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Contra el monopolio de los gigantes tecnológicos

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Boris Berenzon Gorn.

Desde sus primeros momentos, la web 2.0 modificó a profundidad muchos de los paradigmas que teníamos sobre la comunicación. Entregándonos primero la promesa de la democratización de los medios y de la concreción de proyectos asombrosos, como la formación de la enciclopedia más extensa nunca antes vista por la humanidad, y desilusionándonos después con la capitalización de esas ilusiones por parte de los grandes mercaderes, la web social ha generado numerosos cambios en las formas en que entendemos la información y las noticias, así como en las vías a través de las cuales éstas corren y las distorsiones que sufren en el camino. Aunque difiramos con las posturas que se alinean con la “mitología de la liberación”, que pretende hacernos creer que antes de la web 2.0 estábamos prácticamente en la prehistoria, es necesario reconocer las transformaciones que efectivamente sucedieron a partir del surgimiento de ésta, no para vanagloriarnos, sino para alertar sobre los huecos que estas alteraciones han dejado a su paso. El más visible es uno que el Congreso de los Estados Unidos han tenido en la mira durante los últimos meses: no sólo nuestra información privada está en manos de unos cuantos empresarios, sino que todo el mercado digital se encuentra dominado por los mismos.

Ningún Estado fue capaz de creer todos los vacíos que dejaría el encumbramiento de la web 2.0. Las leyes se han quedado cortas, lo mismo para regular los contenidos que se comparten a través de las redes sociales que para garantizarle a la ciudadanía derechos tan importantes como el olvido, el acceso a la información (con todas las características necesarias para que éste se cumpla) y la protección de datos personales. En función de la competencia entre las empresas y los gigantes tecnológicos, las leyes e instituciones han resultado igual de insuficientes. Este fenómeno no sólo sucede en países como el nuestro, donde poco se hace por arbitrar los alcances de titanes como Google, sino también en Europa y en Estados Unidos, donde cada paso y cada juicio ha resultado determinante para el futuro de la web 2.0 y para la actualización que podrá tener el resto del mundo en lo sucesivo.

La semana pasada se dio a conocer que la Comisión Federal de Comercio del Congreso estadounidense, así como el Departamento de Justicia del mismo país, estaría investigando a Facebook, Google, Apple y Amazon por posibles violaciones a la Ley Antimonopolio. Sabemos que estas compañías, particularmente la dirigida por Mark Zuckerberg, han estado en la mira desde el escándalo de Cambridge Analytica, en el que los datos de millones de usuarios de la red social fueron vendidos sin su consentimiento. Aunque nada garantiza de momento que estas investigaciones se abran de manera definitiva, la noticia sacudió a Wall Street, donde las compañías enfrentaron grandes pérdidas. Esta investigación se uniría a los esfuerzos que tanto en Estados Unidos como en la Unión Europea se han llevado a cabo para impedir los comportamientos monopólicos de los gigantes de la tecnología. El panorama en los EE. UU. podría endurecerse si la senadora Elizabeth Warren, precandidata a la presidencia por el Partido Demócrata, lo sigue poniendo en la mesa en la carrera hacia la Casa Blanca.

Para comprender el fenómeno contra el cual se está luchando (las actividades monopólicas de los gigantes tecnológicos), es necesario separar la imagen que tenemos de estas empresas de la ilusión tan idealizada que tenemos de la web 2.0. Es decir, que podemos creer o no creer que la web social es una maravilla o un desastre, pero tenemos que separar este juicio del hecho de que las grandes compañías tecnológicas se han adueñado del mercado digital y han desfavorecido la libre competencia sin que ningún gobierno meta las manos si no es para aplaudir. Mantengamos el ojo en lo que pueda pasar en el Congreso estadounidense, donde podría sentarse un precedente importante contra monopolios como Facebook y Google.

Manchamanteles: Las voces del jueves de Corpus (parte 1 de 2)

A 48 años de la matanza del jueves de Corpus, también conocida como “el Halconazo”, me di a la tarea de recopilar diversas perspectivas y testimonios en torno a este crimen de Estado. Aquí algunas de esas voces:

Josie Chávez (Directora de Cuadernos Feministas) – Creo el tema clave es la impunidad, en referencia a los hechos del 71 y la responsabilidad de Luis Echeverría. Por lo mismo, sigue vigente esta demanda histórica, pero además la impunidad es una lacra del sistema, vigente en los miles de casos de mujeres asesinadas sin justicia y de miles de desaparecidos. El movimiento estudiantil actual, heredero de las luchas de 1968 y 1971, ha incorporado las demandas en contra de la violencia, el feminicidio y las violencias machistas en las universidades, la inseguridad que enfrentan estudiantes como el secuestro y la desaparición.

Mario Aguirre-Beltrán (profesor de la UPN, exsubsecretario de Educación Básica, Guerrero) – Lo discutimos largamente, nosotros, los más jóvenes empujamos para volver a ganar la calle. Insistimos en que, desde el 2 de octubre del 68, no había habido una manifestación de la importancia y magnitud como la que se avecinaba en Santo Tomas, mientras que, los más experimentados, desconfiados, argumentaron que se trataba de una provocación, de una emboscada; nosotros les ganamos, la asamblea se pronunció por la marcha. Cuánto me hubiera gustado no haber tenido la razón, no viviría aún, a los setenta años, con ese remordimiento.

Narciso el Obsceno

Marie-France Hirigoyen (Francia, 1949) escribe: “Los narcisistas son directamente peligrosos para sus víctimas, pero también para su círculo de relaciones”. La psicoanalista apunta que una de las prácticas frecuentes de estos violentos es el de excitar roces e intrigas entre los otros, por lo general entre alguno de sus aliados y el circulo cambiante de su agresión. También a veces, aparece la culpa, otra forma de terrorismo mental. El obsceno narciso se entroniza entre los opuestos que construye, y allí es déspota, perverso y autoritario, pero siempre gozoso.  Finalmente, el perverso narcisista es muy diestro descubriendo la fragilidad del otro.

Foto de Armando Salgado

Foto de Armando Salgado

Foto de Armando Salgado