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Cuidado con pegarle a la Fiducia

Jorge Miguel Ramírez Pérez.

Toda la economía es una acto de fe, de fe humana; una fiducia que se basa desde la definición del latín de los romanos, en la creencia, sí, una creencia, que si yo pongo algo, tú me lo vas a retribuir. Una confianza en el otro, de una transacción, que multiplicada al colectivo, es la célula primigenia del sistema económico.

Un elemento que sobresale a cualquier doctrina y formula –siempre errónea- de los premios Nobel, en Economía. La base es la confianza. No hay otra.

Por eso es importante sostener la fiducia en el ánimo de las operaciones económicas, sean sencillas tete a tete o las complicadas de la llamada macroeconomía, en la que las confianzas etéreas las monopolizan mediante sus dictámenes, las calificadoras de la “fe” en las operaciones económicas y sobre todo financieras, el paradigma de poder blando -en términos del politólogo Joseph Nye-, que hacen caer o afianzar, incluso a los grandes, porque todos, hasta los fuertes necesitan de evaluaciones.

Porque ni modo que la crisis del 2008 no la viera hasta un niño de 8 años desde antes; era evidente la especulación en el ramo de la vivienda en los Estados Unidos; eso sucedió en España y otras naciones europeas antes. Claro que los informes y los estados financieros hablaban que la suma de la deuda inmobiliaria, no era ni la mitad del valor real en el mercado de los activos que decían sostener ese engaño.

Pero nadie hizo caso de la catástrofe. Hasta que las calificadores empezaron con sus veredictos, como siempre: a destiempo, cuando se llevaba la trampa a la multitud que seguía al flautista de Hamelin. Porque ya estaba planeada la crisis y los que la provocaban, tenían afiladas las uñas para entrar al remate en el mercado secundario. Así nomás.

Y de ahí los nuevos ricos, rebasando a los tradicionales. Al fin que las deudas son papeles, dicen cínicamente. Si, papeles que le restan más a los que poco tienen. Ya quieren regresar aquí, en la aldea, las tenencias (que eran para pagar las olimpiadas del 68). De ese vuelo se las gastan los aficionados.

Y las naciones se da uno cuenta que por mas que estén apalancadas con expertos consejeros y recursos tangibles, no potenciales, -subrayo lo anterior- pueden perder mucho dinero y dejar en bancarrota sus finanzas; así los conservadores que seguían un thatcherismo sin el genio de la Thatcher, cayeron ante un vulgar especulador, el hoy magnate George Soros. Por cierto el más molesto por su inclinación a la desestabilización de naciones, con los controles a la migración, tanto, que usó o le prestó uno de sus empleados, Jorge Castañeda, el twitter para insultar desmesuradamente “el acuerdo” con los trumpistas.

Pero lo que importa de las lecciones de economía, es para mí, centrarse conscientemente en la primera premisa de los satanizados economistas de la Escuela Austriaca: “los recursos son finitos”.

Llegar a esa conclusión de primaria es de lo mas difícil.

Todos los que tienen el poder se niegan a respetar ese principio de que el dinero y los recursos se acaban, cuando es un principio consustancial a la naturaleza, es científico y es letal para la política.

Porque no importa en qué nivel de poder real se está, el real, el verdadero, que decía Nye, no el potencial, que está en la mente de los soñadores; sino el que se puede pesar, medir, pues; porque siempre los que gobiernan, quieren hacer y usar más de lo que tienen, hasta sacan una pieza poética como si fuera premisa de poder: “hacer más con menos”. Toda una apología a la religión que tiene a los hombres por dioses todopoderosos, con varitas mágicas reproductoras de bienes. De risa loca.

Si esa realidad cruda en la que nos imaginamos todos los elementos a favor, aún los que sólo existen en la mente propia, no fuera una falacia reconocida a tiempo, antes de decidir obviamente sin bases, no habría deudas, menos descomunales, es decir deudas que aun si la suerte fuera el único factor del universo y la tuviéremos cautiva, no serían pagables.

Y esas son las deudas mexicanas, deudas impagables.

Los daños son mayores y las dificultades para resolverlos son tarea también de romanos, de los que saben hacer puentes, caminos, guerrear y cobrar impuestos, no de las ventanas, sino de donde se puede y de los que pueden. Toda una chamba de relojero con garrote en mano, sin soltar el timón con firmeza, “para llegar con todos y a tiempo”, decía León Felipe.

Por eso no hay que espantar a la fiducia porque si se va, los recursos de por sí finitos, se van a escasear irremediablemente. ¡Aguas!