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1994: del uso faccioso de la historia y la comercialización del héroe

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Boris Berenzon Gorn

Hace poco se estrenó la miniserie documental 1994, que cuenta con cinco capítulos del alrededor de 50 minutos cada uno y se centra en la campaña y muerte de Luis Donaldo Colosio. ¿Cuál es la historia que se reproduce? El entramado es el de una historia sesgada que sirve, claramente, a fines políticos. Recupera la vieja misiva de que la historia la escriben los vencedores, y en este caso, los vencedores son todos los presentes, siendo la ausencia una manera de acallar y modificar el pasado a modo.

La historia que narra este minidrama documental es la de una trama que ofende: claramente sesgada, inverosímil y en muchos momentos hasta absurda. Es la historia de un Carlos Salinas triunfante, que narra su victoria sentado en la exoneración de su hermano, incluso cuando éste último reconoce que los procesos judiciales en su contra fueron irregulares. Salinas ocupa también una de las portadas que se ofertan en la miniserie, como aludiendo a la reivindicación del rostro del único manejador de los acontecimientos políticos. Asemeja él mismo una figura desdibujada del Maquiavelo que cita y que lo pone en el lugar de un “reformador”, uno que además transformó la historia, pero sin cargar con la responsabilidad.

El retrato que la narrativa hace de Colosio resulta acartonado e ingenuo, víctima de su propia bondad. Se le arrebata toda inteligencia y estrategia y se le convierte en una figura mítica. No se reconoce en él más que al ser virtuoso, al ser armónico y transformador que fue silenciado no por un sistema, sino por un país que no estaba preparado para el cambio, para la justicia; por un gobierno incompetente que fue incapaz de encontrar al culpable, ¿lo hubo? La serie  no lo deja claro y transita entre las hipótesis de conspiración exagerada y la incapacidad de Zedillo y su gobierno. La serie además juega cruelmente con los rostros de la esposa e hijo, transforma la desgracia en su bandera argumentativa y construye la historia de un héroe que en esa narrativa sólo lo fue por haber muerto. De su proyecto, trabajo y experiencia se dice poco, más bien de una forma caricaturizada que no conecta con la realidad de lo que en su momento representó. Colosio es todo el tiempo el bienhechor muerto, un hombre irreal, sin historia, sin logros precisos, sin su verdadero rostro, sin pasiones ni demonios.

Por otro lado, la crisis económica se presenta vaga y sin sabor, su principal responsable según la serie, (Zedillo también, ¿sorprende?) se enfoca en su resolución y olvida la seguridad nacional y su compromiso con la verdad. No se lee en su desarrollo que el mismísimo programa de ‘solidaridad’ representaba un parche mal pegado a los problemas reales de pobreza y desigualdad que se sumían en la larga duración; que el sistema político había sido herido también y de manera mucho más contundente después de 1968 y carecía de legitimidad; que la crisis afectaba penosamente a las familias y que Salinas se lavó las manos y quiso coronarse como el hombre de la modernidad económica dejando toda la responsabilidad al siguiente sexenio. Salinas aparece como el hombre sensato del cambio que hizo el favor de no asesinar a tantos indígenas como parecía necesario.

Pero uno de los rostros más desastrosos del documental es el de la guerrilla zapatista. La sugerencia de que Manuel Camacho fue el mayor beneficiado del estallido no sólo encoje las realidades históricas de la región, sino que las hace claramente inmanejables y confusas. Ante la pantalla habla un Subcomandante Marcos acabado, derrotado y que no representa la lucha de su pueblo. Un personaje batido en el recuerdo que jamás reivindica la dignidad zapatista. No se habla de la forma en que la lucha zapatista pervivió por muchos años más, de las varias declaraciones de la Selva Lacandona, de la Otra Campaña o de Marichuy, de los acuerdos de San Andrés. El olvido, miseria y violencia de la región se difuminan, y la muerte de zapatistas apenas causa alguna clase de reacción a diferencia de las desgracias de los grandes personajes que la serie prefiere recuperar.

1994 es una historia hecha a modo que además olvida muchos testimonios importantes. El primero y obvio es el presidente Zedillo, así como de Liébano Sáenz, quien sólo aparece en la famosa escena en que da la noticia del deceso de Colosio. Se extrañan las entrevistas a José Córdoba Montoya Diego Valadés, y Miguel Montes; y sin duda hubiera sido fundamental la presencia de Don Samuel Ruíz y en cambio resultan chocantes o francamente innecesarios los de Talina Fernández, Gael García o Carmen Aristegui, a quien se incluye por un fallido intento de crítica, pero no se le dan más de cinco minutos. La narrativa es comercial y juega con la emotividad de manera vulgar y absurda. Quizá la pregunta más importante es saber por qué a Salinas le interesó aparecer como el testigo más prominente de una historia donde él resulta hasta víctima. ¿Será acaso un intento del innombrable por recuperar su apelativo? ¿O será un intento por narrarse a sí mismo una nueva historia para llenar las insatisfacciones de su propio devenir?

Manchamanteles

También en 1994 se publicó la famosa novela Del amor y otros demonios de Gabriel García Márquez; se popularizó el uso del internet; Nirvana ofreció su última actuación; la primera consola de PlayStation fue lanzada a la venta; Kenzabur? ?e ganó el premio nobel de literatura; Caifanes grabó El nervio del volcán y la telenovela Dos mujeres un camino se reproducía en los hogares mexicanos, para enajenarlos solo un poco de la dolorosa situación económica y violenta que vivía el país.

Narciso el Obsceno

Lo dijo Ortega y Gasset: “Lo característico del momento es que el alma vulgar, sabiéndose vulgar, tiene el denuedo de afirmar el derecho de la vulgaridad y lo impone donde quiera… Quien no sea como todo el mundo, quien no piense como todo el mundo, corre el riesgo de ser eliminado.” Quizá Narciso es el único que no es como todo el mundo y cree tener el derecho de eliminar a quien tampoco lo es.