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Un inquietante balance

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Francisco Garfias.

A casi siete meses de la toma de protesta de AMLO, y a un año de su victoria, tenemos avances en materia de combate a la corrupción –sin transparencia—y de reducción de la desigualdad.

El peso se mantiene firme por las altas tasas de interés y la popularidad del presidente sigue arriba, pero muestra abolladuras.

Hay problemas en economía y seguridad; y una crisis humanitaria sin precedentes por el flujo de migrantes hacia Estados Unidos.

Estamos muy lejos del 2 por ciento de crecimiento prometido para este año; y del 4 por ciento promedio para el sexenio.

Expertos y las calificadoras bajaron sus proyecciones en la materia, pero AMLO dice que el próximo lunes va a demostrar que vamos “requete bien” en materia económica.

Hace casi un año dijo que cambiaría la estrategia fallida de combate a la inseguridad y a la violencia. Más que el uso de la fuerza, atendería las causas que las originan. “Abrazos, no balazos”, repetía.

Las cifras, sin embargo, reflejan que homicidios e inseguridad están peor que nunca. Va el botón: el Sistema Nacional de Seguridad Pública señala que mayo pasado ha sido el más violento desde que se llevan estadísticas.

Hubo 2,476 denuncias por homicidio doloso lo que equivale, en promedio, a 79 personas asesinadas al día y a tres cada hora. Y ni qué decir de los primeros cinco meses de 2019.

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Hemos vivido dolorosamente la austeridad republicana. Miles burócratas han sido puestos de patitas en la calle por los ajustes realizados. Una peligrosa bomba de tiempo.

No hay dinero para ciencia, tecnología, cultura, deportes.

Pero sí para programas “socio electorales” de AMLO: ninis, viejitos, discapacitados, familias que viven cerca de los ductos.

Pero sobre todo Pemex. Apenas ayer nos enteramos de las reducciones del gasto en 22 de las 26 dependencias del gobierno. Le pegaron a Agricultura, Educación, SCT. En la SENER, por el contrario, se cuadruplicó el Presupuesto.

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El primer discurso de AMLO como presidente electo, en el Hotel Hilton, me gustó. Llamó a los mexicanos a la reconciliación. Demagogia pura.

En un año, el Presidente se ha convertido en el campeón de la polarización de la sociedad. Chairos vs fifís, liberales vs conservadores, pobres vs ricos. El “pueblo bueno” vs la “minoría rapaz”. La lucha de clases, versión mexicana.

El día de la victoria habló de cambios profundos, pero con apego al orden legal; se comprometió con la libertad empresarial, la libertad de expresión, de asociación y de creencias.

Pero apenas rindió protesta dio color. Uno de sus primeros actos fue cancelar la construcción del Aeropuerto de Texcoco, vía una consulta patito, sin ningún asidero legal.

Más de 100 mil millones de pesos tirados a la basura y un futuro incierto en materia de aviación. Sembró ese día la semilla de la desconfianza que tiene detenida la inversión.

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Los ataques a la prensa han sido sistemáticos en estos siete meses.

La plataforma han sido las mañaneras. A los “columnistas” –en general—les tiene aversión. No pierde oportunidad de exhibirlos como “corruptos” a fin de inhibir las críticas.

A Reforma le vaticinó un futuro de “pasquín”; Pablo Hiriart, de El Financiero, se convirtió en blanco favorito de sus agresiones desde el mañanero púlpito.

* * *

El tema de los migrantes lo apartó de sus convicciones. Allí están las desgarradoras escenas de la forma como viven en los “centros de migración”. ¿Y su cuate Solalinde? Calladito.

A Donald Trump le bastó amagar con los aranceles a las importaciones mexicanas para doblarlo.

Y aunque lo niegue, México paga el muro policíaco-militar que, por instrucciones de la Casa Blanca, se recorrió al Suchiate. Además, le regaló 20 millones de dólares a El Salvador y ofrece 40 mil plazas a los centroamericanos en las maquiladoras.

Faltaría mucho por comentar, pero no hay espacio…