“Roma” ¿de veras es gran cine?

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Ah-Muán Iruegas.

Los premios Oscar han consagrado el célebre filme “Roma”, del mexicano Alfonso Cuarón. Lo cual obliga a revisar si la cinta es verdaderamente una obra maestra de la cinematografía. O si no lo es.

La película trata sobre la vida de una trabajadora doméstica, quien labora y vive en la casa de una familia de la clase media (el padre es médico y la madre estudió Química pero “ejerce como mamá”) en la colonia Roma de la capital mexicana.

El personaje central es desde luego la doméstica o sirvienta Cleodegaria Gutiérrez, “Cleo”, interpretada por Yalitza Aparicio, indígena mixteca bilingüe (habla mixteco y español), discriminada por su lengua materna y por su raza.

La coprotagonista es la patrona de la casa, interpretada por la talentosa Marina de Tavira, quien infortunadamente no tiene en Roma la mejor de sus actuaciones. Otra actriz de reparto es la abuela (interpretada por Verónica García) cuya actuación es francamente mala: parece que lee o grita sus parlamentos, en vez de actuarlos.

Aparicio sí tiene una buena actuación, a pesar de no ser una actriz profesional. Se nota aquí una probable influencia del neorrealismo italiano, cuya obra insigne fue la película Roma, ciudad abierta, corriente que como en la Roma de Cuarón, a veces incluía a intérpretes salidos del pueblo italiano entre sus actores, y que tenía también claras preocupaciones sociales, al igual que Don Alfonso. Aunque el cine mexicano ya ha tenido cintas con tales características desde hace décadas, como la excelente película “Redes”.

No obstante, Roma no peca de los excesos de los neorrealistas italianos. Se sabe, por ejemplo, que en sus ansias de (neo)realismo, el director italiano Michelangelo Antonioni llegó a pedir a suicidas frustrados que “volvieran a interpretar su suicidio”, sólo para filmarlos.

Por su parte, el blanco y negro que Roma emplea, se considera un formato más dramático que el formato a color. Sin embargo, en Roma el blanco y negro resulta un tanto gratuito y una cierta limitante de la cinta. Veamos por qué.

Roma es claramente, como se ha dicho ya, cine con preocupaciones sociales sobre temas como el racismo, el machismo, la represión gubernamental y la discriminación contra la mujer. En una parte del filme, Cuarón contrasta la fiesta de los ricos con la fiesta de los pobres en la cual Cleo degusta un jarro con pulque, mientras sus patrones beben whiskey o similares. Se comparan también las clases sociales cuando los niños de la casa juegan en medio del granizo vistiendo sus confortables gabardinas, mientras Cleo sale tras ellos cubierta solo con papel periódico.

Sin embargo, la cinta no trata sólo sobre desigualdades sociales y en modo alguno es un panfleto político. La película hace ver que padecen el machismo tanto la criada como su patrona (es decir tanto mujeres pobres como mujeres más ricas) y a ambas las abandonan sus respectivas parejas, dejándolas con sus correspondientes vástagos –el de Cleo, en el vientre materno.

Sin embargo, si lo que Cuarón buscaba era denunciar también el racismo, hubiera sido mejor que se viera claramente el color de la piel del indígena discriminado. Las caras de las indígenas en la película (Nancy García interpreta de modo solvente a una segunda sirvienta mixteca: Adela) se ven grises y muy similares a las caras de los mestizos, que también discriminan a los indios –el novio de Cleo es mestizo o “ladino” de la ciudad. Así, en el formato blanco y negro no se distingue bien la diferencia en el color de la piel de discriminadores y discriminados. Por ello, el blanco y negro resulta confuso –sobre todo, para un extranjero- por lo que constituye una limitante y no un logro artístico.

Igualmente, si lo que se buscaba era denunciar la pobreza del pueblo de México, hubiese sido más impresionante ver tal pobreza “a todo color” y no disimular la miseria en diversos tonos de gris. Los detalles de la marginación se hubiesen apreciado mejor en colores, lo mismo que las diversas castas que aún sobreviven en México –eso viene desde la Colonia- y que se basan en el color de la piel de las personas. Pero Cuarón se decidió por el blanco y negro y haría bien en justificar por qué lo hizo.

La actuación de Yalitza Aparicio destaca por la expresividad de su rostro, aunque su lenguaje corporal parece requerir mayor trabajo actoral. De Tavira no destaca, ni por su rostro ni por su expresión corporal; esto último más bien debido a su vestuario, pues siendo ella una figura bastante espigada, sus holgadas ropas de los años 70’s la hacen ver a ratos “papaloteando en escena”.

Pero lo peor de la película no es el formato ni las actuaciones, sino la forma de narrar la historia.

La cinta es un poco larga (dura más de dos horas) y la primera hora es claramente una historia costumbrista donde sólo se hace un recuento de cómo se vivía en los años setenta en la capital mexicana, sus comercios, sus calles y las ocupaciones de Cleodegaria, cuidando además a los niños de la familia para la cual trabaja. Una historia apacible, sin grandes aventuras y más bien sobre asuntos domésticos o caseros. La sirvienta lava y lava, limpia y barre pisos y escalones, en secuencias interminables y un poco desesperantes. Así transcurre la primera hora de la cinta, casi sin símbolos en esa primera parte.

En la segunda hora, sin embargo, hay un sinfín de símbolos o alegorías. A Cleo el novio la embaraza y la abandona. Pero tal novio, aunque es parte del “pueblo”, es también miembro de un grupo represor estatal denominado “Los Halcones”, que golpearon y mataron estudiantes en la avenida capitalina de San Cosme, el 10 de junio de 1971. Termina así el novio –con ayuda de sus “amigos”- reprimiendo al estudiantado y causando indirectamente el aborto de su propio hijo, al que previamente desconoció. Con lo cual tenemos un símbolo de que “el pueblo reprime al propio pueblo”, o bien de que “el Estado reprime a sus hijos”.

Luego, Cleo pierde a su bebé en la sala de partos. Pero unos minutos más adelante en la cinta, Cleo salva de ahogarse a los hijos de su patrona. Con lo cual, en lenguaje simbólico, Cleo no puede salvar a su propio hijo, pero sí salva a los hijos ajenos… Es decir, su vida está totalmente volcada a servir a los demás.

Otro símbolo puede ser la aparición del “Profesor Zovek”, un superhéroe de la tv local muy bien interpretado por el actor y profesional mexicano de la lucha libre, Víctor Reséndez, quien pone al público a cerrar los ojos frente a los entrenamientos del citado grupo represivo del gobierno, que habrá de apalear a cientos de jóvenes, unos días después. Lo cual puede interpretarse como una alegoría o símbolo de que alguien pone un velo sobre los ojos del pueblo.

Estos símbolos son sólo lo más básico y seguramente hay otros que no supe percibir (ejemplo: el agua que se va por la coladera es otro símbolo, según dijo Cuarón en entrevista en el canal E!). Pero casi todos están recargados en la segunda hora de la cinta. Por lo tanto, la película está desbalanceada: la primera parte es básicamente costumbrista y la segunda hora del filme es más bien simbolista o alegórica.

Supongamos que es usted, estimado lector, el feliz propietario de un dibujo de Diego Rivera, y de otro dibujo de Frida Kahlo. Ambos dibujos son obras maestras. Pero si usted toma una cinta adhesiva y une con ella los dos dibujos, no por eso tiene usted una obra de arte: siguen siendo dos dibujos, pero ahora unidos con “un Diurex”.

Lo mismo pasa con Roma: la parte costumbrista es buena y la parte alegórica también lo es. Pero son dos partes claramente distintas y el intento de Cuarón de unir ambas partes, es fallido. La parte 1 y la parte 2 se basan en recursos artísticos distintos y en un ritmo diferente (es rápida la segunda parte y muy lenta la primera).

Todo lo cual nos lleva a concluir que, si bien la cinta tiene momentos memorables, algunas buenas actuaciones y símbolos claros y bien logrados, la película en su conjunto no es una unidad y por tanto no es una obra maestra. Roma está compuesta de dos partes, pegadas “con Diurex”, es decir defectuosamente unidas.

Una verdadera obra de arte, según los cánones, debe ser una unidad. En el arte clásico, la obra es un todo armónico. En el arte moderno, es válida la ausencia de armonía, pero con una cierta lógica interna que le dé unidad a la obra. Sólo el llamado arte “postmoderno” admite la combinación de géneros, como por ejemplo el cuento y el poema en una sola obra. Aunque todo esto es un asunto muy complicado y digno de historiadores del arte…

Pero Roma es un solo género, se trata de un drama con tintes sociales y sus dos partes no están, como se mostró arriba, unidas de manera conveniente (tampoco es Roma un melodrama, pues no utiliza la música para inducir emociones). Roma está compuesta por dos partes mal unidas entre sí, lamentablemente.

A pesar de todo, la película vale la pena por sus símbolos, sus preocupaciones sociales y tomas magníficas en cuanto a su fotografía. Es una película mexicana importante. Pero sencillamente, una verdadera obra maestra no tiene fallas tan evidentes, como las aquí descritas. Roma es una buena película, pero resulta muy difícil sostener que estamos ante una gran obra maestra del séptimo arte. Siendo así ¿mereció ganar el premio Oscar?