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“Discurso de odio”, invención fascista para censurar y reprimir en nombre de los “derechos humanos”

Carlos Arturo Baños Lemoine.

Vivimos tiempos extraños y canallas en donde parece que todo se convierte en su opuesto: ahora el fascismo censor y represor se nos presenta con la bandera de los “derechos humanos”… ¡vaya cosa!

Ya nos lo habían advertido algunas mentes lúcidas, como George Bernard Shaw, Bertrand Russell, George Orwell, Arthur Koestler, Karl Popper, Jürgen Habermas, Umberto Eco, Milan Kundera, Peter Sloterdijk, Michel Houellebecq, Michel Onfray, Fernando Vallejo, Mario Vargas Llosa y Arturo Pérez-Reverte: las nuevas formas políticas del totalitarismo se disfrazarán de humanismo.

Hoy en día, pues, las “nuevas inquisiciones” apelan a la “aceptabilísima” doctrina de los derechos humanos. Pero, claro está, se trata de una trampa retórica en la que suelen caer los incautos, comenzando por los incautos burócratas grises de la Organización de las Naciones Unidas (ONU).

¿Usted quiere censurar, perseguir y reprimir a quien emite ideas incómodas para su statu quo? Le tengo la solución perfecta: eche mano de esa basura de reciente invención fascista llamada “discurso de odio”.

Cuando usted sea incapaz de oponer buenos argumentos ante los argumentos de sus adversarios, cuando usted no pueda responder con lucidez a las críticas de sus oponentes, pues ya está: diga que su contraparte práctica el “discurso de odio” y apele a la represión legal por parte de un gobierno previamente domesticado.

¡Qué caray!

Recordemos que la “misión humanizadora y civilizadora” del Gran Hermano orwelliano debe penetrar hasta en lo más profundo de nuestro pensamiento, hasta en el más mínimo de nuestros gestos, hasta en la más pequeña de nuestras palabras…

El Gran Hermano tiene la “sagrada misión” de moldear nuestros pensamientos, nuestras acciones y nuestras palabras para que seamos “aceptables” en sociedad. Cualquier transgresión debe ser sancionada por el bien del “pueblo”, de la “colectividad”, de la “revolución”, de la “patria”, de la “raza”, vaya, de cualquier entelequia o fantasmagoría que se repute o presuma como “máximo valor social”…

¿Le molesta a usted que alguien se burle de su religión, tan llena de absurdos e hipocresía? Bien, pues diga que ese alguien incurre en “discurso de odio” hacia su patética religión y que usted está muy dolido por ello. Así procedieron algunos musulmanes contra Michel Houellebecq (Francia) y algunos cristianos contra Fernando Vallejo (Colombia), dos de las mentes más incisivas de nuestros días. ¡Ni qué decir de las muchas veces que Charlie Hebdo ha tenido que sufrir los embates del fanatismo de todo tipo, incluidos ataques terroristas!

¿Le molesta a usted que alguien salga a decir que la ciencia no ha podido demostrar la existencia del “gen gay”, tan ansiado por usted para poder justificar su homosexualidad? ¿No le basta su propio y personalísimo gusto para vivir dichosamente homosexual? Bien, pues diga que la ciencia es homofóbica y que la “homofobia mata”, y pídale al Estado que prohíba toda publicación de estudios científicos o de simples opiniones que lo incomoden. ¡Exíjale, incluso, que haya pena de cárcel para quien cuente “chistes de maricones”!

¿Le molesta a usted que alguien le diga y le demuestre que el feminismo una ideología reduccionista, maniquea, dogmática, anti-científica, totalitaria, androfóbica, violenta, vandálica, gansteril, sectaria, parasitaria, victimista y chantajista? Bien, pues diga que ese alguien es un “misógino”, es decir, un tipo que “odia a las mujeres”, y dígalo convencida de que usted representa a todas las mujeres de todo el mundo y de toda la historia universal, para darle mayor dramatismo, y exíjale al Estado que le corte la cabeza a ese crítico, de mínimo la lengua.

¿Le molesta a usted que alguien critique al inepto gobernante en turno, quien fue elegido por usted en un arranque de estupidez política? Bien, pues diga que ese crítico hace gala de su “discurso de odio” para atacar y desestabilizar a las “legítimas instituciones del Estado”, y exija que toda crítica al gobierno “puro, sabio y santo” sea considerada “alta traición a la patria” e “intento fifí de golpe de Estado”, y exija también que se hagan leyes que prohíban toda “prensa conservadora y golpista”.

Y así podríamos seguirle, porque en nuestros tiempos canallas pulula la basura mental de lo “políticamente correcto”.

¿Pero qué carajos le está pasando al mundo de hoy? ¿Por qué camina hacia atrás en materia de libertad de pensamiento y de libertad de expresión?

¿Se imaginan ustedes a Martín Lutero sin su crítica al establishment religioso de su época?

¿Se imaginan a Nicolás Maquiavelo sin su excelsa exhibición de las cloacas de la política de todos los tiempos?

¿Se imaginan a René Descartes sin su agudo escepticismo en medio de la sociedad dogmática de su época?

¿Se imaginan a Thomas Hobbes sin sus finos estudios sobre la “brutalidad animalesca” que se haya en la raíz de toda organización política?

¿Se imaginan a Voltaire sin sus dardos envenenados contra todo lo que pasaba por sus ojos?

¿Se imaginan al gran Molière sin sus cáusticas burlas sobre la sociedad cortesana del absolutista Luis XIV “El Rey Sol” (¡burlas que incluso eran financiadas por el propio Luis XIV, carajo!)?

¿Se imaginan a los enciclopedistas sin su amplísima y siempre creciente colección de críticas contra el Antiguo Régimen, posibilitando en gran medida la Revolución Francesa y la Independencia de los EEUU?

¿Se imaginan al trepidante Marqués de Sade esperando la aprobación eclesiástica para la publicación de sus obras?

¿Se imaginan al egregio deísta Thomas Paine autoconteniendo sus certeras críticas contra las “religiones reveladas y las iglesias establecidas”?

¿Se imaginan a Charles Darwin tratando de acomodar sus incómodos hallazgos científicos a los dictados de la Iglesia Anglicana?

¿Se imaginan a Friedrich Nietzsche buscando el aplauso de las masas crédulas o la aprobación de los editores venales de su tiempo?

Y así, síganle, porque hay ejemplos de sobra…

Todas esas mentes lúcidas, críticas, incisivas, burlonas, ácidas y cabronas se enfrentaron, en sus respectivos tiempos, con pendejotes que, hoy en día, los hubieran acusado de emitir “discursos de odio”.

Podemos estar plenamente convencidos, pues, de que aquello que los fascistas llaman “discurso de odio”, para nosotros los demócratas es simple y llanamente “crítica”… ¡la CRÍTICA que históricamente tanto ha estimulado el progreso de Occidente, especialmente durante la Edad Moderna!

Obvio, esa estúpida invención (“discurso de odio”) está pensada para acallar y reprimir, incluso aplicando la fuerza del Estado, a los críticos que perturban al statu quo que han implantado los grupúsculos fascistas de nuestra sociedad. Es más que obvio…

En una auténtica democracia, las ideas se combaten con ideas y los argumentos con argumentos. El opositor inteligente y el disidente de agudo criterio siempre deben ser bienvenidos, y hasta el pendejo bobalicón debe tener su lugar apartado, porque las libertades de pensamiento y expresión están abiertas a todo el mundo: ya será el debate el que ponga a cada quien en su sitio.

Concluyamos con una idea buenísima, salida de la pluma de Mario Vargas Llosa:

“Todas las dictaduras, de derechas y de izquierdas, practican la censura y usan el chantaje, la intimidación o el soborno para controlar el flujo de información. Se puede medir la salud democrática de un país evaluando la diversidad de opiniones, la libertad de expresión y el espíritu crítico de sus diversos medios de comunicación”.

¡Y no lo duden, estimables lectores: seguiremos criticando todo lo que nos apetezca, cuando nos apetezca y como nos apetezca!

Acá no pedimos permiso ni buscamos la aprobación de los fascistas, que aparte de imbéciles son represores por naturaleza.

Facebook: Carlos Arturo Baños Lemoine

Twitter: @BanosLemoine