web analytics

Subjetivar el plural: astucia política

0
241

Boris Berenzon Gorn.

Entre todas las formas particulares como se manifiesta la obsesión por lo políticamente correcto es quizá el síntoma que devela de la injusticia de años que se tiene con las mujeres. Por ello ha tenido tanto impacto el llamado lenguaje inclusivo ¿En qué consiste éste? Básicamente, en distinguir en sustantivos y adjetivos (las únicas categorías gramaticales del español que presentan accidentes de género) lo femenino de lo masculino. O sea que, en vez de simplemente decir, por ejemplo, “los mexicanos están inconformes”, quienes defienden el uso del lenguaje inclusivo prefieren decir “las mexicanas y los mexicanos están inconformes”. Pero lo cierto es que la deuda es gigante histórica y hemos de reparar.

¿Tiene sentido esta práctica? Según los más conservadores hablantes de español (entre quienes, admito mi pecado, me incluyo), no lo tiene, ya que en nuestra lengua existe la convención (por lo menos desde la baja Edad Media; es decir desde hace casi mil años) de usar el género masculino para abarcar grupos heterogéneos, compuestos por una mezcla de sujetos u objetos masculinos y femeninos. Así, los conservadores creemos que, para indicar que los mexicanos en general (hombres y mujeres, adultos y niños, heterosexuales y homosexuales, creyentes y ateos, chilangos y provincianos, chairos y fifís, etcétera) están inconformes, basta decir “los mexicanos están inconformes”, y que no es necesario especificar “los mexicanos y las mexicanas están inconformes”. De la misma manera, decimos “los tornillos y las tuercas están regados por todo el piso”, y no “los tornillos y las tuercas están regados y regadas por todo el piso”.

Una convención muy semejante existe en cuanto al número gramatical: el plural se usa para agrupar la suma de sujetos u objetos singulares. No decimos “el perro y el gato pelea”, ni tampoco “el perro pelea y el gato pelea”, sino, simplemente, “el perro y el gato pelean”. Singular más singular es igual a plural, de la misma manera que masculino más femenino es igual a masculino. El sentido de estos usos idiomáticos es expresarnos de la manera más eficaz o, lo que es lo mismo, con el menor número de palabras. En un ensayo verdaderamente luminoso (“El arte como artificio”), el pensador ruso Víktor Shklovski explica que una diferencia esencial entre el lenguaje referencial (que simplemente pretende comunicar) y el lenguaje poético (que pretende causar un efecto estético) es que, en tanto que éste requiere un camino sinuoso para sorprender al lector (lo que Shklovski llama extrañamiento, ostranenie en ruso), aquél necesita ser lo más directo posible.

Pero los defensores del lenguaje inclusivo van aún más lejos, pues hacen distinción de género gramatical incluso en palabras que no la necesitan. Decir “mexicanos y mexicanas” es innecesario, pero no incorrecto. En cambio, no tendría que hacerse la distinción entre “el presidente” y “la presidenta”, porque, en principio, la palabra presidente no tiene marca de género. La palabra presidente desciende de la palabra latina praesidentem, participio presente acusativo singular del verbo praesideo, que significa permanecer delante de algo, resguardar o presidir. Para expresar “admiro a la mujer que resguarda la casa”, los latinos habrían dicho “feminam praesidentem domum miror” y, para expresar “admiro al hombre que resguarda la casa”, habrían dicho “hominem praesidentem domum miror”. Como puede verse, la palabra praesidentem no cambia para nada, porque no tiene marca de género: lo mismo sirve para seres masculinos que femeninos o neutros (a diferencia de nosotros, los latinos tenían un género neutro, que se perdió en la evolución del latín a las lenguas romances). En cambio, en el caso de otros adjetivos, los latinos sí diferenciaban femenino de masculino. Así, ellos decían “femina formosa est” (la mujer es hermosa) y “homo formosus est” (el hombre es hermoso). Por eso los hispanohablantes distinguimos entre hermosa y hermoso.

Las circunstancias sociopolíticas han hecho que la palabra presidenta se generalice en el uso del español a tal grado que la Real Academia Española la incluye en su diccionario. Eso estaría muy bien si el fenómeno fuera general, pero no pasa lo mismo con otras palabras semejantes. Vayamos a otro un participio presente acusativo singular que el español heredó del latín: la palabra amantem, derivada del verbo amo (que, al igual que en español, en latín significaba amar). En general, todas las palabras que en español terminan en –nte funcionan para ambos géneros, pues derivan de participios que en latín se aplicaban tanto a sustantivos masculinos como a femeninos.

Yo por lo menos nunca he escuchado a ningún defensor del lenguaje inclusivo decir amanta en vez de amante. ¿Qué significa esto? Creo que algo muy terrible: que nos parece tan natural que una mujer cumpla con el papel social de una amante que por esa razón no nos importa que la palabra no termine con a. Cuando alguien dice, por ejemplo, “¡Me enteré de que Jorge tiene amante!”, difícilmente el interlocutor pensaría (si Jorge es un hombre casado con una mujer) que de pronto cambió de preferencia sexual y ya es amante de un hombre (aunque, desde luego, podría pasar). En cambio, nos resulta tan extraordinario que una mujer llegue a presidir a un grupo de personas (trátese de una nación entera o de un comité vecinal) que creemos necesario hacer énfasis en que se trata de una mujer: “Silvia es la nueva presidenta de la asociación”.

Quienes promueven el lenguaje inclusivo tienen las mejores intenciones en cuanto a erradicar las desventajas que, innegablemente, padecen las mujeres en un sistema patriarcal como es el capitalismo, un abuso exacerbado, inexplicable e inhumano. Eso no es discutible, de ninguna manera. No obstante, vale la pena preguntarnos: ¿modificar el lenguaje realmente puede cambiar la estructura política? Esto ha sido materia de reflexión lo mismo para lingüistas, como Ferdinad de Saussure; psicoanalistas, como Jacques Lacan, o para pensadores tan heterogéneos como Michel Foucault y Julia Kristeva (a quienes es difícil reducir a una sola disciplina, y quizá la manera más precisa de definir su profusa actividad intelectual sea llamándolos humanistas, como a los pensadores del Renacimiento). La conclusión a la que todos ellos han llegado es que hay que cambiar la estructura política para que el lenguaje cambie y con ello ver el síntoma, la enfermedad y la trastienda.

Manchamanteles

Nuestro país despide, con gran pesar, con un profundo dolor, al gran Francisco Toledo. El artista, el faro de Oaxaca, el activista, el gran promotor cultural, el hombre que perseguía la justicia y la belleza, se despide de su tierra como los grandes, con el reconocimiento de toda la nación, cuyo legado será imperecedero. Lo recordaremos siempre volando papalotes para protestar contra las desapariciones, usando su voz para denunciar las injusticias de quienes ya no podían hablar. 

Narciso el obsceno 

En esta ocasión, cedemos la palabra a sor Juana Inés de la Cruz, quien tiene algo muy significativo que decir sobre Narciso:

Soberbia:      Juntemos estas voces que cortadas

pronuncia su dolor, despedazadas,

que de ellas podrá ser nos enteremos

por entero del mal que no sabemos.

Amor propio: Mejor es oírla a ella,

que las repite al son de su querella.

Eco:                Tengo pena, rabia,

de ver que Narciso

a un ser quebradizo

quiere; a mí me agravia.

Amor propio: En el estéril hueco de este tronco

la ocultemos, por que el gemido ronco

de sus llorosas quejas

no llegue de Narciso a las orejas,

y allí tristes las dos la acompañemos,

pues apartarnos de ella no podemos.

Sor Juana Inés de la Cruz, El divino Narciso, IV, 11 (1430-1445).