas en una cadena de efectos contrarios, retrocesos y desequilibrios.

Bueno, el carácter laico del Estado mexicano es mucho más importante de lo que algunos piensan, y ahora se ve amenazado por la peculiar religiosidad del puntero y ciertos aliados… ¡Caray, ya hasta perdona pecados! Y la autoridad moral o “moralista” que se asigna él mismo se vuelve un peligro real, que recuerda tantos conflictos religiosos en la Historia Universal.

De sus parecidos con Trump, el propio AMLO ha aceptado algunos de ellos. Tal como hemos confirmado, se trata de populismos ingenuos y nada progresistas o bien de trastornos de personalidad que no son raros entre líderes sociales (adorados por sus seguidores y odiados por sus adversarios). En fin, refresquemos la memoria con nuestro líder ladino, que por décadas ha navegado con populares banderas de amor y paz.

El puntero en las encuestas muestra ignorancia o malicia con intención mercadotécnica, sobre todo al prometer cosas que no puede ni piensa cumplir ya como presidente (incluso los otros candidatos lo imitan, para tratar de competir contra su arrastre). Pero lo peor, me dice un analista sabio, es que él se cree los disparates de sus discursos y entrevistas.

Igual que con las grandes empresas privadas, para el liderazgo de una nación serían esenciales unos exámenes previos de salud física y mental.

Y, en realidad, debo reconocer que las cuatro opciones electorales son bastante imperfectas… pero, fíjense, don AMLO se pasa (aunque los sondeos nos confirman que va a ganar). Con todo, en su deporte favorito, dicen que “esto no se acaba hasta que se acaba”.

Hombres o mujeres, mexicanos y mexicanas, tenemos que ponernos muy aguzados y pensarle a lo que viene. Voten, votemos así por quien quiera cada uno… y luego cuidemos que el nuevo mandatario no vaya a resultar peor. México difícilmente lo aguantaría, y tampoco lo merece.

* EL DEPORTE CONFIRMA FACETAS de la vida y, claro, de la política. Digamos, la final de la Champions del fútbol europeo subrayó la enorme tensión que impregna esos partidos en los que se juegan tantas cosas, de modo similar a lo que sucede acá en una final de Liguilla. La clave está en cómo manejan los protagonistas la presión y, así, evitan caer en demasiados errores.

En nuestro país Toluca y Santos Laguna se debatieron entre desaciertos, sobre todo el que se sentía obligado a ganar pero la desesperación lo condujo a la derrota. Triunfaron, en ese caso, quienes sobrellevaron mejor la presión y eludieron los yerros.

Ayudan mucho el temple y la serenidad, sin aflojar ni eliminar del todo la pasión que tiende a desbordarse: sin confiarse o abatirse; sin equivocarse ni descontrolarse. Surgió, pues, una diferencia crucial entre individuos de dos formidables equipos, el Liverpool y el Real Madrid.

Bien, la política es una liza en la que el temple, no tanto la templanza, viene a ser vital para un buen papel tras rebasar la mediocridad e incluso el fracaso. Ese temple va más allá de la mesura o cautela que se asocia a la templanza, para situarse en los terrenos del empuje, el temperamento y la determinación, sin perder la frialdad y serenidad.

O sea, oigan, el temple no significa prudencia al rehuir decisiones y acciones, sino entereza y equilibrio justamente para tomar decisiones y emprender acciones. Tampoco implica estar ausente ni evadirse o sustraerse. Eso sí, resulta necesaria cierta reflexión y estrategia pero sin miedos ni eternidades ni justificantes o escapatorias, como todo (buen) gobernante tiene que saber y aceptar.

 

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@cpgarciera