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Prohibido perder la capacidad de asombro

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Marissa Rivera.

En menos de 15 días han ocurrido escenas y acontecimientos que podrían parecer normales, pero no lo son.

Una realidad que agobia y que ha rebasado la imaginación.

Sucesos que nos deberían preocupar como sociedad y que no son parte de una simple estadística. Es la cara de la violencia, del odio, de la vejación, de la crueldad y de la inseguridad que amenaza, vulnera y aplasta nuestra capacidad de asombro.

En Uruapan, Michoacán, aparecieron cadáveres colgados en un puente y debajo algunos cuerpos desmembrados, luego de la disputa de la plaza entre dos cárteles.

A muchos habitantes de ese bello estado tan castigado por la delincuencia ya no les sorprendió lo que vieron. Esas escenas de barbarie ya han ocurrido en otras ocasiones.

En la Ciudad de México, en un restaurante, dentro de una plaza comercial, ejecutaron a dos personas de nacionalidad israelí.

Un terror para quienes se encontraban ahí en ese momento. Más tarde se difundieron los videos de la forma en que inició el ataque fuera de la plaza, mientras en el interior, una mujer solitaria acribillaba a los dos comensales.

En Cohuecan y Tepexco, en Puebla, los pobladores lincharon a siete personas acusados supuestamente de secuestrar a un vecino de la comunidad.

En la alcaldía de Azcapotzalco ocurrió la presunta violación a una joven por varios policías. La investigación está detenida porque la víctima presenta daños psicológicos y no está en condiciones, por el momento, de señalar a sus agresores.

En el Parque México, en la alcaldía Cuauhtémoc, ocurrió el maltrato a un perro que se hizo viral a través de un video en el que un supuesto entrenador de perros, levantó con la cadena al cuello, a un Husky, casi al borde de la asfixia.

Posteriormente lo dejo en el suelo y con el pie detuvo la cadena, para que el perro no se pudiera levantar.

Hace algunos años escuché decir a Luis Alberto Lacalle, ex presidente de Uruguay, que “para una sociedad es muy peligroso perder la capacidad de asombro, de admirarse de los sucesos que en ella ocurren, de las actitudes de sus gobernantes, políticos o sindicatos”. Y le sobra razón.

Ante las muestras de violencia que hay en nuestro país y que hoy van en aumento, lo peor que nos puede pasar es acostumbrarnos a ver y asimilar tanta maldad.

Esas atroces imágenes de cuerpos colgados, balaceras en centros comerciales y en restaurantes, un pueblo enardecido matando gente, adolescentes violadas por policías, feminicidas atacando a sus víctimas y destrozando sus cuerpos, o un “imbécil” jalando con la correa a su perro hasta dejarlo casi desmayado, no pueden ser imágenes cotidianas, ni el paisaje de una sociedad que sucumbe ante la violencia.

Dejar de asombrarse, sorprenderse e indignarse, como dice Lacalle, es la primera reacción ante lo equivocado y lo absurdo de las acciones humanas.  Luego, se paraliza la conciencia para exigir.

Sorprendidos y callados nos sumiremos en el miedo. La demanda de seguridad es una demanda legítima de la sociedad.

Enfrentar problemas, como éstos, no se puede solos, tenemos que hacerlo unidos y con el deseable respaldo de las autoridades.

De otra manera seguiremos cambiando nuestros hábitos, para vivir con temor y pasmados por la violencia. Perdiendo la capacidad de asombro.