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La educación amenazada

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José C. Serrano.

Muchas planas de periódicos y revistas y muchas horas al aire de televisoras y estaciones de radio han sido dedicadas al conflicto magisterial de Michoacán. En medio de un panorama caótico figuran profesores, estudiantes, autoridades locales, autoridades federales y, accidentalmente cientos de trenes cargados de insumos de índole diversa, con destino nacional o internacional.

El pliego petitorio de los paristas es muy amplio, aunque el punto prioritario es el pago de las remuneraciones que les adeudan las autoridades, tanto estatales como federales. Los docentes en paro, a través de su dirigencia, se han plantado en las vías por donde transitan los ferrocarriles. Han utilizado una estrategia peligrosa, que conduce al estrangulamiento de la economía en vastas regiones del país.

El jefe del Ejecutivo Federal ha sido reiterativo en su discurso de no reprimir las acciones emprendidas por la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE); le ha apostado a una especie de providencia cívica que, sin duda, es tardía dada la magnitud del conflicto. Dice el periodista Julio Hernández López que “la Presidencia de la República debe hacer política a fondo y con plazos (con inteligencia presionante, más que con la fuerza pública), más allá del nefasto origen y la pésima administración del gobernador Silvano Aureoles Conejo y más allá de los entendimientos tácticos que en materia electoral sostuvo el año pasado con la CNTE…”

La opinión pública ha construido un perfil ad hoc del ampuloso gobernador de Michoacán. Ese personaje que hace de los actos públicos el escenario perfecto para el lucimiento de su vanidosa figura; el politiquillo que recibió el espaldarazo de Enrique Peña Nieto para llegar a la gubernatura; del militante perredista enfundado en el traje del priismo más nefasto; del fallido aspirante a una precandidatura presidencial.

La irresponsabilidad de todos los actores ya enunciados ha mantenido en el abandono educativo a, por lo menos, un millón de niños, a quienes el profesor proporciona conocimientos, a sabiendas de que los alumnos no son seres pasivos. Los estudiantes son entes actuantes en su proceso educativo, proceso que es dialéctico entre los docentes y compañeros de clase. Además, la apropiación de los conocimientos se da, en gran medida, gracias a factores endógenos y extraescolares.

Los niños expulsados, temporalmente, de las aulas, se están perdiendo de una experiencia irrepetible. Saben que el profesor más que transmitir saberes, genera ambientes de aprendizaje; está en constante comunicación con su entorno; es consciente de la existencia de diversas corrientes pedagógicas; conoce a sus alumnos, y ha aprendido a establecer cierto grado de empatía -ya que trabaja con personas-.

La concordia resultante de las mesas de negociación entre las partes en conflicto, no las exime de una auditoría rigurosa, que dé cuenta de todas las irregularidades cometidas, desde hace décadas, en detrimento de una educación que se sabe amenazada. Si la voluntad de los actores resuelve el penoso intríngulis, habrá de constituirse en el ingrediente sustantivo, que podrá ser aplicado en futuras desavenencias. ¡La educación, en todos los niveles, no debe ser rehén de grupos radicalizados, sean éstos de derecha o de izquierda!