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Reflexiones para combatir a la corrupción en el gobierno

Jorge Miguel Ramírez Pérez.

Hay cosas que no tienen remedio, una de ellas, es intentar con medidas insuficientes y absurdamente generalizadas, acabar supuestamente con el origen que da forma y sustento a la corrupción, entendiéndola como si fuera un mal resultado de las necesidades sociales y no de la naturaleza intrínseca de las estructuras operativas y valorativas fundacionales de la sociedad, que devienen en instituciones.

El interesante libro de Acemoglu y Robinson Por qué fracasan los países en las primeras páginas nos remite al principio del surgimiento de las instituciones de los países del continente americano. Los autores basan su reflexión en dos objetivos que tenían los europeos que llegaron a tierras del Nuevo Mundo: por una parte, el deseo irrefrenable de conseguir oro y que este fuera abundante, y, por otra, hacerse de mano de obra esclava. En México y en Perú, incluso en Argentina, se dieron esos factores.

En lo que hoy es Estados Unidos, los europeos que se instalaron en las primeras colonias, no consiguieron oro ni tampoco trabajadores gratuitos; es más, si no se hubieran puesto a trabajar, el hambre invernal les habría matado. En pocas palabras tuvieron que hacer lo que no querían hacer: trabajar todos y negociar con tribus indispuestas a ser sometidas.

El castigo de la realidad resultó en reglas que urgían de observancia a rajatabla, y por parte de todos, porque en cumplirlas iba la vida, ni más ni menos. Así que no es que la gente sea buena de naturaleza y anhele trabajar o sacrificarse por los demás; sino que la realidad lleva a plantear rutas adversas que, paradójicamente, contradiciendo los deseos fáciles y muelles de cualquier ser humano, van a fomentar instituciones que son constructivas económica y socialmente, más allá de las circunstancias geográficas, como siempre se alega.

El plan original no era trabajar en tierras más difíciles que las que dejaban en las islas británicas, que ya estaban dispuestas a su explotación, sino como casi todo mundo antes y ahora, lo que querían era acercarse al disfrute, a la riqueza y al placer a costa de otros y los colonos de Virginia, según creyeron, de los indígenas de Norteamérica.

Siempre los movimientos sociales, las migraciones y los sueños dirigen a las personas a idealizar el entorno que se persigue, sin reparar que para ello hay una ruta insalvable de limitaciones y desventuras. No hay atajos y las dictaduras venden que sí, porque callan la tribulación. La historia los desmiente.

La utopía tiene popularidad porque lleva a las personas que son embelesadas a imaginar un mundo feliz pleno de ocio, en el que no hay esfuerzo, de hecho el yerno cubano de Carlos Marx, el promotor del marxismo en Francia, Paul Lafargue, que se suicidó junto con su esposa, escribió de plano un libro: El derecho a la pereza. El epílogo de su vida demostró la equivocación fatal. No existe ese mundo en el que se les resuelvan a todos sus inclinaciones a la buena vida.

Las posturas voluntaristas de proyectos imaginarios, adquieren proporciones violentas y se convierte en una ruta de escape al precipicio porque ofrecen lo imposible, y lo declaraba Ernesto “El Che” Guevara: “pidamos lo imposible”. El icónico asesino serial que so pretexto de la pureza marxista le confesó a su padre, en una carta, que después de darle un tiro en la sien a un contrario, en su época de guerrillero: “descubrí que realmente me gusta matar”.

Entonces el sentido destructivo de las reglas tampoco significa una salida para la prosperidad de los que quedan en pie. Porque los desafíos económicos lejos de resolverse por los medios puramente económicos y las medidas unilaterales de control, sólo van a reproducir formas más elaboradas de corrupción para salvar los obstáculos de la autoridad.

Es la necesidad y la adversidad las que desarrollan reglas reales e instituciones políticas con rumbo claro, lo que hace la diferencia.

Porque es la política la que debe concentrarse en lo político, valga la redundancia; es decir, en la consecución de objetivos sociales, cercano a lo que Talcott Parsons definía como un subsistema componente de la sociedad; porque es el que le da dirección y no sólo ese factor, que las sociedades atrasadas carecen, sino en la persistencia de continuar en esos objetivos, en incorporarlos como forma esencial, como acuerdo indispensable y estabilizarlo.

Ya es tiempo que México tenga definidos sus objetivos y con prioridades, para que se haga comprensible y coordinado lo que quiere la sociedad y el gobierno juntos, más allá de quejarse por lo que hay que hacer. Ya es tiempo de que el país poderoso que somos salga de la “nada” que identificaba Carlota la de Maximiliano, de esa abulia cimentada en la falta de metas nacionales y su consistencia.

El gobierno en su carrera tradicional de inestabilidad institucional, cambiando cada seis años de objetivos; confundiendo los de carácter nacional con los de camarilla; en materia de corrupción lo que ha hecho, es no entender el fenómeno en su implicación inherente a la operación; sino aplicar mucha burocracia y formatos cada vez mas indagativos, hasta de la vida privada y a la vez mas ineficaces.

Desde 1982, que fue cuando se inició por primera vez esa modalidad de combate a la corrupción, han acumulado un gasto exorbitante desde la Secretaría de la Función Pública –como se llama ahora- hasta todas las contralorías y órganos de fiscalización nacionales, estatales , municipales y de los poderes, incluso los llamados autónomos. Y no se ve su acción digamos lo menos, correctiva.

Porque el sistema no está diagnosticado políticamente, porque el que tenemos tiene una doble vía: la idealista, de leyes cuasi perfectas y complicadas, enredadas, trayectorias impolutas; y la otra, la realista, la que es el motor de la acción gubernamental, la que tiene reglas que se tienen que respetar, las del silencio, la de la complicidad, la de doble trato, la de las fiestas y vacaciones, la de los cuates del partido o movimiento, en las que se tolera todo, donde la competencia es hacer más dinero, con menos presupuesto, y tener amigos entre los que vigilan.

Esa duplicidad de caras hacen esquizofrénica a la acción política, porque pesa más el lado oscuro de la luna, que el visible.

Combatir la corrupción es un asunto mayor y de fondo, es un problema de construcción institucional que debe apegarse a la realidad, de ninguna manera un efecto de causa voluntarista.