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Chente Fernández y la comedia de la intolerancia

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Boris Berenzon Gorn.

Han pasado décadas desde que en México empezamos a escuchar las palabras discriminación y tolerancia en los discursos políticos y en los medios de comunicación. Aunque parece que fue ayer, fue hace casi veinte años cuando el célebre político puso de moda el tan malinterpretado discurso con perspectiva de género, el de “mexicanas y mexicanos”, abriendo una nueva etapa para la esfera pública mexicana, una en la que dar el gatazo de inclusión y mínimo respeto hacia todos los grupos sociales empezaría a ser importante, aunque fuera sólo por guardar las apariencias y no se cultivara el fondo. Esta pose se ha sostenido más bien con enojo y con muy pocas ganas, más por imitar al vecino del norte que por provocar un verdadero cambio social. Aunque los años pasen, hay que reconocer que estamos a muchas décadas de construir un México respetuoso con la diferencia y que la intolerancia, cuando no nos sorprende y asquea con sus consecuencias violentas, puede resultar sumamente irrisoria de tan absurda.

No cabe duda de que la intolerancia puede causar la muerte, pero no sólo de quienes sufren sus consecuencias, sino también de quienes la ejercen. Y para muestra un botón: poniendo el ejemplo, tenemos a nuestra tradicional imagen del macho alfa mexicano, Vicente Fernández, dándonos una cátedra sobre cómo sostener prejuicios absurdos así en la salud como en la enfermedad. El rey de las rancheras, y padre del famoso Potrillo, declaró hace unos días que en 2012 se dio el lujo de rechazar un trasplante de hígado porque no fuera a ser que el órgano se apoderara de él o cambiara su esencia, como en aquel episodio de Los Simpsons en el que Homero recibe un injerto de cabello que termina por apoderarse de su cerebro y de sus actos. En entrevista con la emisión Primera Mano de Imagen Televisión, “Chente” aseguró que, a pesar del cáncer que tenía entonces, rechazó el trasplante por “miedo” a que el órgano hubiera pertenecido antes a una persona homosexual o usuaria de drogas: “Cuando me lo dijeron interrumpí la gira. Me quisieron poner el hígado de otro cabrón y dije no amigo, yo no me voy a ir a dormir con mi mujer con el órgano de otro güey, ni sé si era homosexual o drogadicto“. Chente, como miles de mexicanos, preferiría llevarse sus prejuicios hasta la muerte, aunque eliminarlos pudiera salvarle la vida. ¿Qué diferencia el hígado de una persona homosexual del de una heterosexual? ¿Quién podría notar esa insalvable distinción?

Las concepciones mágicas que los mexicanos tenemos sobre las personas a quienes consideramos diferentes no se limitan a Chente ni a los hígados de los homosexuales. De acuerdo con el famoso Conapred, en la patria de los Fernández un enorme número de personas siguen sosteniendo ideas absurdas como que la mayoría de las personas jóvenes, sólo por el hecho de ser jóvenes, son irresponsables (más del 60% lo afirma), o que el “permitir” más religiones en el país va a ser la causa directa de más conflictos sociales (casi el 45% de los mexicanos creen en esta joya trumpiana). Para la tranquilidad del capital, sus bases ideológicas siguen muy bien cimentadas en el país, dado que cuatro de cada diez mexicanos piensan que los pobres son pobres porque “se esfuerzan poco” por salir de su situación. Otra joya: uno de cada tres mexicanos piensa que las personas indígenas son pobres debido a su cultura y no por una serie de obstáculos estructurales que les impiden acceder a la educación, al trabajo y al “emprendedurismo” que ha llevado a los de apellido de abolengo a construir emporios enteros empezando “de la nada” con el sólo impulso de la “cultura del esfuerzo”. Así de ridícula es nuestra postura frente a la otredad, y también así de conveniente. Porque ¿cuándo ha existido un oprimido sin existir un opresor?

Y como en todos lados se cuecen habas, ya entrados en estos temas, se vuelve imperante pasar tijera por nuestro vecino del norte, donde la intolerancia se ha hecho el pan de cada día desde la llegada de Trump. No que antes no lo fuera, pero ahora parece haberse desbocado. La intolerancia, sin embargo, no siempre tiene buena acogida en tierras extranjeras, donde los actos rupestres de rechazar un trasplante de hígado porque “quién sabe de quién haya sido, no me vaya a pegar lo gay y luego cómo duermo con mi esposa” parecen no tener lugar. Es así que Irlanda acaba de estrenar una ley que aprobó en 1999 para impedir la entrada de personas no deseadas en su territorio. Todo fue gracias al ministro de culto Steven L. Anderson, un pastor antisemita y homofóbico, que pensaba honrarlos con su visita. Más de 14 mil personas pidieron a su gobierno que les evitara la pena de escuchar sus alegatos medievales y su gobierno (sí, hay lugares del mundo donde eso ocurre) los escuchó. Ahora, el predicador de la Iglesia Bautista de la Palabra Fiel, conocido por haber hecho públicos sus rezos por la muerte de Obama en 2009, no puede entrar a Irlanda como tampoco puede hacerlo a los Países Bajos, a Sudáfrica y al Reino Unido.

Así las cosas, de uno y otro lado del potencial muro de Trump. ¿Para qué pelear? Si nos unen los mismos odios.

Manchamanteles

Un día como hoy pero de 1875 nació en Lima, el poeta peruano José Santos Chocano, al que le solían decir el “Cantor de América”, en una clara alusión a la defensa de los pueblos originarios y su clara batalla contra el “imperialismo” y finalmente su pregunta sobre el mestizaje como se observa en su clásico poema: (Blasón) Soy el cantor de América autóctono y salvaje/mi lira tiene un alma, mi canto un ideal/Mi verso no se mece colgado de un ramaje/con vaivén pausado de hamaca tropical/Cuando me siento inca, le rindo vasallaje/al Sol, que me da el cetro de su poder real;/cuando me siento hispano y evoco el coloniaje/parecen mis estrofas trompetas de cristal.

Narciso El Obsceno

El historiador Robert Danton, señala en su texto Sexo para Pensar, que la pornografía nació como un acto vanguardista y revolucionario de la feminidad, una ruptura con el modelo machista de la sexualidad. Hoy, de ser uno de los grandes refinamientos de la provocación, se ha convertido en una caricatura grotesca del mal llamado “negocio de la sexualidad”. Lo cierto es que, basados en el narcisismo, la pornografía ahora muestra como nueva vanguardia la falta de pudor y la ausencia de creatividad: el solipsismo de amar.