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El despropósito de la austeridad a rajatabla

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Alejandro Rodríguez Cortés*.

En medio de una grave crisis diplomática y comercial entre México y Estados Unidos, emerge claro y diáfano un ejemplo aparentemente trivial pero muy revelador del sinsentido de la llamada “austeridad republicana”.

A la instrucción presidencial de trasladarse inmediatamente a Washington para atender la grave amenaza arancelaria de Donald Trump, siguió un penoso mensaje vía Twitter del canciller Marcelo Ebrard, por el que nos dimos cuenta que viajaría a la capital norteamericana con una escala en Houston.

Pero no había nada de qué preocuparse. Había suficiente tiempo para una trascendental “selfie” y hasta para hablar por teléfono con su homólogo Mike Pompeo (quien por cierto ni siquiera se encontraba en los Estados Unidos). Gran eficacia para atender una urgencia nacional, ¿no creen?

Y mientras se gastan miles de dólares por tener en tierra el avión presidencial que no lo puede vender ni Obama, porque está arrendado, así como la flota de aviones de la Fuerza Aérea Mexicana destinada al justificable traslado eficaz de altos funcionarios, el responsable de la relación de nuestro país con el mundo debe tomar un vuelo comercial con escalas para llegar a su destino.

¿Cuánto vale el tiempo de un Secretario de Relaciones Exteriores? ¿No es absurdo emplear la hora previa (si bien le va) antes de tomar el vuelo, las 2 horas y media de trayecto a Houston, más un tiempo similar de escala y otro más de viaje hasta Washington? ¡Más de 8 horas en el mejor de los casos, cuando un traslado directo toma la mitad de eso!

No es cosa menor. Y no hablamos de la comodidad del funcionario sino de eficacia y capacidad de respuesta, de mantenerse comunicado, de estar rápido donde deba estar. En todo el mundo, funcionarios de altas responsabilidades pueden disponer de aeronaves oficiales cuyo gasto es claramente justificable.

Pero el gobierno de México se aferra a los prejuicios que suprimen cualquier símbolo que pueda suponer despilfarro -que lo ha habido, y mucho- aunque en este caso derive en un franco deterioro en el accionar gubernamental y en el cumplimiento cabal de sus obligaciones fundamentales.

Es, repito, un despropósito confundir austeridad con supuestos ahorros malentendidos que solo desembocan en una ridícula ineficacia, en innecesarios riesgos para la seguridad de los altos dignatarios del Estado mexicano. Mala decisión que nos convierte en un gobierno artítrico, pero -eso sí- austero y hasta franciscanamente pobre.

No es más importante este ejemplo que otras lamentabilísimas consecuencias de la austeridad lopezobradorista. No hay que olvidar múltiples casos como la suspensión de las estancias infantiles, el desmantelamiento de centros de investigación científica, la pérdida de talento humano y el desabasto de medicinas o la escandalosa desatención médica a pacientes con enfermedades crónicas, entre otros.

Pero el periplo de Ebrard, por lo aparentemente trivial o anecdótico, es una clara muestra del error de privilegiar la propaganda sobre los resultados de gobierno. De que gobernar es mucho más que hacerse parecer austero, de “quitar de aquí para poner allá”, de recortar presupuestos en forma indiscriminada sin medir alcances ni consecuencias.

El mismo argumento ramplón de la austeridad impedirá al presidente López Obrador a ir a Japón y aprovechar su asiento en el G20 para hacerse presente y defender a México de los embates del vecino del norte.

Y si llegara a cambiar de opinión perderá muchas más horas (el valioso tiempo de un jefe de Estado y de Gobierno), que las dilapidadas por el canciller Ebrard, aunque veamos en Twitter simpáticas imágenes de un ilustre pasajero en tránsito, haciendo tiempo en el duty free de algún aeropuerto de conexión.

Gastar menos no es gastar bien. Y lo barato sale caro.

*Periodista, comunicador y publirrelacionista

@AlexRdgz