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Jorge Miguel Ramírez Pérez.

Hace dos días falleció la actriz Doris Day, a la edad de 97 años. Muchos ya no la recuerdan y muchos más no la vieron en la pantalla porque son de generaciones posteriores. Pero Doris Day no fue una artista del drama cualquiera, en realidad, la rubia fue la quintaesencia del sueño americano, personificando los anhelos de ese ideal, que ocupó un lugar preminente en las mentes y las metas de vida de los habitantes de la segunda parte del siglo XX; no sólo de las mujeres y hombres de la posguerra, sino en el horizonte de muchos, que desde diversas comunidades y países, incluso distantes a Estados Unidos, acariciaban vivir el sueño americano que la actriz protagonizaba.

El mundo de la Doris era un mundo cómodo, ordenado, unifamiliar, habitado en una casa impecable, jardinada, con solo auto; un esposo cariñoso, a la vez de padre paciente, positivo, ascendiendo en su empleo. Ella, una esposa mejor educada, simpática, hacendosa, siempre bien acicalada e hijos obedientes y limpios. ¡Hágame el favor de imaginar semejante visión utópica, que el planeta después de los desastres de la segunda guerra, claro, que ansiaba vivir!

El american dream, en sí, se forjó en muchas etapas de la historia idealista de los Estados Unidos. En los primeros años de independencia, los sueños estaban en torno a los anhelos libertarios, en tener una propiedad para defender con el revolver como protagonizaba el mítico John Wayne. A mediados del siglo XIX, con las grandes oleadas de inmigrantes europeos, irlandeses e italianos principalmente, los que llegaban a buscar sueños, iban agobiados por las hambrunas del último cuarto de ese siglo, en sus lugares de origen. Se sumaron al sueño bajo la divisa de un nuevo comienzo, en una tierra que se convertía en una promesa de oportunidades.

Pero nunca el sueño fue tan exaltado, como lo fue al término de la segunda guerra mundial, donde la nación estadounidense, en consonancia a ese patrón, emergía como un coloso que iba a pelo de su imagen; en la que se fundían las comodidades con las técnicas que las hacían domésticas y el orden que presuponía el “empleo pleno”. Fue en los años 50s y 60s cuando el sueño americano prácticamente quedó terminado como modelo social aspiracional.

El modelo pregonaba una moral secularizada sin Dios, donde todos se “portaban bien”. Kennedy le dio el golpe de timón al prohibir la oración matutina en las escuelas. Aún con todo, el sueño no se perdía en el horizonte cercano.

No hacía falta nada para lograrlo. A todo estadounidense blanco, de origen “caucásico”, le tenía que llegar en algún momento de su vida, la entrada a ese “paraíso de consumo”. El modelo empezó a tener fisuras en Woodstock y el día en que cayeron las Torres Gemelas se derrumbó también el paradigma en su forma ideal, dando fin a lo que había sido su mejor etapa.

El american dream sigue, pero no igual. Muchos quieren entrar todavía, aunque tengan que ir a combatir a al otro lado del mundo o asaltar muros electrificados, para alcanzar un cacho de ese sueño… que resulta ser desde el arranque, más bien, en una suerte infame, que se ha convertido en una pesadilla inacabable.

Pero la desesperación no debe hacer presa a los inconstantes, porque no sólo hay un american dream que perseguir, incluso morir. Hay también un mexican dream, de entrada, sin tantos vuelos, ¡pero parece mejor! decía mi amigo checo, Jiri Skalicky .

¡El sueño mexicano no tiene límites ni materiales, ni morales! No tiene restricciones raciales, ni educacionales; de la civilización hace mofa; carece de horarios; desconoce el orden y las leyes son objeto de interpretación flexible.

Es un sueño, el mexicano, donde los esclavos, pantuflas, ayudantes, aduladores, sicarios e inútiles leales, forman un séquito rajásico que aspira a la incondicionalidad con elementos clave y variopintos, que esperan una oportunidad o fechoría para ascender. La mentira se explica en virtud de que sirva eficazmente para el engaño. Si no tiene esa ventaja, existe como tal, en cambio si tiene éxito se admira como una inteligente demostración de astucia.

El mexican dream tiene a la familia propia, la instalada en los beneficios del poder, ponderada en extremo. Es intocable y su derecho es pisotear los derechos ajenos, como medida de lo alcanzado. De los hijos se pide se les reconozca como abusones y vengativos; nunca se les cuestiona su verdadera capacidad intelectual de las ciencias y las disciplinas escolares. Son considerados por los amorosos padres como víctimas potenciales de otros menos favorecidos, con sueños truncados, como los mentores.

Para las mujeres lo que quieran, menos respeto. Solo a la matriarca se le quiere.

Carros destrozados por choques de capricho para acalambrar al séquito. Casas grandes, muy grandes, más bien habitadas por sirvientes, sus familias y animales exóticos.

Pero lo mejor del mexican dream son las fiestas donde hay de todo mucho, hasta saciarse. Comida, trago, mucha música, perico y más drogas; y otra fiesta, para los de confianza, “after hours” para culminar excesos.

Desde esa óptica hedonista bien dice mi amigo: no hay competencia.

De modo que, si los que los que van rumbo al american dream en el camino saben, o ven aunque sea de lejos el mexican dream van a querer correr el riesgo de escalar por la escarpada pirámide, donde muy pocos se sostienen; porque en medio de tanto jolgorio, las traiciones son las que sobresalen.