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2019, la etapa de instrumentación

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Alejandro Zapata Perogordo.

El 2018 no pasa desapercibido, se encuentra registrado en la historia lleno de acontecimientos trascendentes, tanto en lo interno como desde la perspectiva internacional se presentaron relevantes sucesos, algunos de ellos aún persisten. De algo estamos ciertos -para bien o para mal, según se quiera ver-, es en el inicio de cambios torales, la intensidad en que se vivió continúa haciendo eco en este año que comienza. Las pasiones, los recelos, la intolerancia, rencores y descalificaciones; los buenos contra los malos, los liberales versus conservadores, los honestos combatiendo a los corruptos y, así sucesivamente, culmina entre la esperanza, inquietudes y sobresaltos.

Comienza el 2019 y nos invita a reconocer una verdad de perogrullo: México ya no es el mismo. En muy breve tiempo el rumbo del país y su orientación política se ha visto transformada dando paso a profundos cambios. Una realidad indiscutible fue una mayoría de ciudadanos que votamos para que ello ocurriera -aunque confieso que no opté por la propuesta triunfadora-, los cambios eran obligados; la inercia social harta de excesos, exigía una ruta diferente en todos sentidos, consecuentemente no podemos decirnos sorprendidos, más bien nos ubicamos en el terreno de la preocupación por la forma como se han venido
dando las cosas.

La forma es fondo, como decía Reyes Heroles, máxime que vivimos en una nación plural en múltiples aspectos; con avances y vergonzosos estancamientos, así resulta indispensable proyectar el sistema democrático más allá de las urnas: combatir los males y fortalecer lo positivo. Ello, por supuesto si el objetivo consiste en continuar, conservar y fortalecer desde luego, el esquema frágil e incipiente de nuestra democracia -sin pretender ironizar-, pues para tal fin, es fundamental procurar en lo esencial los consensos, sobre todo existiendo un clima proclive a fincar nuevas reglas de entendimiento y convivencia social.

Tal postura pareciera alejada de las nuevas formas impuestas, que de conformidad al discurso existen coincidencias en cuanto a los objetivos e inclusive en diagnósticos: ¿Quién puede estar en contra del combate a la corrupción? ¿Quién se opone al orden en el gasto a partir de políticas de austeridad? Era un reclamo a gritos, así como el retorno a la paz social.

En ese orden de ideas, el tránsito pasa por un enfoque cimentado en la reconstrucción del tejido social, de ahí, estimo, se configuró la frase de “la república amorosa” y, por supuesto, la reconciliación nacional, bajo el entendido de una refundación del sistema a partir de un pacto social de facto, con el compromiso de fincar bases de convivencia social y política, desde luego que para lograr tales objetivos, se debe contar con un pensamiento y actitud abierta y plural, con aplomo y altura de miras.

La conducta desplegada sigue siendo de claroscuros: de la reconciliación nacional se ha obtenido la estigmatización; del fortalecimiento de las instituciones, somos testigos de su desmantelamiento; y, del Estado de Derecho, nos quedamos con el perdón y la indulgencia. En principio es preciso señalar que los grandes problemas persisten y la solución a los mismos no se dará por decreto, sino a través de la rehabilitación de instituciones sólidas y la reconstrucción del Estado de Derecho, prácticamente se han realizado los cambios, ahora viene su implementación.