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Sí, estamos muy enojadas

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Marissa Rivera.

La marcha del viernes pasado, con la legítima y urgente exigencia de las mujeres de justicia y la violencia que intentó desvirtuarla, abrió un debate del que no debemos desviarnos.

A las mujeres nos están matando, violando, desapareciendo, mutilando, agrediendo y acosando.

Así de real, sencillo y cruel.

Estamos frente al terror que significa para muchas mujeres, salir a la calle, abordar un taxi o un Uber, subirse a un transporte público, tener una pareja agresiva, soportar agresiones físicas y verbales, tener miedo de denunciar, un terror del que todos los días se habla en la prensa, pero del que no hemos levantado la voz, juntos.

La marcha dejó secuelas a favor y en contra. Se ha escuchado y leído de todo. Se han lanzado acusaciones, se han señalado provocaciones, por una protesta, en la que debimos sensibilizarnos, todas y todos.

Más allá de desaprobar o justificar las pintas de paredes y destrozos que ocurrieron en la fase final de la manifestación, deberíamos unirnos y exigir, mujeres y hombres, alto a la violencia contra ellas.

Cómo no estar enojadas, muy enojadas, vamos, encabronadas. Las violaciones, los ataques sexuales, feminicidios y desapariciones van en aumento.

A todos los gobernantes, aparentemente les importa el tema, pero nadie ha puesto el dedo en la llaga. El horror crece cada día. Las autoridades son omisas, sus estériles discursos y sus buenos deseos, no resuelven nada. Y no solo crecen las cifras, sino también la crueldad con que son asesinadas y violentadas las mujeres.

La violencia con la que terminó la marcha, puede o no condenarse, puede o no ser la furia de mujeres que nadie escucha, puede o no ser un grito de alerta ante el silencio cómplice de la sociedad.

Lo que si escuchamos muy claro y debemos apoyarlo todos, es el grito de las miles de mujeres que no han dejado de clamar justicia, que han gritado de dolor, que han suplicado encontrar a una hija, que han marchado buscando una respuesta, pero que han sido ignoradas.

 ¿Cómo se recupera una madre cuando le han matado una hija? ¿Cómo sobrevive una mujer que ha sido ultrajada, que su intimidad ha sido violentada? ¿Sólo se comprende el dolor cuando es de alguien cercano?

Durante el primer semestre de este año se registraron casi 450 feminicidios en todo el país y mil 200 violaciones.

La cifra, lamentablemente, debe ser mucho mayor porque solo se denuncia el 1.7 por ciento de estos deleznables delitos.

Y ya sabe usted, la impunidad en este país, quedan sin resolver, es decir, sin que el agresor reciba castigo: el 98 por ciento de los casos denunciados.

Ojalá que la diamantina rosa, las pintas, los destrozos o el pañuelo verde resolvieran el problema.

Sabemos que no, pero por lo menos, en los últimos días se ha hablado de la grave situación de violencia hacia las mujeres, de las malditas cifras en aumento, de que es necesario que haya políticas públicas que favorezcan la situación de las mujeres de este país y que es urgente poner alto.

Celebro que las protestas continúen, ojalá sean sin infiltrados ni provocadores. La indiferencia al grave problema lo exige.

Ojalá que la siguiente marcha sigamos hablando de las deudas que hay con las mujeres de este país y no de la violencia, pintas y destrozos cuando salimos a manifestarnos.

La violencia de género no deber ser invisible. Es una calamidad que las mujeres no deberían enfrentar y mucho menos solas.