Jorge Miguel Ramírez Pérez.

Todo está estancado tanto a nivel central como en los estados; en muchos municipios la situación es similar, no fluye el dinero, pero pocos protestan; la explicación general tiene dos componentes, por una parte se padece la lenta inercia que se originó desde el gobierno de Peña Nieto, cuyo común denominador fue tomar el dinero de los programas para fines distintos a la naturaleza de los mismos, simulando entrega de apoyos, compras y obras que solamente aparecieron en los papeles de comprobación falsificados. Pero por otra parte, las deudas adquiridas, sus intereses y los compromisos de la cuarta transformación, dejan la impresión de que los objetivos son enfriar la economía para retener dinero que complete lo ofertado en campaña y posponer el gasto público lo más que aguante.

Al pueblo se le ha pedido paciencia para todo, desde el tema de la seguridad hasta lo de los apoyos; y, la verdad, contra lo que se esperaría no se muestra desesperación, con excepción de las organizaciones de depredadores profesionales como la CNTE, que ha hecho del chantaje el principal o único objeto de negociación.

La gente está contenta porque esperan muchos recibir sus tarjetas y sus perspectivas cotidianas las sienten aliviadas con esos magros recursos que todavía no les llegan, que ante las incapacidades sistémicas anteriores, sienten que la libran un rato, mientras esperan el milagro mexicano, que tanto se expone en los discursos en los que se pinta un México lleno de bonanza y optimismo.

Por ahora no hay nada, pero las manos están llenas de promesas, más las imaginaciones que de ellas se desprenden. Unos tres o seis meses por lo menos, a ver si se recarga la economía, negándoles a otros beneficios de programas de otra generación política y sustituyendo también empleos con la consigna de que los nuevos van a cobrar en tres meses.

Lo que se hace sirve al propósito de ahorrar y de pasada desechar las estructuras corruptas, enquistadas en las administraciones simuladoras y su sistema de engaño abierto. Sólo que los montos que se extraen o se enfrían son cuantiosos y le van a afectar a la economía y en particular al consumo, que independientemente de las teorías de la Escuela de Frankfurt incluso desde el enfoque de Herbert Marcurse que lo exhibe como necesidades ficticias del hombre, son una realidad en la economía postindustrial que ha sentado sus bases, generando espacios y artefactos en una sociedad nueva, la de la información tecnocientífica que esos pensadores de hace cinco décadas, poco imaginaron en el grado que la vivimos hoy.

Por eso mantener el equilibrio del gasto público hoy no es fácil siguiendo las recetas del pasado de manera lacónica. Las determinaciones tecnocráticas siempre tuvieron esa desventaja de hacer políticas públicas draconianas, basadas en ejercicios econometristas con fórmulas inflexibles, desconociendo la operación de la administración pública integral y sus fines en el crecimiento económico y la distribución estratégica de los beneficios. Así se propició una aparente equidad forzada, dañina, que exige a los que no pueden y desprovee a los que potencian los recursos. Es decir, una comprensión nacional pobre, dicen los malquerientes de los efectos, un enfoque chilango donde, fuera de México, todo es Cuautitlán.

Entonces el reto sigue siendo enorme y parece que está atorado en un cuello de botella que le toca destrabar a Hacienda, por una parte tiene que racionalizar las estructuras del gobierno y por otro lado, revitalizar lo que se rescate con una forma moderna en la que los servidores públicos, entiendan su papel como promotores para aterrizar los cambios mayores y a la vez operadores eficaces de la micro administración pública.

Y en esas estamos también engarrotados porque los “méritos de las campañas” y los “recomendados” son efectos sustanciales del viejo y empantanado spoil system que sigue siendo el modelo a seguir, un sistema de reparto de botín entre los jefes, que por lo mismo hace imposible lo que se quiere.

Y esa doble pinza hace que Hacienda pueda posponer de manera indefinida la aplicación del gasto público, porque si entregan dinero a personal sin las acreditaciones que se requieren, es tan malo como mantenerlo rezagado por la centralización excesiva de los procedimientos; así que destrabar el asunto del flujo del dinero, no sólo es un tema de voluntad política sino también de una estructura operacional que pueda y sepa eficazmente, hacer posible la bajada de dinero para las entidades centrales y las subnacionales.

Por ahora nadie sabe cómo y centralmente tampoco tienen una estrategia que entienda de manera paralela los objetivos de la llamada cuarta transformación en términos de gobierno, no sólo de discurso y de sus objetivos sociales, sino en materia de los estilos y formatos que se correspondan a esa idea general.

Y tal parece que nadie pregunta, porque la respuesta es “tú deberías saberlo o proponérmelo”. El problema es que nadie se atrevería a siquiera imaginar lo que es importante y a estas alturas urge. Mientras se apuesta a una forma de “ganar tiempo para ahorrar” imaginando, que las filas de beneficiarios van a sustituir a la escuela de la criminalidad.