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Entre la esperanza y la incertidumbre

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Marissa Rivera.

Ni campaña ni candidato, es la hora del Presidente de la República.

Tanto la esperanza como la incertidumbre en torno al nuevo gobierno son muy elevadas, lo que demanda responsabilidad y templanza del presidente Andrés Manuel López Obrador.

Concluyeron los eternos cinco meses de transición, en el que los reflectores y los mercados financieros estuvieron atentos a las decisiones y declaraciones de quien ganó la presidencia por más de 30 millones de votos.

Llegó el momento de ocupar la Silla y adaptarse a la realidad. 

En los mensajes, tanto a la cúpula política, como al pueblo, nos quedamos con ganas de algunas cosas. ¿Qué hizo falta para llamar a la reconciliación de una sociedad que vive polarizada?

¿Por qué se abstuvo de mencionar a una de las calamidades que azotan al país, como lo es el crimen organizado y que involucra desde el joven más necesitado hasta al empresario más prominente? 

Se acabó la mafia del poder, pero emergieron los conservadores y los neoliberales.

¿Y el apaciguamiento? ¿La pacificación del país? ¿A quién le corresponde estirar la mano, para poder caminar en paz?

Urge la pacificación entre los mexicanos. La segmentación de buenos y malos o de liberales y conservadores, enturbia un ambiente que ya de por sí es tenso, entre quienes mantienen todas sus esperanzas en el nuevo gobierno y quienes tienen dudas y miedos de lo que pudiera ocurrir durante su administración.

La lista de lo que pondrá en marcha para alcanzar el cambio que el país necesita, es un recuento de lo que ha dicho desde hace más de una década, ojalá y funcione en la época actual.

De la toma de posesión destaca la actitud magnánima hacia el expresidente Peña Nieto. Primero el agradecimiento por no haber intervenido contra él, en el proceso electoral y luego vinieron los azotes.

Después de entregar la banda presidencial, Peña Nieto se quedó porque había un acuerdo de que Morena lo respetaría y así fue. Pero no reparó en la humillación que recibiría: en su gobierno hubo corrupción inmunda, un neoliberalismo corrupto, culpable de la pobreza y la desigualdad. También la confirmación de que nadie será perseguido.

Las promesas de “no más corrupción y primero los pobres” ilusionaron a millones de personas que llevaron al poder al Presidente. Pero, no será sencillo, es evidente. La enfermedad está avanzada. Ojalá y la cura fuera simplemente su honestidad. Lamentablemente no será así.

Más allá de la retórica de que no vivirá en los Pinos, de que viaja en vuelos comerciales, de que peligrosamente no tiene seguridad, por ejemplo, quisiéramos saber los “cómo” y los “con qué”.

Porque no habrá dinero que alcance para becas a los jóvenes que no estudian, ni trabajan; para los estudiantes; apoyos para madres solteras; para los de la tercera edad; para discapacitados.

Los problemas que nos aquejan son muchos, se han ido sumando con cada gobierno que llega al poder.

Cada sexenio, hay más pobres, la desigualdad es mayor, hay más violencia, más muertos, más desaparecidos, más mentiras y más corrupción e impunidad.

Han dejado un país desolado y prácticamente en descomposición.

Nada es más deseable que su proyecto tenga éxito, pero también sabemos que no se logra con una varita mágica.

Como diría Sara Sefchovich: “ojalá se cumplan las esperanzas y no los temores”.