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La corte de los milagros mañanera

Jorge Miguel Ramírez Pérez.

Muchas interpretaciones alegóricas ha tenido la leyenda de “La corte de los milagros de París” en la Edad Media. Su origen se remonta al barrio de Les Halles donde en la noche “sanaban” en jolgorio, los que en la mañana se hacían pasar por mendigos, ciegos y cojos. A la vez, la corte era un centro de acuerdos de la marginalidad parisina, en ella, el hampa hacía de gobierno de los desfavorecidos y parodiaba burlonamente las ineficacias y las banalidades protocolarias de los gobernantes formales. Víctor Hugo, Del Valle-Inclán y Zevaco se inspiraron, entre otros, de ese pasaje evocador de la historia francesa.

Para no quedar atrás, en las figuras literarias, México, todas las mañanas se aplica en una versión propia, de algo que bien pudiera remitirnos a imaginar algunos episodios arrancados de una suerte de corte, donde milagrosamente, se plantea de todo y se pueden resolver todo.

En eso han convertido las conferencias mañaneras, en las que se informa de detalles desconocidos de las decisiones presidenciales; sus razonamientos y sustento, hasta filosófico o histórico “a modo”; como de consejería espiritual, donde se apela a la buena conducta de los malandros y criminales; como de soluciones vario pintas: plantas de fertilizantes, precios de las gasolinas, ética educacional, señalamientos a los jueces y toda una miscelánea de exposiciones de cooperativas y sindicatos; y hasta la defensa a los colaboradores, que siguen a rajatabla las instrucciones de exhibir a comunicadores favoritos del viejo régimen.

Todo cabe en la corte matutina.

¡Es una maravilla!, ¡allí, sí se hacen milagros de todos y para todos!

En ese esquema como que salen sobrando las pastosas lentitudes de los secretarios temáticos, ya no secretarios de gabinete, que se entiende, no pueden tomar ni media decisión que no haya sido ventilada en esta maravillosa estancia; donde si acaso, desfilan los que tengan agendado un tema; que previo el consabido: “con su permiso señor…” presentan parcialidades de problemas mayores.

Las normas, los reglamentos se volvieron secundarios o irrelevantes; en realidad la administración se simplificó. Al fin se logró el sueño de los teóricos de la administración pública: una caja negra de decisiones, el salón Tesorería de Palacio; una caja de autorizaciones, la de la experta en matemáticas, con criterio únicamente numérico, la señora Raquel Buenorrostro, en el papel de tesorera de la corte; y un cuello de botella, Carlos Urzúa, para quien toda la administración no sólo está corrompida, sino que estorba. Todo lo demás está parado, no se mueve, ni hay para cuándo se mueva. La esperanza, es agendar algo en la mañaneras.

Hasta Ricardo Rocha obtuvo algo lejanamente parecido a disculpas. ¡Fue un milagro! Pero nada más.

Nadie se puede quejar de que el mismísimo presidente no trate los asuntos, ahora lo único que necesitan los ciudadanos es un salvoconducto, es decir, un periodista patito o no, para que sea el tribuno que lleve su asunto al gran salón de la Tesorería. Y si no se tiene ese padrino, el asunto no existe.

Entran y salen de las oficinas como la SEMARNAT y no pasa nada, porque ninguno hace nada; ni los que por genética burocrática esperaban hiciera algo la señora Josefa; ni los conspiradores de tiempo completo, que propusieron al improvisado Toledo, que hace menjurjes con la ecología y los zapatistas como ingredientes base, para resolver las quemazones, el sargazo y la contaminación de la capital.

¿Será que todo es fácil?