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Marinos, víctimas de los incendios “inventados”

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Ethel Riquelme.

San Ciro de Acosta es un poblado al sur  de San Luis Potosí donde sólo se puede llegar en vehículo de tres y media toneladas, a cinco horas de cualquier otro lugar; es el último antes de introducirse a lo más agreste de la Sierra Gorda, colindante con Querétaro, y donde se instalará el campamento de búsqueda y rescate de los tripulantes del helicóptero de la Secretaría de Marina que trabajaba para apagar el fuego que arrasaba la reserva de la biósfera, esos incendios que para seguidores de la 4T son “inventos”.

Las posibles coordenadas donde se ubicó el accidente ni siquiera están cerca al pueblo, pero no hay otro lugar posible para partir a la tarea que será una de las más lastimosas que tengan memoria las Secretarías de Marina y Defensa y, de la cual, los cuerpos de rescate calculan que sería muy difícil encontrar sobrevivientes y podrían tardar varios días en localizar, pero quizá nunca rescatar los cuerpos.

Los accidentes aéreos que ahí se han suscitado han llevado hasta una semana para localización debido a las condiciones del terreno. No es posible, a pesar de las órdenes y deseos de funcionarios –de todos los niveles, federales y de los estados aledaños– entrar con otras aeronaves debido a los vientos, a las columnas de humo dejadas por los incendios e impiden la visibilidad, o por las lluvias que han empezado a presentarse en la zona y que hacen muy peligroso volar o transitar el camino por terracería.

Ayer, anoche y durante muchas horas de espera, elementos de las Secretaria de Marina, Defensa y cuerpos nacionales de rescate esperaban con verdadera angustia, las instrucciones para iniciar al ascenso por la ruta conocida como la entrada de San Ciro. Es el camino hacia los picos y cerros de la Sierra Gorda donde se sitúa la posible caída del helicóptero de fabricación rusa de la Semar cuando se perdió contacto por instrumentos.

Por esta ruta, se llega únicamente a pie a la parte de la reserva de la biósfera Sierra Gorda que alcanza altitudes de 1,400 a 1,500 metros sobre el nivel del mar, particularmente los cerros Bola, Jalapa, Chontel y La Palma donde se considera que pudo haberse registrado el accidente dados los antecedentes aéreos suscitados en el pasado, aseguran rescatistas.

Ése es el camino que los pilotos del helicóptero MI-17 tomaban en sus muchas vueltas para llenar su helibalde con las aguas de los tres ríos que cruzan el municipio: el Río Verde, el río Santa María y el río Vaqueros y regresar a la punta de los picos para apagar el incendio que consumía la reserva desde hace una semana.

Así, es como se perdió la aeronave y las tesis abundan. La indignación crece y la esperanza apenas comienza en un lugar, dicen los propios pobladores, que es “muy difícil” para internarse.

De nuevo los militares, de nuevo los marinos, de nuevo en la primera línea de solución para problemas que se pudieron haber evitado, otra vez al frente de respuestas que deben surgir del mando civil, de nuevo convertidos en lo que no son, en bomberos con baldes aéreos, cada vez con menos equipo y menor presupuesto.

Trataban de salvar de los incendios a la reserva de la biósfera de la Sierra Gorda, la herencia de cientos de comunidades, de los estados del centro del país, a sus especies de coyote, venado cola blanca, liebre, tejón, jabalí, víbora, gavilán, zopilote, tecolote, entre otros y sus endémicas piezas de flora.

Incendios que para seguidores y fanáticos de Andrés Manuel López Obrador son “inventos” de sus enemigos, de sus detractores y del hampa de la prensa.

Y aunque AMLO tuvo que admitir su existencia al llamar a un homenaje a los marinos de la tripulación, tampoco esta vez fue cauto, protocolario, ni bueno al mando. Que el comandante supremo de las fuerzas armadas convoque a guardar un minuto de silencio sin esperar ni respetar las labores de rescate que apenas comienzan,  es un enorme golpe a la dignidad militar y de corporaciones de ayuda. Uno más.