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Endgame: la metáfora de la incertidumbre #NoSpoilerAlert (Relájate, no hay spoilers en este artículo)

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Boris Berenzon Gorn.

El 26 de mayo es el estreno oficial en México de Avengers: Endgame, la última de las películas de la saga de Marvel que concluye con poco más de una década de filmes que se han convertido no solamente en el referente obligado de jóvenes y fanáticos del estudio, sino en el entramado imaginario de una época que contiene un amplio simbolismo y trata, al menos de manera tangencial, de las problemáticas de nuestro momento histórico y de otras inherentes al ser humano.

Las películas de Marvel han evolucionado, pero muchos de los grandes hitos de occidente siguen presentes en sus escenas. Los estudios Universal se ha encargado de reproducir el imaginario del deber ser y los ideales, valores y problemas de la sociedad norteamericana, y en muchos sentidos del american dream que todavía persiste en Latinoamérica y otros países del tercer mundo (e incluso del primero) como el ideal del progreso. Cada uno de los superhéroes de Marvel es un constructo de identidad que conduce al conflicto existencial, atraviesa el problema del poder, produce cuestionamientos éticos y hasta ontológicos. La construcción de los personajes no es inocente, su elección no es fortuita.

El gran Capitán América que porta en su cuerpo la bandera de los Estados Unidos y es el representante vencedor de la mítica Segunda Guerra Mundial, librada contra los enemigos más temibles y poderosos que conoce el mundo, los nazis; y su constructo metafórico, la gente de Hydra, es el portador de la idea de la guerra justa dentro de un horizonte de conflictos bélicos como el que vivimos, donde Estados Unidos sigue jugando un papel preponderante. Aunque suene exagerado, el Capitán América es completamente agustiniano, seguidor de las misivas de la guerra justa que los norteamericanos recuperaron como estandarte para legitimar sus intervenciones en los conflictos según el derecho internacional.

Capitán no porta un arma, su símbolo es un instrumento de defensa. El escudo de vibranium construido por Howard Stark constituye el símbolo de una guerra que sólo será legítima si es defensiva, para protegerse a sí mismo o a un tercero. Esa ha sido la justificación de las terribles guerras en occidente prácticamente desde la Edad Media, y sigue siendo el discurso norteamericano en el imaginario colectivo. En este sentido, la guerra es un medio, no un fin en sí mismo, y por lo tanto su ejecución es noble y valiente a pesar de las pérdidas humanas que pueda implicar. Capitana Marvel apareció este año y es digna representante de las luchas por la equidad de género, no sin cierto aire rebelde, pero aún sin perder ideal nacional norteamericano trayendo consigo un conjunto de principios que se pueden extrapolar al mundo entero. El papel retroactivo de su aparición le dota de una fuerza inusitada y de un poder tan tremendo que hace parecer un juego de niños al resto del universo Marvel.

Cuando The Avengers vio la luz en 2012, fueron comunes las críticas sobre cómo la mujer desempeñaba un papel sexualizado e inferior al de los grandes superhéroes que la acompañaban. Capitana Marvel representa dignamente la equidad de género, pues no es su belleza sino su talento y constancia lo que la convierten en heroína. La belleza de Scarlett Johansson representando a Black Widow en la aparición de la primera película de Avengers, estaba claramente acentuada por un pegado traje de cuero e intensificada por las extraordinarias dotes (siempre humanas) que la espía mostraba junto con su compañero Hawkeye. Pero parecía que el poder real, el económico e intelectual de Iron Man, el de los dioses de Thor y su hermano, o el justiciero del Capitán América le estaba vetado por su condición femenina. Las películas se fueron transformando, fortaleciendo el papel de Wanda Maximoffy o radicalizando el de capitana Marvel, lo que, si bien no hace justicia a las féminas del mundo, representa toda una época de cambios.

Marvel es un universo de dolor: no son pocos los desamores que se viven en nombre del bien, los padres asesinados o muertos, las transformaciones físicas dolorosas a enfrentar para alcanzar el heroísmo. Es una lucha por el dominio de la propia individualidad, el conflicto ético entre la libertad y la ley que pasa de la vida personal a la de las naciones. Bruce Banner es esclavo y amo de sus propias emociones (hasta parece que todos llevamos un Hulk dentro) y su logro es hacer de su debilidad su mayor fuente de poder. Civil War refleja las tensiones entre la libertad y la justicia, los desencuentros entre los sistemas jurídicos nacionales y los conflictos de derecho internacional donde el bien y el mal no son un problema de fácil respuesta; mientras que los grandes males de la humanidad que Thanos resuelve eliminando a la mitad del universo, recuerdan a Malthus al pronosticar el final de la especie a consecuencia del incremento geométrico de la población.

Marvel reflejó (quizá en gran medida inconscientemente), el contenido simbólico de su momento histórico con una mirada sociológica compleja y en muchos sentidos, contradictoria. Las modificaciones del papel de la mujer, por ejemplo, demuestran que el contenido de la saga enfrentó las tensiones de una realidad con la que tuvo que encontrarse dialécticamente y ceder ante un público que, si bien busca siempre la satisfacción que proporcionan las historias heroicas, simples y predecibles, también vive en conflicto consigo mismo en la necesidad de hallar en el devenir un destino exitoso con, al menos, un principio y un fin inventados. Sí, inventados, como lo son en última instancia todas las narraciones que los seres humanos hemos hecho ya sea cantando, escribiendo o actuándonos a nosotros mismos. En cierta medida el cine refleja el mito de nuestra propia existencia.

Manchamanteles

“Sin maíz, no hay país” gritan los miembros de la organización del mismo nombre, siempre en defensa del alimento base de nuestra cultura mexicana cuya desaparición pondría en jaque al mundo entero. “Sin maíz no hay país”, pero eso lo olvidan los promotores del monocultivo, de la desaparición de la diversidad de las especies y quienes destruyen el ambiente y compran y venden la tierra como si no fuéramos más que seres ínfimos en la vida del universo. Pero “sin maíz, no hay país”; aunque pretendieron cosificar la naturaleza olvidando la tradición de la milpa y el huerto, modelos amables con el medioambiente, como lo ha dicho fuerte y claro Cristina Barros, algunas veces con paciencia y otras con inevitable firmeza, porque lo que está en juego es la salud y la vida de los mexicanos. Y así, porque sin maíz no hay ni habrá país, apoyemos la lucha de la organización con el mismo nombre y recordemos que si no hay país, tampoco habrá mexicanos.

Narciso el obsceno

Mi querida Marissa Rivera, con quien comparto felizmente el espacio de estas páginas, me ha llamado al orden y a la mesura con su característico tono cargado de intuición femenina, provocación y asertividad. Su llamada me sirvió para darme cuenta de que la sexualidad vista desde la vulgaridad se vuelve un atisbo del vacío. El narcisismo nos enseña que las relaciones amorosas ponen en juego todas las fantasías en las que se sostiene la identidad intersubjetiva. Ya Lacan decía que la mejor relación es la que sigue, la que todavía no llega, por lo que se atrevió a afirmar que “la relación sexual no existe”. ¡Fuertes declaraciones! Saber atravesar ese momento, el que transcurre hasta la próxima vez, es el saber propio de lo femenino en el lance de la seducción. En este proceso, la mujer convoca y se sabe el eje del deseo del cortejador, consciente de que lo que le promete al Yo es la muerte. Sólo, si lo logra, el deseo narcisista atraviesa el Fantasma. Si fracasa, el amante es apresado en el juego convexo del espejismo y allí una vez más puede elegir traspasar la alegoría de la pasión o ser derrotado.