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Queridos fanáticos

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Patricia Betaza.

¿Qué es el fanatismo? ¿Cómo alguien puede convertirse en fanático? ¿Hay algún antídoto contra ese mal? Estos son algunos de los cuestionamientos al que les da respuesta puntual el recién fallecido escritor israelí Amos Oz en su ensayo Queridos fanáticos. Uno de los últimos trabajos publicados de este gran intelectual que durante toda su vida luchó por encontrar los distintos matices que tiene la historia de judíos y árabes; una historia que hay quienes se empeñan en verla entre buenos y malos.

Amos recuerda que cuando era niño en Jerusalén era “un pequeño fanático, sionista y nacionalista con el cerebro lavado”. De repente descubrió que en el mundo, algunas veces, las cosas tienen dos caras, que hay conflictos que no se pueden pintar en negro y en blanco. Pero también, cuando hizo ese descubrimiento, lo comenzaron a llamar traidor. Su consuelo, dice, fue pensar que para los fanáticos traidor es todo aquel que se atreve a cambiar y ver las cosas de distintas maneras. Supo también que el desprecio general, es uno de los componentes de cualquier fanatismo. Desprecio a discrepar, a pensar distinto y a opinar con otra óptica dentro del mundo en que le tocó vivir.

Amos apunta que el fanatismo no solo se da por por la defensa desmedida de creencias y opiniones religiosas y políticas. Hay, dice, otras clases de fanatismo menos evidentes y menos visibles que son frecuentes en la vida diaria. No hay como encontrarse con un fanático opositor al tabaco para sentir su mirada de desprecio hacia quienes osamos en darle una bocanada al cigarro. Y qué tal los veganos o animalistas que quisieran crucificar a quien se come un bistec o se da vuelo saboreando una langosta.

En el ensayo de fácil lectura, el escritor israelí dice que el volumen de la voz no define a un fanático. La intolerancia hacia la voz de los oponentes, es el verdadero germen oculto o no oculto del fanatismo. Y de ese germen se deriva el repartir culpas a quienes considera osa llevarle la contraria. Los fanáticos viven en un mundo sin matices. El fanático solo sabe contar hasta uno y sin contradicción alguna. Prefiere sentir en vez de pensar.

En el fondo de cada fanático –señala- hay el deseo de pertenecer a la multitud. Por eso es proclive a rendir culto a la personalidad; por que el caldo de cultivo para el fanatismo lo son dirigentes políticos y religiosos carismáticos, pero también la estrella del espectáculo o los deportes. Para que haya un fanático tiene que ver alguien o algo que lo haga ser parte de ese culto. “El que adora, renuncia a su individualidad”.

No nos desesperemos y evitemos el apocalipsis. Con una claridad impresionante, Amos Oz propone que la curiosidad, la imaginación pero sobre todo el humor, pueden ser el antídoto contra el fanatismo. No hay como reírnos de nosotros mismos para evitar caer en el mundo negro o blanco, según sea el caso.

“Nunca he conocido a un fanático con sentido del humor. Nunca he visto a alguien capaz de reírse de si mismo que se haya convertido en un fanático”. “Sarcasmo, mordacidad y lengua viperina si la tienen algunos fanáticos, pero no sentido del humor”.

Para Amos el humor implica cierta inflexión. “El mal más extremo no es la violencia en sí misma, sino la agresividad. Y la agresividad es la madre de toda la violencia. La violencia es la materialización de la agresividad”.

Vacunarnos contra el fanatismo implica también –dice- en ocasiones, una disposición a vivir situaciones abiertas, convivir con interrogantes alternativas para evitar la hostilidad e intransigencia hacia posturas.

En una de sus últimas entrevistas al periódico El país, el escritor israelí advertía que el fanatismo es lo más peligroso del actual siglo. El fanatismo en cualquiera de sus formas, religioso, político, económico e incluso feminista.

Humor pero también empatía. Ponernos en el lugar del otro, tal vez ayude a percibir más allá del árbol y ver el bosque que con todo y sus animales ponzoñosos, piedras y trampas siempre nos tendrá un lugar especial que admirar y distintos aromas que oler. Y si nos caemos en alguna de sus oquedades –siempre que no sea el precipicio- reírnos de uno mismo hasta las lágrimas. Mas que nunca indispensable leer o releer a Amos Oz.