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Rubén Albarrán: cerebro intoxicado por el feminismo

Carlos Arturo Baños Lemoine.

Desde que MORENA logró la mayoría en el Senado de la República, éste se ha vuelto un circo vomitivo en no pocas ocasiones. Por supuesto que el liderazgo se lo lleva Jesusa Rodríguez, diciendo hartas sandeces mientras viste atuendos exóticos: buena forma de llamar la atención del público, porque el ridículo siempre jala y el morbo siempre vende.

En esta tesitura, el pasado jueves 18 de julio le tocó el turno a Rubén Albarrán, el vocalista de la agrupación musical Café Tacuba, un grupo que esencialmente vive de la “industria de la nostalgia” y de la asunción de posturas “políticamente correctas” para todo: medio ambiente, pueblos indígenas, feminismo, lucha contra la pobreza, paz mundial, derechos humanos, etc.

Ni modo, es el molde que domina actualmente la escena musical: utilizar los escenarios para vomitar, una y otra vez, mantras ideológicos de amplia y estúpida aceptación por parte de las masas que aplauden gustosas, al sentir que viven del lado correcto del mundo. Masas que quieren demostrarles a todos los demás que son “buenas y puras”. Vamos, ya sabemos todos nosotros en qué consiste la esencia de lo “políticamente correcto”.

Pues bien, se presentó el tal Rubén Albarrán en el Senado de la República, en un foro sobre “masculinidades tóxicas” organizado, claro está, por las sectas feministas que tienen presencia en la Cámara Alta.

Rubén Albarrán llegó al recinto de Reforma como se esperaba: vestido con adornos grotescos, siguiendo su estilo característico, para echarse un rollo feminista, un choro “políticamente correcto”, en torno a esa burda invención de las “masculinidades tóxicas”.

A partir de una vulgar simplificación de la idea de los “hijos de la chingada”, que fue expuesta por Octavio Paz en El laberinto de la soledad (1950), Albarrán se montó en la narrativa feminista para presentar a la mujer como la víctima por antonomasia de la historia universal y, obvio, al varón como el victimario por esencia y vocación.

Claro, se trata de la grotesca visión reduccionista y maniquea que el feminismo ha inoculado en las mentes débiles, en las personas brutalmente ignorantes de la evolución de la humanidad.

Por obvias razones, el “mangino” y masoquista Rubén Albarrán asume la “culpa por ser varón” y pide perdón por ello, al tiempo que se compromete a renunciar “a sus privilegios” y a buscar el luminoso camino hacia las “nuevas masculinidades”, es decir, hacia los comportamientos pasivos, hacia las conductas de auto-humillación, hacia la sumisión zalamera, que los varones deben asumir ante las “mujeres empoderadas con perspectiva de género”, para pagar la “deuda histórica del patriarcado”…

Es momento de dejar la “Patria” para asumir la “Matria”, dijo incluso por allí el pedazo de zoquete…

¡Qué espectáculo tan lamentable!

Rubén Albarrán pertenece a esa fauna de retrasados mentales con bajo autoestima y ansias de reconocimiento social conocidos como “feministos”, “manginos”, “panochistas”, “femininos” (los gatos de las feministas), “aliados de la lucha feminista”, etc.

Por su bajo nivel mental y por su complejo de inferioridad, los “manginos” son los tipos que se han tragado completita la narrativa feminista y, lo peor, sirven a la perfección para los objetivos políticos de las feministas: son esclavos gustosos de ser explotados y de ser humillados… ¡a cambio de su plaquita de perrito “bien portado”!

Los “feministos” se han comprometido a dejar de ejercer las “masculinidades tóxicas”, es decir, las conductas “machistas” que reproducen los “patrones de injusticia” que han dominado las relaciones entre mujeres y varones a lo largo de la historia. Y, en cambio, ahora los varones serán “buenitos”; tan “buenitos” que ni retobar podrán… ¡porque eso podría ser considerado como una expresión de “micro-machismo”!

Rubén Albarrán es de los “femininos” (gatos de las feministas) que se han sometido gustosamente al lavado cerebral de las sectas feministas: es tal su aspiración a dejar de “ser macho”, que ahora se ha vuelto “panocho”, es decir, un varón castrado a petición de parte que, además, se ha convertido en un instrumento más del propagandismo feminazi.

Diría Nietzsche: se trata de esclavos gustosos de ser esclavos y que lamen sus cadenas con enorme placer… ¡pensando que así avanzan hacia su libertad!

Rubén Albarrán se siente liberado de su “machismo”, de su “masculinidad tóxica”, gracias al feminismo, cuando en verdad su cerebro ahora está intoxicado por el veneno feminista.

Es tal la necesidad de aceptación social que tiene Rubén Albarrán que, incluso, ha permitido su auto-humillación y su auto-flagelación en la plaza pública… ¡y el muy imbécil hasta se siente un ejemplo a seguir, caramba!

Pobre cuate: ahora no sólo tiene que vender boletos en el presente para repetir ad nauseam sus viejos éxitos, incluidas las canciones que ha tenido que reescribir para congraciarse con sus “patronas”; también debe desplegar sus habilidades bufonescas para promocionar la ideología que lo ha doblegado hasta la castración y la trepanación.

Facebook: Carlos Arturo Baños Lemoine

Twitter: @BanosLemoine